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Sucesos de periodistas

ÓSCAR LÓPEZ FONSECA

Si a los periodistas, en general, se les pide que nunca sean noticia, a los de sucesos, en particular, se les debería exigir que jamás vayan a una comisaría con los grilletes puestos. Sin embargo, algunos no pueden evitar la tentación. El caso más extremo ha sido el del periodista macedonio Vlado Taneski. Sus informaciones sobre los crímenes del monstruo de Kicevo, un asesino que torturaba, violaba, asfixiaba y troceaba a sus víctimas, eran siempre las que más detalles tenían. Tantos, que la Policía lo detuvo en junio de 2008 y lo acusó de ser el autor de tres muertes y una desaparición porque daba datos que no conocían ni los agentes. En un exceso de celo profesional, Taneski visitaba a las familias de sus víctimas para incluir sus declaraciones en las informaciones. Lo que no pudo escribir fue la crónica de su captura. Se suicidó en prisión poco después introduciendo la cabeza en un cubo lleno de agua.

El mismo camino profesional llevaba Wallace Souza, un ex policía, político y presentador de televisión en su Brasil natal, acusado recientemente de ordenar asesinatos para filmarlos y emitirlos en su programa. Para ello contaba con todo un equipo que le echaba una mano en esta vuelta de tuerca al periodismo verité que incluía también trapichear con drogas, manejar armas ilegales y corromper testigos. Él sí podía hablar con conocimiento de causa de la criminalidad.

Un plumilla macedonio escribía de los crímenes que él mismo cometía. Lo detuvieron por dar demasiados detalles

Otros plumillas se conforman con delitos menores. Clive Goodman era el responsable del seguimiento de la familia real británica en el diario sensacionalista News of de World hasta que descubrieron que pirateaba las comunicaciones de los coronados protagonistas de sus informaciones. Fue condenado a cuatro meses de cárcel y despedido. Mayor fue la pena que recayó a Jürgen Emig, jefe de deportes de una cadena de televisión alemana, que hablaba más de la cuenta de aquellos patrocinadores que le engordaban bajo cuerda la cuenta corriente. Los jueces que le condenaron a dos años y ocho meses de cárcel calcularon que se embolsó medio millón de euros. También un buen pellizco pretendía llevarse William Cubert, un periodista del Daily Mail que, tras ser despedido, ofreció a un diario de la competencia hackear a su antigua empresa. Su intento de venganza le costó una condena de 18 meses de cárcel y ser noticia.

En España tampoco somos santos. Un periodista del Avui fue condenado en 2002 a año y medio de prisión por enviar anónimos amenazantes a un parque de atracciones de Tarragona. El periodista, que pedía 100 millones de las antiguas pesetas por no poner bombas, se justificó diciendo que era una investigación periodística con la que pretendía reactivar las pesquisas sobre unos atentados ocurridos un año antes. Nadie le creyó. Tampoco parece contar con demasiada credibilidad el periodista Nando García, de El Mundo, quien el pasado febrero fue detenido por su presunta relación con una banda de narcotraficantes que birló 400 kilos de cocaína que estaba en el puerto de Barcelona bajo vigilancia de la Guardia Civil. Al plumilla le acusan de estafa, asociación ilícita y calumnias. Tiene en sus manos una buena crónica de sucesos en primera persona.

 

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