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De la aldea a la metrópoli: la epopeya de los españoles tras el sueño americano 

Asturianos en las minas de West Virginia; andaluces en los campos de caña de azúcar de Hawái; vascos en los pastos de Idaho. La diáspora de decenas de miles de españoles a EEUU a finales del XIX y principios del XX ha permanecido sumida en la invisibilidad.

Ángel Nieto
Vestido de luces a lomos de un Ford. El bueno de Ángel Nieto llevó su amor por los toros desde Salmoral (Salamanca) hasta Sunnyvale, California. [Foto cedida por Ángel Nieto]

El tonadillero de la foto no mira a cámara. Con rostro severo, dirige su cuerpo y su mirada a la luz que se intuye a la izquierda de la imagen, como si el porvenir que persigue viniera de allí. El torero intrépido de la foto es en realidad un agricultor salmantino que encontró entre los naranjos de California una segunda patria. Se llama Ángel Nieto y no quiso pasar la oportunidad de posar subido a un Ford T vestido de luces. Modernidad y tradición.

La historia de Ángel Nieto es la historia de un éxodo que llevó a decenas de miles de españoles a Estados Unidos. Una diáspora menor –si la comparamos con el número de italianos, irlandeses, polacos, y otros extranjeros que cruzaron el charco en busca del sueño americano– que apenas representó una gota en ese mar de desheredados a la caza de una vida mejor. Un capítulo de nuestra historia largo tiempo silenciado que la exposición Emigrantes invisibles –hasta el 12 de abril en el Centro Cultural Conde Duque de Madrid– se ha propuesto recuperar.

Retazos de una historia colectiva custodiada en viejos álbumes de fotos, latas de galletas, cajas de puros, botes de plástico... que el catedrático de la New York University James D. Fernández y el periodista y cineasta español Luis Argeo han tenido a bien recopilar en una interminable romería por 16 de los 50 estados que conforman EEUU. Un puzle hecho con más de 15.000 imágenes digitalizadas de hombres, mujeres y niños posando orgullosos en la tierra prometida. Aquella que les apartaría por un tiempo de la pobreza pero que, guerra civil y dictadura mediante, les confinó para siempre en una cultura ajena.

Embutiendo chorizos con un bate

Chorizo vs. Béisbol, choque de culturas y soluciones caseras en Cleveland. [Foto cedida por Laura Goyanes]

"Querían hacer dinero y volver, pero las circunstancias históricas y geopolíticas les impidieron regresar", comenta James D. Fernández, descendiente de asturianos. Un afán que se vio truncado al son de las noticias que venían de España y que inundó las oficinas migratorias de EEUU de peticiones de ciudadanía americana. "Llegaron con la intención de evitar la asimilación, su obsesión era la de conservar el español de los más pequeños porque en cualquier momento harían la maleta de nuevo".

Son tiempos de asociacionismo, de peñas y quedadas multitudinarias, un intento por preservar un poco de ese vacío que es la distancia y el tiempo. Migajas de un pasado que, si bien fue duro y plagado de escaseces, daba sentido a su presente. Pero aquello no duraría, la situación en España complicó el retorno y desfiguró el álbum de fotos familiar. "Vemos un cambio inquietante en buena parte de sus pequeñas galerías domésticas, ocurre cuando pasas las páginas y entras en el 37, el 38 o el 40, años en los que todo cambia y el niño aparece vestido de jugador de fútbol americano, posa para la orla o se come una hamburguesa", explica James.

Pelotaris en Manhattan

El Centro Vasco Americano, ubicado en Cherry St, Nueva York, contaba con su propio frontón.

Así se fue tejiendo la ceguera histórica que llega hasta nuestros días, un proceso de integración que fue borrando sus propias huellas en pro de la supervivencia. Su insignificancia en número frente a otras etnias migrantes y el consabido mantra de "frailes y conquistadores" terminaron por condenarles al olvido: "Hay un agujero en el que el español siempre tiene que acabar; la conexión histórica entre España y Estados Unidos parece que se agota en las misiones, es como una cantinela que se repite una y otra vez".

Un mantra que ha eclipsado el periplo de estos obreros, campesinos y jornaleros españoles, relegándoles a los márgenes de la historia. Según Luis Argeo, urdidor junto a James de este ambicioso proyecto fotográfico, la historia parece repetirse: "Seguimos instalados en ese cuento de la abuela que nos habla de un pasado imperial y misionero, hay una intención política en obviar a todos estos migrantes mucho más recientes en el tiempo, supongo que a ningún político le interesaba entonces y le interesa ahora hablar de cómo su país se está desangrando".

Boicot antifascista

“No compre mercancía fascista”. Dos emigrantes españolas boicotean la reputada tienda Casa Moneo en pleno corazón del barrio español en Manhattan, Nueva York. Año 1939. [Foto cortesía de Rose Cividanes]

Pero la historia de esta emigración es también la historia de un compromiso político inquebrantable con la República. Fue entonces cuando las asociaciones de emigrantes, surgidas a lo largo de las primeras décadas del siglo XX con el objetivo de afrontar con solidaridad los rigores de la emigración, de pronto tendrían una nueva causa, una nueva razón de ser a partir de julio de 1936.

"Podría parecer que la Guerra Civil ha quedado muy desligada de este fenómeno migratorio, pero no es así porque estos emigrantes vivieron y sufrieron en la distancia lo que estaba ocurriendo en su país, los descendientes y sus fotos nos desvelan la implicación que tuvieron", afirma Argeo. Abundan los archivos de encuentros en apoyo a la República y la recogida de fondos, una inquietud vivida en remoto que movilizó a buena parte de ellos.

De risas con los colegas

Tonteando sobre la hierba. Nueva York, 1939.

"Nuestro objetivo ha sido reivindicar la procedencia íntima y doméstica que tiene la memoria, recalcar la idea de que la historia es un gran mosaico constituido por muchos azulejos", apunta James mientras pierde la mirada en un revoltijo de retratos e instantáneas de otro tiempo. Trozos infinitesimales que componen la historia de los pueblos y que documentan lo que fuimos desde abajo, desde lo cotidiano. "Somos como arqueólogos de la emigración", remata Luis entre risas.

Poco queda de aquellos intrépidos emigrantes que a buen seguro hoy día la derecha tildaría de jóvenes emprendedores o con anhelos de "movilidad exterior". Poco queda de aquellos asturianos que se buscaron la vida en las minas de West Virginia y en las factorías del Rust Belt; de los andaluces que dieron con sus huesos en los campos de caña de azúcar de Hawái y en las envasadoras de conservas frutales en California, de los vascos en los pastos Idaho y Nevada o de los gallegos y valencianos en los muelles neoyorquinos del Hudson y el East River.

Poco salvo un puñado de fotos. 

Concentración en pro de la República en Manhattan.- [Foto cortesía de José Fernández]
Leyendas del béisbol como Al López, Lou Piniella, o Tino Martínez nacieron en familias asturianas afincadas en Tampa, Florida. Allí, el Centro Asturiano contaba con su propia cantera de jugadores. [Foto cedida por el Centro Asturiano de Tampa]
El mostrador de la tienda de puros Las Musas en Brooklyn, Nueva York.
Día de Acción de Gracias en San Leandro, California.