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El tándem Coppola-Verdú se pone a la cabeza de la cartelera

'Transformes' pide la revancha y 'Tetro' irrumpe con fuerza en las pantallas españolas

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TETRO, por Eulàlia Iglesias

¿Cuál fue la última gran película de Francis Ford Coppola? El cineasta inició los años noventa con dos títulos tan potentes como El Padrino. Parte III (1990) y Drácula, de Bram Stoker (1992), pero acabó la década con Jack (1996) y Legítima defensa (1997), dos frustrantes y frustrados intentos de encajar en el cine comercial de la época que poco recordaban a los hitos de su filmografía. A sus 70 años, Coppola quiere seguir en activo y ha optado por un camino más seguro. El director de producciones bigger than life, como Apocalypse Now (1979), se ha refugiado en las antípodas del cine de Hollywood, rodeándose de las circunstancias propicias para desarrollar un cine en el que se sienta cómodo a nivel personal y que incluso le permita mantener cierto grado de ambición. Coppola, además, está en situación de no preocuparse por los resultados comerciales: ya hace años que sus viñedos pagaron todas las hipotecas pendientes.

Tanto su anterior filme Youth Without Youth (2007) como Tetro están filmados lejos de Estados Unidos, la primera en Rumanía y la segunda en Argentina y los estudios alicantinos de la Ciudad de la Luz; se han rodado en blanco y negro y con parte del elenco no norteamericano. Pero Tetro sigue cuadrando en las constantes de la filmografía del italoamericano, e incluso es el primer guión original escrito total y exclusivamente por Coppola desde ese pedazo de obra maestra titulada La conversación (1974). Tetro es una historia con tragedia familiar de fondo en la que no cuesta oír ecos autobiográficos: dos hermanos buscan en sus propios traumas la semilla de la creación artística y quieren escaparse de la alargada sombra de un padre tan genio como tirano. Resulta arriesgado intentar adivinar quién se corresponde con quién en los paralelismos entre la familia de Tetro y la propia familia de Coppola.

Pero queda claro que este debe ser el filme en que el cineasta ha volcado más sus fantasmas y demonios particulares. De hecho, Tetro hubiera podido ser una más que correcta tragedia familiar en formato íntimo o, como La conversación, una pequeña obra maestra de un gran director. En su primera mitad, el filme parece ir por ese camino, el de convertirse en una versión más personal y actualizada de La ley de la calle (1983). Pero el deseo de Coppola de otorgarle grandilocuencia y complejidad a su historia acaba volviéndose en su contra. El contexto, la bohemia artística vivida en un país extranjero, rebosa tópicos por todos los costados, empezando por la cansina figura del escritor atormentado, que da nombre al filme, y que encarna Vincent Gallo. Y el aliento operístico que le inyecta el director a través de la rememoración del pasado familiar y diversas escenas de ballet, acaba convirtiendo Tetro en una obra llena de indigeribles e impensables delirios. El último segmento, el viaje hacia la Patagonia, se convierte más bien en un viaje hacia el desastre.

El personaje de la crítica literaria a la que da vida Carmen Maura, apodada ridículamente Alone, cobra un absurdo protagonismo que no hace ningún bien a la película, y la resolución del enredo familiar es más propia de un culebrón que de una película dirigida por el mismo hombre que firmó la trilogía de El Padrino. Tetro acaba poniendo demasiado en evidencia los problemas previos al rodaje, del supuesto robo del guión al cambio en los actores previstos, en una serie de incoherencias que hacen que sea muy difícil defender el filme. Quizá la próxima, maestro.

Coppola ha apadrinado a más de una generación de jóvenes intérpretes masculinos. Las dos primeras entregas de ‘El Padrino' señalaron qué rostros representarían el cine de los setenta, mientras que los protagonistas de ‘Rebeldes' (1983) se convirtieron en las nuevas caras del cine de los ochenta. ‘Tetro' no censa ninguna nueva hornada de actores, pero su reparto queda como uno de los pocos puntos fuertes del filme. A Vincent Gallo su papel le sienta como un guante: desprende la misma mezcla de rebeldía y sensibilidad que el Mickey Rourke de ‘La ley de la calle'. El descubrimiento del filme lo representa Alden Ehrenreich, una reencarnación del joven Leonardo DiCaprio al que le queda mucha carrera por delante. Y Maribel Verdú, en un rol a la sombra de los dos anteriores, demuestra una vez más que su talento está a la altura de cualquier gran director. 

