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La televisión británica jubila Gran Hermano

El acontecimiento televisivo desaparece de la cadena británica por "aburrido", tras una década de tramas y excesos catódicos

ÍÑIGO SÁENZ DE UGARTE

The Sun había dado su veredicto y no admitía apelación. La última edición de Gran Hermano en el Reino Unido era "aburrida". Hasta la voz de la megafonía se lo recordó a los concursantes. Con la intención de desmentir el insulto más degradante que se puede escuchar en televisión, los concursantes protagonizaron hace unos días una escapada a las tripas de la casa y tomaron por asalto la zona de cámaras. Daba igual. Sólo un suicidio colectivo habría desmentido la impresión generalizada de que el formato televisivo más revolucionario de esta década no daba más de sí.

El paciente no podía seguir sufriendo. Channel 4 anunció el pasado miércoles que la próxima edición de Gran Hermano, la undécima, será la última. Y sólo porque ya está comprometida por el contrato con Endemol. Para hacer de la necesidad virtud, el director de la cadena dijo que podían haber renegociado a la baja una prórroga. "Es lo que habría hecho una cadena puramente comercial, pero Channel 4 tiene un compromiso público de liderar nuevas formas de creatividad", explicó Kevin Lygo.

Jade Goody terminó por simbolizar todos los excesos del formato. Su ignorancia era olímpica

La mayor creatividad del programa consistía en ordeñar la vaca hasta la última gota. En algunas temporadas, el 25% de los ingresos de la cadena procedía del programa. El formato aportaba 68 millones de libras en beneficios en sus mejores momentos.

Gran Hermano irrumpió en 2000 como un cohete, igual que en otros países. Más que un programa, era un acontecimiento. La trama fue cogiendo forma. Un concursante fue expulsado el primer año por intentar manipular los votos de sus compañeros. Aparecía así el villano, elemento indispensable del drama y requisito para entrar en el territorio tradicional de la prensa sensacionalista.

Los tabloides adoptaron el programa con ansiedad. La realeza de los celebrities dejó paso a los concursantes. Las portadas se convirtieron en los fiscales. El segundo año, una mujer dejó caer la toalla a la salida del baño ante las cámaras. Los diarios sufrieron un ataque de apoplejía. Era una profesora, por amor de Dios. ¿Sería capaz de hacer eso delante de los niños? Evidentemente, no. Pero eso no importaba. Cuando al año siguiente una enfermera fue apodada "la cerda" por los tabloides, su destino estaba sellado.

Al igual que un adicto a la heroína, el programa necesitaba aumentar la dosis

Se llamaba Jade Goody y terminó por simbolizar todos los excesos del formato. Su ignorancia era olímpica. Pensaba que Río de Janeiro era el nombre de una persona y que East Anglia, una región inglesa, era un país extranjero. No ganó pero tampoco desapareció. A diferencia de la sociedad británica, GH se caracterizó por dar segundas oportunidades a las clases bajas y medias.

Goody reapareció cinco años después en la versión de los famosos. Lanzó insultos racistas a una actriz de Bollywood y el país entero montó en cólera. La prensa sensacionalista, la misma que explota los impulsos xenófobos de la Inglaterra profunda, exigió que fuera decapitada. En un alarde de involuntaria comicidad, The Sun exaltó el multiculturalismo que tanto detesta.

La actriz fue recibida en la India como si fuera Ghandi. Goody se disculpó de todas las formas posibles por utilizar a fin de cuentas el mismo lenguaje que las clases altas han empleado durante siglos en la privacidad de sus hogares. Pasó al más deplorable anonimato hasta que se supo que tenía cáncer, y de ahí a la fase definitiva de su estrellato. Su muerte fue casi retransmitida en directo. Era la Juana de Arco de la telerrealidad.

Al igual que un adicto a la heroína, el programa necesitaba aumentar la dosis para obtener el mismo efecto. En 2004, la seguridad intervino para poner fin a una pelea a puñetazo limpio. Al año siguiente, ganó una transexual, y en 2006 venció un joven que sufría el síndrome de Tourette. El chico se controló mejor que sus predecesores. Hasta incluyeron en el plantel a una ex monja lesbiana irlandesa, tres identidades que raramente se dan en la misma persona.

Gran Hermano rompió casi todos los tabúes de la sociedad británica. Al final, se despide y deja un país muy similar al que se encontró. Las necrológicas han recordado su efecto revolucionario en la televisión. No tanto como para superar una ley de oro del medio. Un programa caro con sólo dos millones de espectadores de media está condenado a la extinción. No tardarán en ofrecer otro tipo de metadona televisiva a los mirones.

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