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Al Tall: Memoria mediterránea

El grupo valenciano se despide de los escenarios tras 38 años dedicados a la renovación de la música popular de la región

MONCHO ALPUENTE

Después de 38 años de carrera musical dedicada a la recuperación y renovación de la música popular y de la lengua valenciana, el grupo Al Tall anunció recientemente su retirada de los escenarios y de los estudios de grabación en los que entraron por primera vez en 1975 para firmar su LP, Cançó popular al País Valenciá que fue también manifiesto y celebración de una tradición musical que estaba quedando relegada y anquilosada en la memoria de los más viejos.

Desde sus inicios los miembros de Al Tall no se limitaron a una recuperación académica ni a una repetición mimética de las antiguas canciones populares sino que, contagiados por los vientos de la Nova cançó catalana y de otros movimientos de renovación del folklore, se empeñaron en una labor ardua de revitalización de viejos ritmos y antiguas reivindicaciones. Pero no son ni la pedagogía, ni la política, ni el testimonio, lo más representativo de su obra pues estas cuestiones, básicas en su trayectoria, resultan inseparables de su personalidad musical. Las jotas rurales y las polcas festivas, los himnos y las sátiras tratados siempre con una sabia y mezcla de innovación y tradición, cultura popular mediterránea en los albores de lo que se llamaría más tarde música étnica.

Con el régimen de Franco, la canción popular en España era la denominada 'canción española', léase canción andaluza, en su mayor parte un híbrido estéril de la antigua copla, hija bastarda del flamenco, refugio de tópicos y de códigos obsoletos que los centuriones del nacional-catolicismo trataban de mantener momificados en la memoria colectiva. La saturación de 'canción española' que caracterizaba a la radio nacionalizada, repelía y alejaba a los más jóvenes que abominaban de lo 'folklórico' y habían descubierto el rock, n roll y el pop anglosajón a través de los resquicios que el poder omnímodo que habitaba en las ondas iba dejando muy a su pesar. Esta deseducación musical y política creaba lagunas difíciles de colmar, la mala fama de la españolada mantuvo mucho tiempo alejados a los jóvenes del flamenco y algunos pioneros de la renovación del folklore popular se encontrarían hasta bien entrados los años sesenta con la incomprensión, e incluso la burla de muchos de sus coetáneos.

En 1975, cuando Al Tall comienza su andadura las cosas están cambiando entre otras razones por el éxito tardío del folk norteamericano de tradición reivindicativa de los herederos de Woody Guthrie y de Pete Seeger, como Bob Dylan y Joan Baez. Vuelve a abrirse un hueco para las guitarras de palo. Desde la voz de Raimon, valenciano de Xátiva, los ecos de Al vent reverberan sobre una nueva generación de cantantes de protesta, llega el reino de las buenas intenciones en el que el contenido, político y social, el mensaje, resulta a veces mucho más importante que el continente musical, la sonoridad y la armonía. En ese contexto deslumbra la aparición de Al Tall, que no solo marca el hito inicial de la nova cançó popular valenciana y el arranque de una larga marcha. Sus grabaciones, sobre todo sus primeras grabaciones, superan las fronteras, incluídas las lingüísticas, y su nombre y su obra , sin abjurar de sus planteamientos musicales e ideológicos, se va abriendo a las influencias del Mediterráneo de las dos orillas, de África a Mallorca, Italia y la Occitania, hasta convertirse en una referencia musical y cultural indispensable. Hoy se cierra un ciclo pero no se cierra la memoria ni se corta el hilo que mantiene viva por ejemplo la obra personal de Miquel Gil, miembro fundador de Al Tall y uno de los músicos más innovadores y creativos nacidos en el Mediterráneo.

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