A CONTRALUZ, por Sara Brito

No es una trilogía. Al menos el español Eduardo Chapero Jackson nunca los concibió como tal. Pero, la realidad es que sus tres cortometrajes, ‘Contracuerpo', ‘Alumbramiento' y ‘The end' se estrenan ahora en un mismo programa en cuatro ciudades de España: Madrid, Valladolid, Cádiz y Valencia, bajo el título ‘A contraluz' y que, de tal manera, los tres dialogan, desde diferentes apuestas formales, sobre una misma preocupación del director: lo que brota en los márgenes de la existencia, esos lugares donde el ser humano se pone a prueba y donde aparecen el dolor, el miedo, pero también la valentía y la determinación. Chapero Jackson hace un cine de los cuerpos. Hurga en la realidad orgánica del ser humano para desvelar los comportamientos ante los límites de las obsesiones (Contracuerpo'), de la vida (‘Alumbramiento') o de la economía (‘The end'). Y en cada corto, se prueba como cineasta, aunque sea en ‘Contracuerpo' y, sobre todo, en ‘Alumbramiento', donde más se acerca a la verdad. 

Alumbramiento fue ese corto que lo ganó todo en 2007: desde el León de Oro de la Mostra de Venecia al mejor corto de la Academia de Cine Europeo. Aquel filme, que sobrecogía con su mirada de frente a la muerte, dio la medida de un director que se cuenta entre los más prometedores del cine español. Chapero Jackson ultima ahora la preproducción del que será su primer largo, ‘Verbo', otra historia de límites, que antecederá a su más que predecible salto a Hollywood.  

MISHIMA, por Pablo G. Polite

24 años después de recibir el Premio a la Mejor Contribución Artística en Cannes, Paul Schrader presenta un nuevo montaje de ‘Mishima: una vida en cuatro capítulos', remasterizado en alta definición. Producida por Coppola y George Lucas, la película aborda el último día del controvertido escritor japonés, artífice de ‘Confesiones de una máscara', ‘Sed de amor' y ‘El mar de la fertilidad', la tetralogía que terminó el día de su muerte y cuya última entrega presentó a su editor antes de irrumpir en el cuartel general del Comando Oriental de las Fuerzas de Autodefensa de Japón en Tokio y cometer allí un ‘seppuku', la versión completa del harakiri culminada con una decapitación. A través de ‘flashbacks', que rompen la narrativa ortodoxa, reconstruye la vida de Mishima, dividiéndola en cuatro capítulos no lineales, en los que engarza una dramatización del día de su muerte y tres puestas en escena de las novelas ‘El templo del pabellón dorado', ‘La casa de Kyoko' y ‘Caballos desbocados'.  

Transgresora en su forma y elegante en su ejecución, la película no es una exaltación hagiográfica sino el retrato de un cineasta occidental -recuerden, Paul Schrader es el guionista de ‘Taxi Driver', por ejemplo- sobre un hombre aniquilado por sus contradicciones, su narcisismo y su megalomanía. Un ejercicio de estilo, etiquetado en su día como experimental y radical, que se apoya en la fotografía de John Bailey, la música de Philip Glass y el fabuloso trabajo de decorado de Eiko Ishioka.

TRANSFORMERS: LA VENGANZA...por Jesús Rocamora

Ya lo dijo en su visita a España uno de los productores: detrás de esta segunda parte de ‘Tranformers' sólo puede haber el espíritu de "más y mejor". Más dinero, más coches, más chicas, robots más grandes y casi dos horas y media de metraje, lo que es excesivo hasta para quien defiende multiplicar por mil lo ya planteado. Pero, en esencia, a ‘Transformers: la venganza de los caídos' lo que le pierde es su ambición por querer ser una película total, que tiene algo que ofrecer a todo tipo de público. A veces quiere parecer ‘Independence Day', otras ‘La Momia', pero casi siempre es ‘The Fast and the Furious' apto para menores. Lo peor, al igual que en la última ‘Star Trek', son los continuos gags con la que Michael Bay intenta rebajar el ritmo taquicárdico y que hacen parecer a los personajes payasos mudos. Y la omnipresencia de esa visión supermilitarizada del mundo en la que el bien se enfrenta al mal a misilazos. Dolor de cabeza asegurado. 

Shia LaBeouf y Megan Fox repiten sus roles, a saber: él, chico medio tonto que al final salva al mundo y se lleva a la tía buena. Es tan anodino que cualquier ‘femme fatale' de la película se lo lleva al sofá incluso en contra de su voluntad. Pobre: acosado todo el día por clones de camareras de ‘El bar Coyote'. Fox también da pena: ay, no quiere que ser una nueva e hipersensual Angelina pero sabe que todos la quieren ver posando con pantaloncitos sobre el sillín de una moto. Y eso es todo lo que hace.

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