Ethel Cain y la belleza de los lugares oscuros
La estadounidense convierte Noches del Botánico en una ceremonia colectiva donde el ambient, el rock sureño, el gótico y el doom conviven con algunos de los himnos más emocionantes del pop alternativo actual.

Hay algo sorprendente en contemplar a miles de personas cantando palabra por palabra canciones sobre fanatismo religioso, violencia, trauma generacional, pérdida y redención. Más aún cuando muchas de ellas son demasiado jóvenes para haber vivido algunas de las experiencias que describen esas letras. Pero eso es exactamente lo que ocurrió este martes en Noches del Botánico durante el regreso de Ethel Cain a Madrid, una artista capaz de llevar el ambient más espectral, el rock sureño, el gótico e incluso el doom metal a un público que, en muchos casos, llegó hasta ella a través del pop.
Lo primero que llamaba la atención era el público. Adolescentes, veinteañeros, treintañeros e incluso asistentes de más edad compartían espacio bajo las estrellas madrileñas unidos por una devoción poco habitual. Buena parte de ellos pertenecían al colectivo LGTBIQ+, para quienes Ethel Cain se ha convertido en mucho más que una artista admirada. Sus canciones, atravesadas por la búsqueda de identidad, la culpa, la espiritualidad, el deseo y la supervivencia, han encontrado un eco profundo en varias generaciones que ven reflejadas en ellas experiencias que rara vez ocupan el centro de la cultura popular.
La iconografía que rodea su obra es ya tan importante como la propia música. Cruces, iglesias protestantes, carreteras secundarias, moteles abandonados, bosques interminables y paisajes rurales del sur de Estados Unidos forman parte de un imaginario reconocible al instante. Todo ello bebe de experiencias personales que la artista ha incorporado a una obra donde la religión, la violencia, el aislamiento y la redención aparecen constantemente entrelazados. Más que canciones, Ethel Cain construye mitologías.
La apertura con Willoughby's Theme dejó claro que el concierto iba a desarrollarse como una experiencia inmersiva más que como una sucesión de canciones. A partir de ahí, piezas como Sunday Morning, American Teenager, Janie o Nettles fueron desplegando un universo sonoro en el que la dulzura y la oscuridad conviven de forma permanente. Esa dualidad es, probablemente, una de las claves de su éxito. Pocas artistas son capaces de envolver relatos tan desgarradores en melodías tan hermosas, creando un contraste que atraviesa toda su obra y que sobre el escenario adquiere una fuerza especial.
Porque si algo demuestra Ethel Cain en directo es que las fronteras entre géneros son mucho más porosas de lo que solemos pensar. Su música conecta el ambient con el indie rock, el dream pop con el rock sureño, la tradición americana con las texturas góticas y, en algunos momentos, con sonoridades procedentes del doom rock y el doom metal. Lo extraordinario es que consigue acercar esos lenguajes, históricamente asociados a escenas minoritarias, a una audiencia masiva que los recibe con absoluta naturalidad.
La comunión entre artista y público fue absoluta durante toda la noche. Cada vez que Ethel Cain ofrecía el micrófono a los asistentes, miles de voces completaban las letras con una precisión asombrosa. No se trataba únicamente de los momentos más conocidos del repertorio. El público parecía conocer cada palabra, cada detalle y cada imagen contenida en unas canciones largas, complejas y profundamente narrativas. Más que espectadores, parecían fieles participando en una liturgia colectiva.
El tramo central del concierto llevó esa intensidad emocional hacia territorios todavía más sombríos. Los pasajes extraídos de Perverts y especialmente la devastadora Ptolemaea mostraron el lado más inquietante de una obra que nunca ha tenido miedo de enfrentarse a la violencia, el trauma o la destrucción. Allí apareció también la faceta más extrema de su propuesta musical, donde las guitarras adquieren un peso casi físico y las atmósferas se vuelven opresivas sin perder nunca belleza ni coherencia.
También ayudó que el sonido fuera sencillamente impecable. En una época en la que incluso grandes producciones sufren mezclas irregulares, el concierto de Ethel Cain destacó por una claridad extraordinaria. Cada instrumento encontró su espacio. Cada textura pudo apreciarse con nitidez. La banda sonó compacta, elegante y poderosa, construyendo paisajes sonoros inmensos sin caer jamás en el exceso. Y sobre ellos brilló una voz extraordinaria, capaz de pasar de la fragilidad más íntima a la intensidad más desgarradora sin perder control, afinación ni matices.
Cuando llegaron Gibson Girl, A House in Nebraska, Crush y la emocionante despedida con Sun Bleached Flies, la sensación era la de estar asistiendo a algo más que un concierto. Porque quizá ahí reside la verdadera singularidad del fenómeno Ethel Cain. En una época dominada por la inmediatez y el consumo rápido, ha conseguido construir una comunidad alrededor de canciones largas, complejas, emocionalmente devastadoras y alejadas de cualquier fórmula comercial evidente.
Al terminar la noche quedaba la sensación de haber asistido no tanto a una actuación como a la reunión de una comunidad dispersa que, durante hora y media, encontró un lugar común entre guitarras distorsionadas, paisajes sonoros fantasmales y algunas de las canciones más emocionantes de la música alternativa contemporánea. Ethel Cain lleva años construyendo un universo propio. Lo que quedó claro en Noches del Botánico es que cada vez son más las personas dispuestas a habitarlo. Y que, para muchos de ellos, esos lugares oscuros de los que hablan sus canciones se han convertido también en un hogar.


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