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Los rostros apagados del Sector V de la Cañada Real tras tres meses sin luz

La situación que viven miles de personas en el asentamiento irregular más grande de Europa empieza a agravarse. A las puertas de la Navidad, el suministro eléctrico no se restablece en dos de los sectores de la Cañada, haciendo del día a día un suplicio para las familias, que no tienen con qué calentarse ni asearse con agua caliente.

Mural pintado a la entrada del Sector V de la Cañada real
Mural pintado a la entrada del Sector V de la Cañada real. Guillermo Martínez

Lo primero que llama la atención es el vaho saliendo por la parte superior de las mascarillas. Eran las tres y media de la tarde y, en apenas media hora, el frío ya entumecía pies y manos. Entre unos cortes de electricidad y otros ya llevan tres meses sin luz y los estragos son palpables: los problemas para asearse con agua caliente hacen que los chavales tengan vergüenza a la hora de acudir a la escuela, la ropa que lavan a mano tarda en secarse hasta una semana, cuesta mantener a la temperatura adecuada los medicamentos que antes tendrían que guardarse en la nevera y pasar las noches en las que la temperatura ronda los 0 grados sin tiritar se torna complicado. En estos momentos, las personas afectadas por los cortes de luz se sitúan en 4.610, entre las que se incluyen 1.812 menores. Todos ellos y todas ellas, sin electricidad desde mediados de octubre.

Los apagones en la Cañada Real son habituales. Lo que no se explican los vecinos del Sector V, en donde una orilla de la calle central pertenece a Rivas Vaciamadrid y la otra a Vicálvaro, es por qué Naturgy ha adherido limitadores en sus torretas, facilitando así las sobrecargas en las mismas, tal y como denuncia el vecindario. Tanto la empresa suministradora como la Comunidad de Madrid ya han sido denunciadas por vulneración de derechos humanos. Mientras tanto, en el Sector VI se cuentan hasta cuatro decenas de personas intoxicadas debido al gas de sus estufas, y una niña tuvo que ser ingresada en urgencias por inhalación de monóxido de carbono de una estufa de leña.

Fátima El Imlahi posa para Público delante de un mural que reza “La mujer es vida”. GUILLERMO MARTÍNEZ / GUILLERMO MARTÍNEZ

Fátima El Imlahi abre las puertas de su casa, en el Sector V, a Público. Tras ellas, su marido recién operado de apendicitis. "Le intervinieron ayer y hoy ya le han dado el alta porque no puede estar más tiempo hospitalizado debido al Covid. No sé cómo le voy a limpiar la herida sin agua caliente", acierta a decir la afectada. Instantes después de empezar la entrevista, la puerta de su infravivienda se vuelve a abrir. Son su anciana madre con la hija de Fátima, de apenas año y medio. "Aquí lo único que podemos hacer es sobrevivir, porque vivir no nos dejan. Mi padre tiene casi 80 años y no se vale por sí mismo. Se orina encima y estamos utilizando pañales, pero no le podemos asear en condiciones, y se pasa el día en la cama con tres mantas. Además, como no se puede salir a la calle así porque así a causa de la pandemia, tiene que estar todo el día en casa, como si fuera una cárcel en la que se está muriendo de frío", agrega.

Sus hijos, su futuro

La afectada se emociona al pensar en los niños del barrio. "Solo tenemos a nuestros hijos y ahora mismo no les están dando ningún futuro. De hecho, muchos de ellos han suspendido asignaturas en el colegio porque llevan meses sin poder hacer las tareas al no haber internet. Nosotros, como madres y padres, nos sentimos culpables de que tengan que estar pasando por esto", comenta al respecto.

También tiene palabras para Isabel Díaz Ayuso, la presidenta de la Comunidad de Madrid que recriminó a los vecinos de la Cañada tener dinero para coches de lujo pero no para pagar facturas: “Que venga aquí y vea lo que tenemos, porque lo único que hacemos es sobrevivir como podemos. Estamos pidiendo a gritos poder pagar la luz. Ya lo decimos en nuestras movilizaciones: Cañada un barrio más".

