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Salvar el mundo por 3 euros

Proyectos de bajo presupuesto intentan buscar soluciones innovadoras para los países en desarrollo

NUÑO DOMÍNGUEZ

En medio de un panorama tecnológico abarrotado de pantallas de plasma y teléfonos móviles con cada vez más características y posibilidades, un nuevo tipo de aplicaciones intenta darle la vuelta a la tortilla de la innovación mundial. Se trata de sistemas para desinfectar el agua por menos de cuatro euros, herramientas agrícolas construidas con bicicletas viejas o sistemas baratos para diagnosticar el sida. Son, en definitiva, proyectos de bajo presupuesto y alto rendimiento pensados específicamente para los países en vías de desarrollo.

"Los diseñadores de hoy en día dedican todos sus esfuerzos a solucionar los problemas del 10% más rico de la población", lamenta Paul Polak, fundador de la ONG IDE. Polak lleva más de 25 años desarrollando tecnologías para el otro 90% del mundo, cuyas necesidades básicas se ven continuamente desatendidas por al falta de interés de la investigación realizada en los países desarrollados.

Sus bombas de agua por menos de 20 euros y otros inventos han ayudado a salir de la pobreza a unos 17 millones de personas en ocho países de África y Asia, señala. Sus nuevos proyectos incluyen un microscopio muy resistente que se recarga con energía solar y kioscos de venta de agua que usan un sistema de desinfección eléctrico que cuesta unos 30 euros.

 

"Este campo está creciendo enormemente", comenta Bernhard Weigl, un profesor de la Universidad de Washington que intenta desarrollar un sistema de detección para enfermedades infecciosas que cueste dos euros y sea tan fácil de usar como un test de embarazo. "La gran ventaja es que no necesitas ningún aparato, sólo un pequeño tubo en el que ya están los productos químicos que se van a usar", explica Weigl. Cuando comenzó este proyecto hace cinco años, indica el profesor, había sólo dos o tres grupos trabajando en este campo. Ahora hay unos 50.

Estas tecnologías también han irrumpido en prestigiosas universidades como el Instituto Tecnológico de Massachusetts, donde existe un famoso centro de innovación para el desarrollo llamado D-Lab. En un destartalado laboratorio repleto de carbón, bicicletas viejas, tuberías y rudimentarias prensas de metal, unos 200 estudiantes aprenden cada año a desarrollar inventos para aquellos que carecen de agua, alimentos, energía o atención médica.

Los estudiantes tienen también la oportunidad de viajar a países en desarrollo para conocer de primera mano las necesidades de la población local e idear junto a ellos soluciones apropiadas. "Hay estudiantes a los que esta experiencia les cambia a vida", explica Víctor Grau, un ingeniero catalán que imparte clases en este curso. "Todos los conocimientos de ingeniería que adquieren en el MIT para ir a trabajar en las grandes empresas de EEUU pueden utilizarlos en desarrollar tecnologías que tienen un impacto en países en desarrollo", explica.

Del D-lab han salido diferentes tecnologías como, por ejemplo, un sistema para convertir desechos agrícolas en carbón, un test rápido para evaluar la calidad del agua o una bicilavadora que se utiliza en zonas donde no hay electricidad ni agua corriente.

Otras universidades de prestigio de Estados Unidos, como Berkeley, Stanford o Colorado State han desarrollado programas similares cuyos proyectos incluyen lámparas de bajo consumo que se recargan con un pequeño panel solar o bombas de agua similares a las que ideó Polak, que da clases en varios centros. "Hay una gran cantidad de estudiantes en Occidente que quiere aprender a marcar la diferencia", señala el experto. "Es un movimiento imparable".

Una bicicleta sin ruedas puede llegar muy lejos. Así lo ha demostrado Carlos Marroquín, un guatemalteco que fabrica ‘bicimáquinas’ especialmente ‘tuneadas’ para cubrir las necesidades básicas de la población local.

Las bicicletas de Marroquín sirven para desgranar maíz, bombear agua de un pozo, arar el campo o incluso generar electricidad para recargar lámparas. También hay diseños para cascar nueces y triturar frutas.

El proyecto, llamado Maya Pedal, echó a andar en 1997 en torno a la localidad de San Andrés Itzapa con el objetivo de ayudar a la población rural más desfavorecida.
Desde entonces, Marroquín ha ideado un total de14 modelos de bicimáquinas, que permiten realizar labores para las que antes se necesitaba maquinaria más compleja. Además, sus artilugios son un modelo de sostenibilidad, pues se nutren de la energía limpia y ubicua que todo el mundo lleva en las piernas.

Marroquín ha sido invitado por el (MIT) para hablar de sus proyectos. Un grupo de estudiantes de esta institución se basó en sus diseños para crear una ‘bicilavadora’ a pedales para zonas remotas en las que no hay agua corriente ni electricidad, como la de la imagen, en la localidad de Ventanilla (Perú).

