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71º 10' 21"

Es la latitud de Cabo Norte, en Noruega, el punto más septentrional de Europa

OSCAR LÓPEZ-FONSECA

El frío viento azota inmisericorde el promontorio. Impertérrita, una esfera armilar acoge a sus pies una pintarrajeada placa amarilla donde se refleja la latitud a la que nos encontramos: 71° 10' 21''. Es decir, al norte, muy al norte. En concreto, en el punto más septentrional de Europa.

El lugar que el explorador inglés Richard Chancellor bautizó en 1553 como Cabo Norte cuando lo sobrepasó con su navío en busca del Paso del Noroeste. El punto al que llegó en 1664 el científico italiano Francesco Negri a lomos de una mula, tras lo que escribió en su diario estas escuetas líneas: "Ahora estoy en el Cabo Norte, en la misma esquina del mundo. Aquí terminan el mundo y mi curiosidad. Ahora regresaré a mi casa, Dios mediante..."

Negri tenía en parte razón. Más allá de este promontorio que se levanta a 307 metros sobre el mar en la isla de Magerøya sólo están las frías aguas del océano glacial Ártico y el Polo Norte. El mundo parece acabarse en este desolado paraje que en la actualidad ofrece poco más que una vista al gélido vacío. Sin embargo, Cabo Norte, como la odisiaca Ítaca, es algo más que un destino. Es el largo viaje hasta llegar a él. "Que el camino sea largo, y rico en aventuras y experiencias", pedía el poeta griego Konstandinos Cavafis en su poema dedicado al mítico lugar que anhelaba Ulises. Y el camino hasta Cabo Norte es así.

El punto de partida puede ser cualquiera de los puertos que se suceden por la quebrada costa noruega. En ellos, el viajero puede tomar el Hurtigruten, el ferry local que salta de puerto en puerto desde hace más de un siglo para acercar el correo y la vida a estas inhóspitas tierras.

Estos barcos en siete días de travesía acercan el sur al norte del país escandinavo y se adentran en laberínticos fiordos con la parsimonia que exige el mar. Navíos en rojo y negro que bordean islas de nombres imposibles para brindar a sus pasajeros vistas sobre pueblos multicolores que se dibujan entre la nieve como pinceladas aisladas en un lienzo inmaculado.

Su cubierta se convierte entonces en el lugar ideal para extasiarse durante la noche mirando el cielo estrellado en busca de auroras boreales. Estas filigranas de luces cruzan sin previo aviso la oscuridad en estas latitudes entre octubre y finales de abril, formando corrientes luminosas de un blanco difuminado, cortinas verdosas que caen con suavidad sobre el horizonte y estrías que juguetean en un fluir que dura unos breves minutos.

Las leyendas locales las asocian al reflejo de las luces sobre los escudos de las belicosas valkirias -otro mito de este viaje-, aunque la ciencia hace ya tiempo que desentrañó su misterio y adjudicó su origen a la caprichosa conjunción del sol y el magnetismo del Polo Norte.

La llegada al puerto de Honningsvag, coqueta capital de la isla donde se encuentra Cabo Norte, marca el principio del fin del viaje. Ya sólo quedan 45 minutos para alcanzar, por carretera, ese mirador único hacia la nada. Son 45 minutos de una carretera sinuosa que se eleva sobre valles helados mientras un viento preñado de nieve se empeña en borrar la carretera como si quisiera evitar a Cabo Norte más visitas de extraños. Esfuerzo inútil cuando se está tan cerca de la meta. ¡Qué más da que al llegar uno se encuentre un impersonal centro de visitantes y mucha gente dándose codazos para hacerse una foto junto a la esfera armilar! Lo importante es que se ha llegado a la "esquina del mundo" de la que hablaba Francesco Negri.

Por ello no extraña que ni siquiera los modernos sistemas de medición cartográfica hayan conseguido arrebatar a Cabo Norte su carácter de lugar mítico. Y ello pese a que hace ya tiempo que descubrieron que no es el punto más septentrional de Europa. El mérito geográfico le corresponde a una pequeña lengua de tierra situada muy cerca y de nombre mucho más retorcido: cabo de Knivskjelladden. Su latitud es 71° 11' 48'', algo así como 1.500 metros más al norte.

Da lo mismo. Cabo Norte es Cabo Norte y ya nada ni nadie puede arrebatarle la condición de lugar mítico. El viento que aúlla en esta fría Ítaca da fe de ello.