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El 'síndrome de Ulises', el estrés crónico del inmigrante

L. VILLA

A menudo se estudia la inmigración desde el punto de vista de sus consecuencias sobre la economía, los servicios sociales o los recursos. Conocemos cuántos se van, qué puestos de trabajo ocupan quienes llegan o a cuánto ascienden las remesas enviadas a sus países de origen. Pero la migración plantea también otra serie de secuelas poco o nada reconocidas por la comunidad científica y administrativa.

El psiquiatra Joseba Achotegui, secretario de la Sección de Psiquiatría Transcultural de la Asociación Mundial de Psiquiatría, ha centrado sus estudios en los efectos psicológicos que supone para millones de migrantes en todo el mundo dejar todo atrás y comenzar de nuevo en otro lugar.  Una perspectiva emocional, defiende, que pretende evitar la "deshumanización" hacia la que se encamina el fenómeno migratorio y que ha enmarcado el congreso ‘Emigrar en condiciones extremas y Salud mental', celebrado este jueves en la Universidad de Comillas de Madrid en colaboración con diferentes fundaciones y entidades, entre ellas la del diario Público.

Pese a que la emigración ha estado presente desde los comienzos de la historia del ser humano y existen, incluso, estudios antropológicos que demuestran una cierta predisposición genética a emigrar, el equipo de Achotegui ha venido observando ediferencias fundamentales en el éxodo de hace unas décadas con respecto al de hoy día. La dificultad de exiliarse en familia, la exclusión social estructural y la emigración como delito son características presentes en el fenómeno actual que no existían anteriormente y que, en ocasiones, suponen el caldo de cultivo idóneo para nuevas patologías.

Está provocado por la soledad forzada, la ruptura con el apego o la lucha por sobrevivir

Una de estas secuelas psicológicas, ubicada en el estrecho margen entre la salud y la enfermedad, es lo que, con cierto simbolismo, Achotegui ha denominado síndrome de Ulises. Una variante extrema del duelo ya habitual por el que pasan los inmigrantes (familia, seres queridos, lengua, entorno, etc.) y que viene dado por la soledad forzada, la ruptura con el instinto de apego, la lucha incesante por la supervivencia y la falta de oportunidades, y el terror provocado ante el peligro que ha supuesto para esa persona llegar a su destino.

El resultado, aunque no supone un trastorno mental, sí implica para quienes lo padecen episodios de estrés intenso y crónico, sumado a otros síntomas como la depresión o fuertes y frecuentes dolores de cabeza que el psiquiatra ha definido como "in-migrañas".

"Este tipo de consecuencias psicológicas no están bien atendidas por el sistema de salud porque, o bien se banaliza por parte de los profesionales, o bien se trata con componentes farmacológicos", dice Achotegui.

El perfil es el de un hombre o mujer latino o subsahariano que es el hijo mayor de la familia

Pero el síndrome de Ulises no es puntual. La repetición de estos síntomas en los inmigrantes ha permitido al equipo de psiquiatras poder construir incluso un perfil de quienes son más propensos a sufrirlo. Se trata, en la mayoría de casos, de hombres y mujeres (no hay diferencias de género) de origen subsahariano o latinoamericano, de entre 30 y 45 años, que lleva entre 1 y 2 años en España y que suele ser el hijo mayor de un núcleo familiar.

"No es un enfermedad, ni un trastorno mental, pero existe el riesgo de que derive en alcoholismo o drogadicción", advierte el profesional.

"La inmigración es un objetivo para la salud, pero también tiene impacto en otros ámbitos sociales. Por eso tenemos que abrir mucho más el ámbito en el que estamos tratando este fenómeno", señaló la directora de Salud Pública del Ministerio de Sanidad, Mercedes Vinuesa, durante su intervención en la apertura del Congreso.