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El sencillo 'kit' de los robapisos

Con un trozo de plástico, unas tijeras de manicura y un billete de 50 euros el ‘clan de los yugoslavos’ asaltó 500 viviendas

ÓSCAR LÓPEZ-FONSECA

Borre de su mente la imagen de las clásicas ganzúas. No se rompa la cabeza intentando imaginar sofisticados sistemas de apertura de puertas. Ni siquiera se plantee el contundente mazo revienta puertas. Los robapisos más eficaces que pululan hoy por las ciudades españolas utilizan para sus fechorías un kit mucho más sencillo y eficaz: un trozo de plástico semirrígido, unas pequeñas tijeras de manicura y un billete de 50 euros.

Con estos tres elementos no sólo pueden saquear un piso tras otro, sino también poner pies en polvorosa si se les complican las cosas.

Puede parecer increíble, pero todo ello no sería posible sin la inestimable colaboración de los propietarios de los pisos y esa costumbre tan española de cerrar la puerta sin echar la llave porque enseguida volvemos. Esto permite a estos amigos de lo ajeno aplicar la técnica bautizada en la jerga policial como del “resbalón”, que no es otra cosa que introducir el plástico semirrígido entre el marco y la puerta a la altura de la cerradura y conseguir que esta ceda. Luego, sólo les queda entrar y buscar oro, dinero y algún que otro aparato electrónico pequeño, de esos que se pueden llevar por la calle sin llamar demasiado la atención. Y así, piso tras piso.

¿Que para qué quieren las pequeñas tijeras? Con ellas recortan de simples botellas de refrescos los rectángulos de plástico que les permiten practicar el resbalón. ¿Y el billete de 50 euros? Si la cosa se complica porque son pillados in fraganti por alguna víctima, nada como salir a la calle, tomar un taxi y, como dicen los castizos, tirar millas. Este era, de hecho, el sencillo kit que utilizaba en Madrid el clan de los yugoslavos, un grupo de medio centenar de delincuentes, muchos de ellos menores de edad, que el pasado mes de mayo fue desarticulado por la Policía en la capital como sospechoso de al menos medio millar de asaltos a viviendas.

El grupo, perfectamente organizado, distribuía en coches y furgonetas a los encargados de entrar los pisos, en su mayoría mujeres, por diferentes barrios de Madrid. Recorrían las zonas y asaltaban las viviendas en las horas calientes, aquellas en las que sus ocupantes se ausentan bien porque van a hacer la compra o a recoger a los niños al colegio. Entraban, sustraían y salían a la calle con los bolsillos llenos en busca de un nuevo asalto. Y así hasta que el coche de la organización volvía a pasar por ellas para llevarlas a otra zona o, simplemente, para recogerlas al término de su peculiar jornada laboral que se solía prolongar entre las ocho de la mañana y las cinco de la tarde.

Para hacerse una idea del éxito del kit basta echar un vistazo a lo recuperado por la Policía tras su desarticulación: nueve kilos de joyas de oro, que ocultaban en zulos a la espera de poder venderlas o enviarlas a países del Este, y 200.000 euros en efectivo. Muchos de ellos en binladen, es decir, billetes de 500 euros. Por ello, a los agentes no les resultó nada extraño que mientras el grueso de la banda vivía en siete autocaravanas, sus principales jefes hubieran empezado a invertir parte del botín en la adquisición de chalés en la Costa Brava. Claro que ellos, sin lugar a dudas, sí echaban la llave cuando salían de casa.

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