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Por fin un robot al que los niños 'ajuntan'

QRIO, un humanoide con habilidades sociales, fue aceptado como uno más en un jardín de infancia tras cinco meses. 

DANIEL MEDIAVILLA

 

Los robots ya habían logrado ser los más listos de la clase. Podían batir al mejor humano jugando al ajedrez y eran capaces de secuenciar un genoma sin despeinarse los chips de silicio, pero a los humanos les quedaba aún el consuelo de que todo lo que tenían de brillante en la computación lo tenían de torpe en las relaciones sociales. La situación, sin embargo, puede cambiar.

En un artículo que publica hoy la revista Proceedings de la Academia Nacional de Ciencias estadounidense (PNAS) Fumihide Tanaka, Aaron Cicourel y Javier Movellan, de la Universidad de California en San Diego (EEUU), exponen los resultados de un experimento en el que introdujeron a QRIO, un robot con habilidades sociales, en una clase de niños de entre 18 y 24 meses de edad. Después de cinco meses de convivencia, la máquina fue aceptada por los pequeños casi como si fuese uno más. “Nuestros resultados indican que la tecnología actual ya está muy cerca de lograr robots capaces de relacionarse y crear vínculos con niños pequeños de forma autónoma durante largos periodos”, señala Fumihide Tanaka.

A las 10 horas, aburren
Los robots sociales que se comercializan ahora rara vez son capaces de mantener la atención de los pequeños durante más de 10 horas, pero en el caso de QRIO la interacción entre los niños y el robot mejoró con el paso del tiempo.

El estudio señala la especial importancia del contacto físico en los procesos de socialización. Al principio, pese al amplio repertorio de comportamientos del humanoide, los investigadores observaron que no era capaz de interactuar con los niños. En ocasiones, por ejemplo, cuando el robot movía su mano para saludar a uno de sus compañeros humanos, el niño ya se había ido. Para subsanar esta deficiencia, los científicos introdujeron un cambio en la programación para que QRIO se riese justo después de que los niños le tocasen la cabeza. Los pequeños asumieron así que el robot respondía cuando entraban en contacto con él y la interacción mejoró.

 

 

En sus conclusiones, los autores del estudio indican que el contacto físico se convirtió en el aspecto más importante de la interacción. Al principio, los niños tocaban a QRIO en la cara, pero con el paso del tiempo pasaron a hacerlo sólo en las manos y en los brazos como hacen con otros humanos.
Tanaka, que ahora está desarrollando robots con una autonomía aún mayor, cree que este tipo de máquinas “pueden tener un gran potencial en entornos educativos, ayudando a los profesores y enriqueciendo el entorno de las clases”.