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El arte del blues por bulerías

Raimundo Amador recorre salas y teatros en su gira Blueslerías, donde vuelca todo lo que le hierve en las venas

TONI POLO

Tejanos, camperas. Por la camisa desabrochada, asoma la cara de Camarón estampada en una camiseta negra. Bigotito recortado apenas sobre el labio superior y perilla. Cara de pillo. De haber vivido las mil y una. Y más feliz que nadie. Raimundo Amador (Sevilla, 1959) sigue sin separarse de una guitarra desde "muy chico". Ha pasado por Catalunya en su gira Blueslerías 2009, que el sábado lo llevará a Joy Eslava, en Madrid. El viernes, la sala Salamandra, de L'Hospitalet, vibró con un sarao de los buenos en el que Raimundo volcó toda su música, sus estilos, sus fusiones. Lo que le corre por las venas.

Primero fue el flamenco. "Mi padre me enseñó a tocar la guitarra y la calle me enseñó a dibujar con ella el cante y el baile. Ese arte no se aprende de otra manera". Raimundo niega que tocara en la calle por un bocadillo: "¡Qué va! Eso dicen, pero mi familia tenía para comer. Yo iba para aprender. Y lo aprendí todo gracias a esos chicos que, ellos sí, tocaban por unas perrillas para comer".

Muchos consideran que él, junto con hermano Rafael en el grupo Pata Negra, o con Kiko Veneno, abrió la puerta de la fusión del flamenco. "Yo no pretendo hacer fusión ni nada. Es lo que me sale. Cuando grabé con La Negra, de los Montoya, a los 16 años, me salía flamenco. Con mi hermano Rafaelillo y con Kiko Veneno, lo que nos salía era bluesero y rockero, porque escuchábamos blues y rock".

"Yo escuché a Hendrix en una cinta de cassette en el coche de un colega, de muy jovencito. Y me cambió la vida", recuerda Raimundo. Hasta entonces, consideraba que la música era el flamenco. "El resto era otra cosa, una distracción". Así se le quedó impreso en la mente desde que estuvo en Rota, en cuya base militar americana trabajaba su padre como guitarrista en un grupo de jazz: "Fue mi primer contacto con ese género, pero yo no sabía qué era, era un niño chico". 15 años después, aquella cinta de Hendrix le reactivó esos recuerdos. "Estaban allí, almacenados en mi mente. Y me salieron de dentro".

En las venas de Raimundo empezaron a hervir también el blues y el rock. Su música fue, desde el principio, eso: blueslerías. "El nombre sale solo... Es blues por bulerías, ¿no?". Su abuelo, un purista del flamenco, no entendía el cante de sus nietos. "Antes de morir nos reconoció que cantábamos bien", apunta, con orgullo. Para entonces, Camarón ya había modernizado el flamenco.

Cerrado el capítulo Pata Negra, en los primeros años 90, Raimundo pasó a actuar en solitario, pero siempre bien acompañado: Kiko Veneno, Rosario, Juan Perro... Y apareció B.B. King, de quien casi fue telonero en un concierto en Sevilla. "No nos conocía y no pudo ser, pero le mandamos una maqueta de nuestro disco El blues de la frontera, mezclado con canciones suyas: ¡él y yo tocando juntos!" Al rey del jazz le encantó.

Y se llevó a la banda de Raimundo Amador a Nueva York, a grabar. Un sueño hecho realidad. "Yo no esperaba nada de aquella maqueta, la verdad", comenta el que, según B. B. King, es el mejor guitarrista del mundo. "Pero mira, tampoco pensé nunca que tocaría con Paco de Lucía o con Camarón cuando Curro Romero los trajo un día, en 1975 a Los Gitanillos a oírnos cantar a mi y a mi hermano". Los conquistó. Como sigue conquistando al público en unos directos cañeros y sinceros. "Los disfruto y me quedo con ganas de tocar más".