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Cómo adaptar a Murakami

Tras 20 años de intentos fallidos, el éxito internacional del escritor japonés se convierte en película con el franco-vietnamita Tran Anh Hung detrás de la cámara

ÁLEX VICENTE

Parecía la adaptación imposible, puesto que el autor se había negado repetidamente a ceder los derechos de su novela para el cine. Pero Tran Anh Hung ha logrado lo que parecía altamente improbable. Tras veinte años de intentos fallidos, Haruki Murakami terminó aceptando que alguien convirtiera su novela más conocida en largometraje. "Leí el libro en 1994 y me obsesioné por traducirlo en imágenes. Cada vez que iba a Tokio se lo decía a todo el mundo, pero nunca había respuesta", relata este espigado franco-vietnamita, afincado en París desde que sus padres abandonaron su país de origen en plena caída de Saigón. "Los japoneses eran tan educados que no se atrevían a decirme que Murakami nunca lo permitiría", explica. Hace media década, el escritor autorizó a un director japonés que adaptara uno de sus relatos breves. "Era el momento de intentarlo. Le escribí una carta para pedirle una cita", dice Tran Anh Hung. Pocos días más tarde, tomaba un avión para la capital japonesa.

Tokio Blues llega este viernes a las salas tras un largo periplo protagonizado por su realizador, que saltó a la fama en los noventa con El olor de la papaya verde. Consiguió maravillar a medio mundo antes de cumplir los 30 años: ganó la Cámara de Oro en Cannes y obtuvo una nominación al Oscar, que Fernando Trueba lograría arrebatarle. El premio de consolación es que a Murakami le había gustado su película. "Antes de encontrarme con él, pasé tres días entrenándome con 12 japoneses que me hicieron todas las preguntas posibles sobre el libro", recuerda el director. Ese curso intensivo no le sirvió de mucho. "Al llegar al encuentro, Murakami casi no me dejó hablar. Me dijo que estaba de acuerdo. Y que, de no haber sido yo, nunca hubiera dicho que sí", añade con orgullo.

El director dibuja una serie de viñetas entre lo melancólico y lo desesperado

Sellado el acuerdo, el director tuvo manos libres para rodar. "Me hubiera gustado que se implicara más, pero no hubo manera de convencerle. Me dejó completamente libre. Sólo leyó un primer borrador del guión, añadió unas notas y me dijo: Haz lo que te apetezca, pero asegúrate de hacer una buena película", recuerda.

Una vez superado el primer reto, le quedaba otro aún mayor por delante: no defraudar a la legión de seguidores de la novela. Cuando fue publicada en su país, consiguió conmocionar a la sociedad japonesa, que convirtió a Murakami en una estrella literaria. Dicen que para disgusto del escritor, un fundamentalista de la discreción. Traducida a más de 40 idiomas, Tokio Blues ya ha superado los 12 millones de ejemplares vendidos alrededor del mundo. No es del todo extraño que, cuando se anunció que alguien se atrevería a adaptarla, las críticas se extendieran a lo largo y ancho de la red. Tran Anh Hung decidió no dejarse impresionar. "Siempre he estado preparado para afrontar las críticas. Ya sabía que llegarían, pero tenía que rodar una versión personal", asegura. Pese a todo, se empeñó en ser lo más fiel posible al original. "Murakami estaba abierto e interesado en cambiar de idioma y de lugar. Pero yo me empeñé en rodarla en Japón, pese a no hablar ni una palabra de japonés".

"Me empeñé en rodar en Japón, pese a no hablar el idioma", reconoce

Tran Anh Hung ha dibujado una serie de viñetas que oscilan entre lo melancólico y lo desesperado. Tres jóvenes japoneses, estudiantes universitarios de finales de los sesenta, se sitúan en los vértices de un turbulento triángulo amoroso. El protagonista, Toru Watanabe, se enamora de Naoko, una joven de salud mental delicada que, años atrás, fue la novia de su mejor amigo. Pero Kizuki se dio muerte antes de llegar a la mayoría de edad y Naoko no ha conseguido olvidarle. Al conocer a Midori, una compañera de clase más jovial y liberada, Watanabe se verá obligado a escoger.

La vida es lo que les pasa entre largo y largo de piscina, mientras beben copas de vino y escuchan canciones de grupos occidentales. Entre ellas, el popular tema de los Beatles que Murakami tomó prestado para poner título a su novela, Norwegian Wood (para la edición española, en un giro muy criticado, se escogió una variante algo incomprensible).

"Haz lo que quieras, pero haz una buena película2, le dijo Murakami

La canción de los Beatles, reverso agridulce de sus inocentes declaraciones de amor y primer tema en que George Harrison utilizó el sitar, dio lugar a todo tipo de interpretaciones. Se dijo que la madera noruega a la que cantaba John Lennon era en realidad la marihuana o los genitales femeninos. Paul McCartney aclararía que la realidad era más prosaica. Lennon se refería al pino barato que sirvió para decorar los interiores británicos durante los sesenta. "Es sólo un título", tempera Tran Anh Hung. "No quise pensar en una interpretación más profunda. De hecho, no me gustan los títulos con significado. El título debe limitarse a dar un sentimiento impreciso".

Precisamente, la música suponía otro problema a resolver en la adaptación del libro, plagado de referencias del muy melómano Murakami. Tran Anh Hung apostó por confiar la banda sonora a Jonny Greenwood, guitarrista de Radiohead, tras escuchar su composición atonal para Pozos de ambición, la saga petrolífera que dirigió Paul Thomas Anderson. Greenwood creó una delicada banda sonora para sexteto de cuerda y recomendó al director que sustituyera la música citada en el libro por los sonidos del grupo alemán Can, padres fundadores del krautrock. "Jonny tenía razón. La música mencionada por Murakami resultaba demasiado sentimental y nostálgica", concede.

El último dolor de cabeza fue el reparto. El director no fue capaz de encontrar a Naoko por ninguna parte, hasta que decidió dar una oportunidad a Rinko Kikuchi, la adolescente sordomuda de Babel y asesina a sueldo en Mapa de los sonidos de Tokio, que llevaba meses insistiendo para que le dejara pasar el casting. Tran Anh Hung la consideraba demasiado conocida, hasta que la vio en acción. Para el flemático Watanabe, el director escogió a Kenichi Matsuyama, estrella televisiva en su país.

La recaudación en Japón no ha satisfecho las expectativas

Pese al tirón de sus estrellas en la taquilla local, la recaudación no ha satisfecho las expectativas. Además, la crítica japonesa se ha mostrado dividida. Tal vez porque el director ha sido percibido como un intruso que manoseaba el patrimonio nacional. Tran Anh Hung, imperturbable ante las críticas, no lo cree así. "Hay algo en la novela que habla profundamente sobre lo que somos como personas. Por eso ha tenido tanto éxito alrededor del mundo. A nadie le importa la nacionalidad de los personajes, sino lo que sienten. El arte es una nacionalidad por sí mismo", concluye.

A todo esto, ¿qué opina Murakami de la película? Al concluir el montaje, el director organizó una proyección privada, en la que el autor dio su visto bueno, aunque con su reserva habitual. "Es un hombre muy callado. Dijo que le había gustado, aunque no me explicó por qué. Me felicitó y me deseó lo mejor". Pese a su sigilo, Murakami podría haberle cogido gusto al celuloide. Tras la experiencia, el escritor cedió gratis los derechos de su cuento El segundo ataque de la panadería al mexicano Carlos Cuarón, que acaba de rodar con la actriz Kirsten Dunst.