¿Cómo detectar si tu hijo presenta una alergia alimentaria?

Dra. María José Lirola
Especialista en pediatría del Hospital Materno-Infantil Quirónsalud Sevilla
-Actualizado a
La alergia alimentaria es una reacción anómala del sistema inmunológico frente a determinados alimentos que, en personas sanas, no generan ningún efecto adverso. En los niños con alergia, el sistema inmune identifica ciertas proteínas presentes en los alimentos como una amenaza, y desencadena una respuesta defensiva exagerada, que puede afectar a distintos órganos y sistemas.
Aunque la mayoría de las reacciones se producen tras la ingestión del alimento, los alérgenos también pueden provocar síntomas por contacto con la piel o incluso por inhalación en algunos casos (por ejemplo, al manipular cacahuetes o pescado).
En condiciones normales, el sistema inmunológico desarrolla mecanismos de tolerancia oral, especialmente durante los primeros años de vida. Sin embargo, en los niños alérgicos, esta tolerancia falla, y se producen reacciones que pueden ir desde síntomas leves hasta cuadros clínicos graves.
En las últimas décadas, la prevalencia de la alergia alimentaria ha aumentado significativamente en los países desarrollados. Se estima que en España afecta aproximadamente al 6-8 % de los lactantes menores de un año, y alrededor del 4-5 % de los niños menores de cinco años. Este incremento se ha asociado a diversos factores: cambios en los hábitos alimentarios, disminución de la diversidad microbiana en el entorno (hipótesis higienista), introducción tardía de ciertos alimentos potencialmente alergénicos, factores genéticos, y modificaciones en el estilo de vida.
Actualmente, se sabe que retrasar la introducción de alimentos como el huevo, el cacahuete o el pescado más allá del primer año de vida puede aumentar el riesgo de alergia alimentaria, especialmente en niños predispuestos. Por ello, las recomendaciones actuales sugieren introducirlos de forma progresiva y segura a partir de los 4-6 meses, en el contexto de una dieta variada y equilibrada.
La detección precoz es clave. Si no se identifica ni se trata adecuadamente, una alergia alimentaria puede producir repercusiones crónicas sobre la salud del niño, como pérdida de peso, alteraciones del crecimiento, trastornos digestivos persistentes, irritabilidad o alteraciones del sueño.
Los síntomas suelen aparecer de forma inmediata o en las primeras horas tras la exposición al alimento. Su intensidad puede variar según la cantidad ingerida y la sensibilidad individual. Los más frecuentes incluyen:
• Manifestaciones cutáneas: urticaria (ronchas), enrojecimiento, picor intenso, inflamación de labios, párpados o cara, eccemas persistentes.
• Síntomas digestivos: dolor abdominal, vómitos, diarrea, presencia de moco o sangre en las heces (especialmente en lactantes).
• Síntomas respiratorios: estornudos, tos, dificultad respiratoria, sibilancias (“pitos”).
• Síntomas generales: malestar, irritabilidad o llanto inconsolable.
¿Cuándo sospechar una reacción grave?
La anafilaxia es la manifestación más grave de una alergia alimentaria. Se trata de una reacción de instauración rápida que puede comprometer la vida del niño. Es una urgencia médica que requiere atención inmediata. Sus síntomas más característicos son:
• Dificultad respiratoria importante (con o sin sibilancias)
• Palpitaciones o taquicardia
• Disminución de la tensión arterial (hipotensión)
• Enrojecimiento cutáneo generalizado y/o urticaria
• Diarrea, náuseas o vómitos intensos
• Alteraciones neurológicas secundarias, como mareo, desorientación, confusión o pérdida de conciencia, que reflejan una afectación del sistema cardiovascular y del flujo sanguíneo cerebral. En lactantes y niños pequeños, estas manifestaciones pueden expresarse como letargia, somnolencia excesiva o disminución del tono, y deben considerarse signos de alarma.
Ante cualquiera de estos síntomas tras la ingesta de un alimento, es fundamental acudir de inmediato a un centro de urgencias. El tratamiento precoz con adrenalina intramuscular puede ser decisivo.
En los lactantes y niños pequeños, los alimentos más comúnmente implicados son: leche de vaca, huevo y pescado. En niños mayores y adolescentes, las reacciones alérgicas se producen con mayor frecuencia frente a: frutos secos, legumbres (especialmente cacahuetes y lentejas), mariscos y frutas frescas (como melocotón, manzana o kiwi).
Hasta que se confirme el diagnóstico, es esencial evitar estrictamente el alimento sospechoso.
El diagnóstico de alergia alimentaria debe ser realizado por un especialista en Alergología Pediátrica, y se basa en la historia clínica, la exploración física y pruebas específicas:
• Pruebas cutáneas (prick test): consisten en aplicar en la piel una pequeña cantidad del alimento sospechoso para observar si se produce una reacción inmediata.
• Determinación de IgE específica en sangre: mide los niveles de anticuerpos dirigidos contra determinados alimentos.
• Pruebas de provocación oral controladas: realizadas en un entorno hospitalario, consisten en administrar el alimento de forma progresiva y controlada para confirmar el diagnóstico.
• Dietas de exclusión: en algunos casos, se retiran alimentos específicos de la dieta para observar la evolución de los síntomas.
Además de evitar el alimento causante, en algunos casos seleccionados se puede ofrecer inmunoterapia oral (ITO). Esta consiste en administrar pequeñas cantidades del alimento alergénico en dosis crecientes, bajo supervisión médica especializada, con el objetivo de inducir tolerancia parcial o completa. Esta estrategia, aún en desarrollo para muchos alimentos, ha mostrado buenos resultados especialmente para la leche y el huevo. Puede mejorar significativamente la calidad de vida del niño y de su familia, al reducir el riesgo de reacciones ante exposiciones accidentales. El periodo infantil es una etapa especialmente adecuada para iniciar este tipo de terapias, ya que el sistema inmunológico aún está en desarrollo y es más susceptible a la modulación de la respuesta inmunitaria.

