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30 años de la caída del Muro de Berlín "Aquella noche me pilló en una discoteca y acabé bailando encima del Muro": así vivió Berlín la histórica caída 

'Público' ha hablado con vecinos de Berlín que el 9 de noviembre de 1989 se encontraban en alguna parte de la ciudad. 

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Imagen del 9 de noviembre de 1989, cuando el Muro de Berlín pasó a la historia AFP/Archivo.

Al amanecer aquel 9 de noviembre de 1989, Günter Schabowski no preveía ser el culpable de la caída del Muro de Berlín. El portavoz del comité central del Partido Socialista Unificado (SED) sorprendió a todos al decir en rueda de prensa que, de manera inmediata, se abrían las fronteras. Ese no era el mensaje que había que trasladar, pero es el mensaje que se propagó. Una confusión que trastocó el mapa; un malentendido que desató el reencuentro entre mundos.

La historia, en ocasiones, se pasa de soberbia. Solo le interesa el relato del que asaltó el Palacio de Invierno, del que tomó el Nido de Águilas o del que estaba en la Plaza Dealey cuando una bala atravesaba el cráneo de John F. Kennedy. Acercarse tanto al epicentro del terremoto acaba por restar perspectiva al asunto, mientras que el relato del que jugaba a la Playstation cuando caían las Torres Gemelas puede ofrecer una visión más certera de cómo se reciben las noticias trascendentales.

"La caída del Muro me pilló en una discoteca del centro de Berlín", recuerda Isabelle. Contaba 19 años y había viajado desde Francia para aprender alemán y trabajar como telefonista, pero quince días después de aterrizar en la Alemania Federal se topó con el cisma del socialismo. “No conocía a mucha gente, así que salí esa noche a ver si hacía amigos”, asegura. Optó por un garito en Ku'damm, una de las arterias principales de la ciudad. “Creo que el sitio se llamaba Far Out, cerca de la Iglesia del Recuerdo, no estoy segura. Llegué a las 22.00 y había muy poco ambiente, no había casi gente y fue muy aburrido, así que a las 23.00 ya estaba saliendo de allí”. Daba la noche por perdida cuando descubrió la avenida inundada de personas que celebraban, lo que parecía, la victoria en el Mundial de fútbol. Resultó que la fiesta estaba en la calle.

"Los del este alucinaban con los sex-shops"

“Preguntaba a la gente qué pasaba y me respondían que el Muro había caído. Obviamente, no les creí”, asegura entre risas Isabelle. Rememorar sus propias vivencias le transporta a la ingenuidad de la mocedad. Caminó hacia uno de los checkpoints y descubrió a la multitud postrada encima del muro; necesitó corroborar aquello con sus propios ojos. Nunca una noche de fiesta ha tenido un giro tan inesperado: “Acabé bailando encima del Muro e hice amigos esa noche con los que tuve contacto durante toda mi estancia en Berlín”. Fue para seis meses y se quedó trece años.

Aquel jueves de noviembre el contraste cultural y social entre el este y el oeste tuvo su exposición más notable. Como la escena de Good Bye Lenin en la que los protagonistas, afincados en el lado Oriental, ven desplegarse frente a sus ventanas una enorme publicidad de Coca-Cola, el capitalismo sobrepasó a muchos, que se morían por descubrir cómo eran sus vecinos. Briggite, nacida en Frankfurt y estudiante de Ciencias Latinoamericanas, vivía muy cerca de uno los puestos fronterizos, por lo que pudo palpar de primera mano ese choque de mundos. “Esa misma noche ya empezó a cruzar gente hacia el oeste. Los del este alucinaban con los sex-shops. Se quedaban mirándolos mientras nosotros al pasar casi bajábamos la mirada”, evoca. “También les pasaba con los supermercados. Entraban simplemente a ver qué productos había. Durante los días siguientes, tú entrabas con prisas a comprar y los supermercados cerca de la frontera estaban llenos de curiosos”, asegura la ahora periodista.

Cosas del shock; Briggite, que vivía en un piso compartido pegado al Muro, seguía el acontecimiento por la televisión, a pesar de tener la acción a pocos metros de su hogar: “Vivía en Kreuzberg, llamé a mi familia y nadie podía creer lo que estaba pasando. ¿Todo por una rueda de prensa de un portavoz?”, narra por teléfono. “Era difícil llegar al Muro, porque al ser el final de la ciudad costaba llegar. Cuando empecé a ver imágenes por televisión me dije: ¡Pero si eso es aquí! Y ya bajamos hasta muy tarde. Lloré como una magdalena viendo todo lo que pasaba”, reconoce mientras vuelve a emocionarse treinta años después.

