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El Tour de los falsos compañeros

Federico Bahamontes inauguró hace 50 años el palmarés español en Francia conviviendo, como Contador, con el enemigo en casa

MIGUEL ALBA

Habla valiente. "No entiendo la falta de combatividad que existe hoy en día. Yo nunca me estuve quieto", asegura Federico Martín Bahamontes. "Ahora falta arrojo, valentía, echo en falta ese ciclismo en el que sólo se pensaba en que cada día era una batalla". Así fueron sus ataques en el Tour. Épicos, sinceros y generosos. Pero de aquello hace ya 55 años. Un tiempo en el que el ciclismo se vivía al día. "Yo cobraba por carrera. Había días que corría una por la mañana y otra por la tarde. Me desplazaba en coche y no en avión. Eso sí que me machacó", relata Federico Martín Bahamontes. Detrás de cada una de sus palabras se esconde una historia. Todas con el mismo denominador: el Tour. Su relación con la carrera francesa comenzó de forma tímida tras una conversación con Julián Berrendero, el primer mito del ciclismo español, por entonces seleccionador nacional. "Me llamó a casa y me preguntó que si estaba preparado. No me atreví a decirle que no. Pensé para mí que no hablaba francés, no había salido nunca de España, no tenía equipaje, no sabía nada. Así que recurrí a la familia. Madre, ¿puedo ir al Tour? Dudó un poco pero me dio permiso. Fui, y regresé con el Premio de la Montaña".

Tras aquella edición de 1954, Bahamontes fue recibido en Toledo por 14 bandas musicales que iniciaron un día festivo que incluyó una capea en la que sus vecinos le obligaron a dar algún que otro capotazo. "La vaquilla daba juego", bromea. En aquel verano, Bahamontes era todavía un ciclista obsesionado con los puertos épicos. En uno de ellos, el Col de la Romeyère, de 1.074 metros de altitud, entre el Isere y la meseta de Vercors, apareció el suceso del famoso helado en 1956. "Me escapé con Leguilly, Lazaride y un belga. El coche del belga se acercó para decirle que no tirase, porque eso me favorecía, y al pasar a mi lado saltó una piedra y me rompió dos radios de la rueda trasera. Era un puerto corto, pero muy duro. Tenía rampas muy fuertes. Cuando llegamos a la cima estaba nervioso y cabreado como una mona. Berrendero no venía para arreglarme la avería. Así que me paré".

A medida que avanza su relato, Bahamontes recupera aquellas sensaciones. "Había dos carritos de helados, cogí un embudo y me puse uno de vainilla. No me podía contener de la rabia. Los aficionados me querían robar el dorsal. Aquello estaba atestado, como en todos los puertos del Tour. Como era una escapada como Dios manda, y no como las de ahora, el pelotón estaba a 14 minutos, pero yo no lo sabía. Como no venía nadie, cogí agua de un arroyo cercano y cuando apareció el pelotón les remojé con el agua". Cuando le arreglaron la bici, su osadía concluyó en una pájara "de escándalo, de las de antes".

Se recuperó de ella recurriendo a la misma fórmula de la que echaba mano después de una larga kilometrada entre los Alpes o los Pirineos. "Me tomaba una cerveza y un bocata de jamón de york. Así evitaba los grandes atracones en la cena. La alimentación y la profesionalidad [poco o nada de sexo, nada de drogas y dormir mucho, según su definición] es lo que hacen al buen ciclista", incide Bahamontes, que no duda de que en su época "la gente iba puesta". "¿Dónde están los ciclistas de mi generación? Bajo tierra", recuerda sin alardes dramáticos. "Yo tengo casi 81 años y todo me funciona bien. Demostré que se puede correr un Tour sin tomar nada raro", ahonda.

De hecho, en una de las etapas de descanso del Tour del 57, Bahamontes compró Binerva (Vitamina C) y Redoxon (vitamina B). "Cuando me picaron en la vena me atravesaron el brazo. ¿Adónde iba a ir yo?", sonríe. En aquella edición, todo el mundo lo conocía como el Águila de Toledo, mote que acuñó el director del Tour, Jacques Goddet, por su capacidad para devorar el Galibier, el Aubisque o el Peyresourde.

En sus 11 participaciones en el Tour, Bahamontes coronó 51 puertos en cabeza. "Y ni siquiera me daban un maillot", refunfuña. Pero no fue hasta octubre de 1958, durante una mañana de galgos en Talavera de la Reina y delante de un plato de migas, cuando el escalador se reconvirtió en el ciclista total. "Coppi me dijo: Si haces la general y te olvidas de la montaña, ganas el Tour".

Aquella rotundidad le insufló carácter ante la nómina de aspirantes al Tour de 1959: Anquetil, Bobet, Rivière, Baldini, Gaul y Anglade, ganadores del Tour, Giro, campeones del Mundo, poseedores del récord de la hora... Además, como le sucede este año a Contador, la rivalidad convivía bajo el mismo maillot. La selección de España por entonces el Tour se corría por paísesvivía bajo un hervidero de piques de egos. Fue la edición de los falsos compañeros. "Todos los españoles éramos líderes y todos queríamos ganar. Si hubiera tenido equipos como los de Anquetil, Merckx, o el Banesto de Indurain, habría ganado cinco o seis Tours", se lamenta. Aquel 1959, el ciclismo español escribió el primer de los 11 capítulos triunfales. Después llegaron Ocaña, Delgado, Indurain, Pereiro, Contador y Sastre.

Estos tres últimos apellidos vuelven a destacarse en la salida del próximo sábado en Mónaco. Especialmente, el de Contador. "Todo depende de cómo se desarrolle el gallinero en el Astana", matiza. "¿Qué pasa cuando hay dos gallos (Contador y Armstrong) en un gallinero? Que uno sale cabreado porque no ve gallina. Imagina si hay tres gallos (Leipheimer)".

Bahamontes deja en manos de Johan Bruyneel, director de Astana, el devenir del próximo Tour. "Si decide que la jerarquía no la marque la carretera, malo para Contador", incide, antes de lanzar una proclama, que el Tour acepta a medias, con la prohibición del uso del pinganillo en dos etapas. "Odio el pinganillo", reconoce. "Deberían prohibirlo para que el ciclista se sienta más libre y pueda atacar cuando le dé la gana". Una rebeldía que Bahamontes pretende convertir en revolución. "Se necesitauna vuelta al ciclismo de mi época, en la que subíamos las montañas sin agua y nos quedábamos tirados en la cuneta cambiado tubulares. El Tour es el mejor escenario".

Siempre el Tour. La tesis doctoral de su vida.

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