Unos 800 millones de personas dependen de la quema de madera, estiércol u hojas como principal fuente de energía. Esto no sólo fomenta la deforestación, sino que también propaga enfermedades respiratorias que matan a unos dos millones de personas al año. Haití es uno de los países en los que esta situación ha llegado a sus peores extremos. Hundido en la pobreza y la escasez de otra fuente de energía, la necesidad de leña para cocinar ha contribuido a la casi completa deforestación del país.

Desde hace unos años, la ingeniera del MIT Amy Smith, una auténtica autoridad en tecnología sostenible, intenta solucionar el problema usando poco más que desechos orgánicos, bidones de gasolina viejos y rudimentarias prensas de metal. Smith y el equipo de su laboratorio, el D-Lab, están perfeccionando un sistema que utiliza una fuente de energía omnipresente en Haití: los desechos de la caña de azúcar. El sistema realiza una quema controlada de esa biomasa dentro de un bidón y la convierte en ceniza. La ceniza se mezcla luego con engrudo vegetal que sirve de adhesivo para fabricar pastillas de carbón, explica Víctor Grau, uno de los profesores del D-Lab.

Al contrario que la leña o las hojas, el carbón proporciona más energía y emite menos humos tóxicos, detalla Grau. El Banco Mundial ha subvencionado este proyecto y sus autores quieren desarrollar pequeños negocios locales en la producción y venta de carbón.

Antes de poder combatir el sida, la malaria o la tuberculosis, es necesario diagnosticarlas, lo que en muchos países sigue siendo una utopía. Los sistemas actuales para diagnosticar estas y otras enfermedades son caros y muchas veces inservibles en las remotas zonas rurales donde más se necesitan.

Desde hace unos años, grupos de todo el mundo intentan desarrollar diagnósticos baratos y sencillos. Para algunos equipos, el mejor ejemplo a seguir son los test de embarazo que, en poco tiempo, son capaces de hacer un diagnóstico fiable con un instrumental muy reducido y fácil de usar, explica Bernhard Weigl, profesor de la Universidad de Washington. Weigl lidera el desarrollo de nuevos equipos diagnósticos en PATH, una ONG centrada en problemas de salud. Su equipo está trabajando en un test para detectar fragmentos de ADN y ARN de varios patógenos sin usar la complicada tecnología que normalmente se necesita en los laboratorios.

El sistema se basa en un grupo de productos químicos que amplifica el material genético generando el calor necesario para ello. Una vez se mezcla la muestra del paciente con esos productos, se podría hacer un diagnóstico a simple vista en función de que la solución esté turbia o no. El investigador quiere que estos test cuesten unos tres dólares y estén listos en dos años.

Uno de cada tres habitantes del planeta (2.000 millones de personas) no tienen servicios básicos como electricidad o agua potable. La ONG AIDG ha desarrollado mini-centrales hidroeléctricas que pueden generar energía suficiente para familia o toda una comunidad. El modelo se basa en los mismos principios que una gran central: una caída de agua, una turbina para generar electricidad y un sistema de almacenamiento. Pero, en este caso, el sistema es mucho más sostenible y barato.

El diseño más minimalista está casi totalmente hecho de plástico y almacena la electricidad en una batería de coche, según explica Samuel Redfield, el miembro de AIDG que ideó el sistema.

El pasado invierno, Redfield viajó a Guatemala para ponerlo en práctica en una pequeña localidad dedicada a la producción de café llamada La Florida. Como en muchas otras zonas de este país latinoamericano, el tendido eléctrico no llega a La Florida. Uno de los retos del modelo desarrollado por la ONG era que usaba un alternador de fabricación estadounidense, que cuesta unos 300 dólares. Como parte del proyecto, Redfield consiguió sustituir la pieza por un alternador de coche, mucho más común y barato, y más sencillo de encontrar.

“La mayoría de los coches que se ven por aquí utilizan este alternador”, explica. El técnico estadounidense modificó la pieza para que fuera capaz de generar electricidad a muy bajas revoluciones. La instalación de Redfield se usó para cargar los teléfonos móviles de toda la población de La Florida, donde la gente los utiliza para pedir provisiones o ayuda médica. Normalmente, los ciudadanos tienen que pagar un taxi para ir a recargar su teléfono en un servicio de pago, explica Redfield. El sistema también va a utilizarse para dar luz a varios hogares y poner en marcha sistemas eléctricos de purificación de agua. 

Cada año mueren más de un millón y medio de personas en el Tercer Mundo, la gran mayoría niños, por falta de agua potable. Uno de los grandes problemas es que las técnicas de depuración son demasiado caras o imposibles de instalar allí donde más se necesitan.

El año pasado, el profesor de la Universidad de Iowa Craig Just y sus alumnos intentaron resolver este problema con poco más que una botella de agua, una manivela y un par de electrodos.

Su proyecto se basa en una reacción química que transforma el agua salada en cloro. El invento, que ganó un premio de la Agencia de Protección Medioambiental de Estados Unidos, podría tener un coste de unos cuatro euros. Cada unidad generaría suficiente cloro para desinfectar unos 20 litros de agua, calcula el proyecto.