A la izquierda, Fátima conectando los cables a la batería del coche para poder encender una cinta de bombillitas que ilumina su cocina cuando la luz natural desparece. A la derecha, la estufa con la que se caliente su marido, que se recupera de una operación reciente de apendicitis. Guillermo Martínez

El día a día se torna complicado en su casa. La bombona de butano se ha convertido en la protagonista de la vivienda. "Utilizamos el butano para la estufa y para cocinar. El problema es que tenemos que estar cambiando la bombona cada poco tiempo, yendo a gasolineras cercanas, y es ilegal llevarla en el coche, así que nos exponemos a que la policía nos pare y multe", continúa relatando Fátima. Son gente de recursos.

"Mi marido compró una cinta con bombillitas y a través de dos cables la conecto con una batería del coche, que aunque también se carga con corriente eléctrica, un amigo que trabaja en un taller nos hace el favor". Ella tiene algo de luz en su casa, algo que cientos de familias no pueden decir cuando los relojes sobrepasan las seis de la tarde de este invierno pandémico.

Una imagen falsa de la Cañada Real

Su vecina Rahma convive junto a su marido y sus tres hijos, de 16, 11 y 4 años de edad. Sus palabras son tan conmovedoras como sinceras: "Lo primero que me preguntan mis hijos todos los días cuando les voy a buscar al colegio es si ha venido la luz, y cuando les contesto la tristeza se puede ver en sus ojos. Lo peor será cuando lleguen las vacaciones, porque ahora el colegio es como un refugio para ellos. Estarán en casa pasando frío, confinados, y sin poder hacer nada dentro".

Rahma posa delante de su casa, en el Sector V de la Cañada Real, tras atender a Público. GUILLERMO MARTÍNEZ

Esta madre de familia numerosa se expresa con tranquilidad y determinación, pero eleva la voz cuando se acuerda de una vecina suya que acaba de parir y ha tenido que recurrir a servicios sociales para que le facilitaran una casa durante el primer mes, porque la criatura no puede estar con tanto frío en la Cañada, y ahora ella está partida en dos, dado que sus otros hijos siguen en el poblado, parafraseando sus propias palabras. Rahma también es la presidenta de la Asociación de mujeres árabes luchadoras (AMAL), y no ceja en su empeño por cambiar las cosas: "Díaz Ayuso piensa que somos criminales, pero con la lucha constante cambiaremos esa imagen. Es necesario que la gente vea que aquí hay gente digna, y que se acerquen a conocernos y no solo confíen en lo que les enseñan por televisión".

La regularización como solución

En la misma línea se pronuncia Aziza El Jouad, quien también vive en el Sector V, y que tiene una hija de 8 años que sufre de asma. "Ahora tenemos una imagen muy mala porque dicen que en la Cañada solo hay droga y nos llaman criminales, pero eso no es verdad. No tienen derecho a decir eso sobre nosotros, que somos gente que lucha todos los días y nos levantamos todas las mañanas, vamos a trabajar y cotizamos a la seguridad social", afirma.

Preguntada por su día a día, Aziza responde con cierta desesperación: "Cuando llueve el agua entra en las casas y es insoportable aguantar el frío que hace. La ropa tarda una semana en secarse, así que tenemos que arrimarla a la estufa. Sabemos el peligro que conlleva, pero si no lo hacemos no podemos vestirnos con ropa limpia".

Las tres mujeres caminan hacia sus casas en una calle sin asfaltar y repleta de charcos y barro. Guillermo Martínez

Así es como viven y lidian con la situación estas tres mujeres del Sector V del asentamiento irregular más grande de Europa. Mientras Díaz Ayuso, su presidenta, les culpa por tener coches de lujo y no querer pagar las facturas, ellas sufren y luchan por conseguir la dignidad que les han quitado mediante manifestaciones pacíficas. Del mismo modo, desde la Fundación Secretariado Gitano, que lleva años desempeñando trabajo social en la zona, insisten en que el problema de las construcciones que se da en la Cañada Real obliga a que se impulse un pacto regional de cara a la regularización de las viviendas, no sin antes articular medidas transitorias entre las que se encontraría asegurar suministros como el agua, la luz y el correo postal en la zona.

Vista de una parte de la Cañada. Al fondo, los edificios de Rivas Vaciamadrid. GUILLERMO MARTÍNEZ

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