Imagen de la jornada en que cayó el Muro de Berlin. AFP/ Peter Kneffel.

La caída desde el este

Briggite e Isabelle no son amigas ni se conocen, aunque ambas temieron lo mismo aquella noche. Tenían ganas de ver cómo era el este, pero ninguna pasó del control fronterizo. No querían que la curiosidad les jugara una mala pasada. Sabedoras del error del portavoz, temían una vuelta al orden habitual. “Quería cruzar, pero no tenía la documentación, así que me dio miedo”, asevera Briggite.

"Mis padres estaban alegres, aunque luego les recortaron las pensiones y eso ya no les hizo tanta gracia"

“No hay muros verticales, los auténticos son horizontales”. Esa frase se puede oír en Sense8, serie de las hermanas Wachowski. Sin luces de neón ni abrazos frente al Checkpoint Charlie, el relato de Stefan, comunista convencido y nacido en la Alemania Oriental, guarda nostalgia y decepción en cuanto al futuro. Cuando el Muro cayó – término que rechaza y redefine como “apertura de fronteras”– tenía 31 años y trabajaba en la construcción. “Lo vi por televisión con unos amigos. Teníamos miedo porque no sabíamos lo que iba a pasar; no sabía si cerrarían mi empresa y mis amigos en el Ejército desconocían si seguirían siendo soldados o serían juzgados”, responde.

Stefan ahora es miembro del Partido Comunista de Alemania y asegura que se siente un extraño cuando transita el oeste de su ciudad. “Aquello no fue una unificación, fue una anexión pura y dura”, contesta, mientras califica la noche del 9 de noviembre como una “borrachera generalizada”. “Mis padres habían vivido la Segunda Guerra Mundial, así que estaban alegres, ya que además podrían reunirse con parientes del otro lado, aunque luego les recortaron las pensiones y eso ya no les hizo tanta gracia”, critica sobre los gobiernos de la Alemania unificada.

¿Quién cuida de los niños si cae el Muro?

Salir o no a celebrar la reunión de los berlineses no es un debate cuando tienes que trabajar o cuidar a tus hijos. Ese fue el caso de Stefan Macher y Bárbara, matrimonio que vivía –y vive– en ThomasStrasse, al oeste, a solo dos kilómetros de la Puerta de Brandenburgo. Con dos hijos de siete y cuatro años, Stefan estaba de guardia en el hospital donde trabajaba mientras Barbara acostaba a los críos con un ojo puesto en la televisión.

“Esa noche dormí pocas horas”, recuerda Barbara. “Las noticias decían que un representante del SED había declarado abiertas las fronteras, pero no podía creerlo, así que llamé a mi marido para contárselo, y eso que nunca le llamaba al trabajo”. Stefan, absorto en su oficio, aún no sabía que su ciudad era el doble de grande. “Primero pensé que sería algún tipo de broma, pero conozco a Barbara y ella no bromearía con algo así”, recuerda. Al salir de la clínica agarró su bicicleta y pedaleó hacia el Muro para certificar su derrumbamiento. Al llegar a Invalidenstrasse descubrió a sus compatriotas descorchando vino mientras los trabbies, los clásicos coches del este, cruzaban los checkpoints.

Barbara tuvo la misma idea, pero antes tuvo que dejar al hijo mayor en la escuela. Con el pequeño de paquete se acercó en bici a la frontera. Ese trayecto solía llevarle menos de diez minutos, pero fue imposible de realizar: medio Berlín rondaba el Muro. “Mi hijo no recuerda nada de aquello”, dice la mujer, nacida en Heidelberg y llegada a la ciudad siete años antes de la apertura de fronteras.

La niñez tiende a confundir los recuerdos con los sueños, pero para una niña de Marzhan, del este, el 9 de noviembre está grabado a fuego. Deike aún iba al colegio y la trascendencia política no fue algo que le llamara la atención, hubo otros elementos en los que fijarse: “Cada ciudadano recibió 100 marcos de bienvenida, incluidos los niños, así que me llevaron a la sección de juguetes de un almacén en Neukölln, al suroeste de la ciudad. Deike, sin quererlo y con un ejemplo preciso, sintetiza el verdadero cambio tras la caída del muro: ”Fue tan rápido; de repente todo el este ya tenía los productos de los supermercados del oeste”.