LUZES
Entrevista a Vari Caramés, Premio Nacional de Fotografía 2026"Este oficio es cosa de funambulistas"
El jurado ha destacado su contribución "a la renovación cultural gallega desde los años ochenta".

Alicia Seoane / Luzes
A Coruña-
Vari Caramés acaba de ser reconocido con el Premio Nacional de Fotografía 2026, concedido por el Ministerio de Cultura. El día de la entrevista con Luzes es gris, como salido de sus fotos. Llueve a cántaros y nos encontramos en el café Atlántico. Será una casualidad, pero siempre he identificado la mirada de este fotógrafo con una mirada atlántica. Sus imágenes, como si estuviesen mojadas, con los colores desaturados y siempre esos tonos grises y azules, tanto en color como en blanco y negro, hacen que en ellas se sienta la nostalgia de lo que nunca sucedió. Ese sentimiento melancólico tan nuestro.
Aprovechamos el café para ponernos al día. Vari Caramés acaba de comisariar una exposición de otro fotógrafo ferrolano, José Pardo, sobre el arquitecto Rodolfo Ucha; un trabajo, el de comisario, que requiere muchas horas y resulta agotador. Terminamos el café y caminamos bajo la lluvia hasta su estudio, en la Ciudad Vieja de A Coruña. Camina más despacio de lo que le gustaría: acaban de operarlo de la cadera y todavía avanza con paso lento, pero firme. En el estudio suena Kind of Blue, de Miles Davis. En sus estanterías hay cientos de libros de fotografía, imágenes enmarcadas, cajas con negativos y cámaras analógicas, algunas de juguete, además de una cámara alemana con funda de cuero marrón que parece llevar toda la vida a su lado.
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¿Cuál fue su primera cámara?
Fue un regalo de mi padre. Es esa cámara que ves allí, una Voigtländer alemana. Todavía hago algunas fotos con ella. Para no olvidar mis comienzos, vuelvo a cogerla de vez en cuando. Es una cámara totalmente manual, y no es réflex. La imagen que aparece no es la que vemos en el visor, pero eso me ayudó a hacer mis cálculos. Cuando tuve una réflex en las manos, años más tarde, ya llevaba la medición de la luz en la cabeza. Hice un gran ejercicio con ella. Siempre cuento esto, que es importante entrenar. Cuando la gente me pide consejos para empezar en fotografía, digo que esto es un poco como el fútbol: no puedes aprender si no juegas… Este es el comienzo del aprendizaje.
¿Y el regalo de tu padre fue algo intencionado o una casualidad?
Mi padre estudió mecánica de aviones en Barcelona, y le gustaba dibujar y hacer piezas en el torno. Era un artista aficionado, como un mecánico de lujo. Dibujaba con mucha precisión. Recuerdo que siempre me decía que en el motor de un avión se podía comer… Pintaba y dibujaba bien, pero nunca quiso hacer una exposición. Era un hombre pudoroso. En eso también me siento como él. Creo que una exposición es algo que requiere cuidado; no se trata de hacer por hacer, de cualquier manera. Las cosas no se hacen a lo loco: hay que tener una intención muy clara. Es también una cuestión de respeto hacia el espectador.
Él me compró la cámara para que le hiciera fotos de sus piezas. Hacía pequeñas esculturas móviles, del estilo de Gargallo… salvando las distancias, claro. Así empecé. En la tienda, cuando iba a revelar, me hicieron un gran favor, porque separaban las fotografías en un sobre con dos solapas: por un lado, las que estaban bien y, por otro, las que no, las que estaban desenfocadas o borrosas. Esos errores que se descartan… Yo nunca tiraba esas imágenes a la basura. Cuando llegaba a casa volvía a ellas, las miraba y encontraba algo que, para mí, decía algo. Eso se quedó ahí, en mi inconsciente.
Nunca aspiré a la perfección porque no creo en ella, es imprecisa
¿Ha sido una persona autodidacta?
Al principio quería llegar a hacer bien esas imágenes; todavía no era consciente de lo que me gustaba. En aquella época no había escuelas, así que íbamos aprendiendo y haciendo, comprando libros y mirándolos mucho. Cuando caía un libro o una revista en tus manos, lo mirabas y lo volvías a mirar hasta que casi te lo aprendías de memoria… No era como ahora. Aprendías con ganas e ilusión. Estamos hablando de principios de los años setenta; antes todo costaba mucho más. Ahora tenemos todo en Internet, pero entonces todo era de autoconsumo y autoabastecimiento. Cuando empecé a positivar fue fantástico. Me gustaba más esa parte que el revelado. Nunca aspiré a la perfección porque no creo en ella. La perfección es algo impreciso; no creo en eso. Para mí, el arte es algo inacabado, algo que no está completo. ¿Cuándo podemos decir que una imagen está terminada? No podemos llegar a definir nada de esto.
Me gusta la sorpresa del azar, ese deslumbramiento propio del éxtasis de encontrar algo nuevo, como los niños, que se sorprenden ante las cosas más pequeñas…
En sus imágenes se respira ese encuentro fortuito. Hay algo mágico en ellas, ¿no?
El azar existe, pero hay que hacerle cosquillas. A veces el azar existe porque estás en ese estado en el que suceden las cosas; otras veces hay que saber provocarlo, hacer que las cosas sucedan, entrar en ese estado. Yo tengo que llevar al espectador a ese momento, a ese punto de luz. Y ahí es donde el espectador empieza a hacerse preguntas…
¿Cuándo toma conciencia de que hay un espectador, de que ya no estás simplemente experimentando con el medio?
En 1980 ya había empezado a realizar mis trabajos con una intencionalidad. Comienzo a hacer series que me ayudaron a organizar mi cabeza. Estas series en blanco y negro me permitieron empezar a construir una narrativa, y ahí están aquellos primeros trabajos de Coruña by Night, Compostela, A movida viguesa, Castelos de Galicia o Visión animal. Estas series me ayudaron a crear un hilo narrativo en el que desplegar mi universo… Y así fue llegando el color, algo que tenía muchas ganas de explorar. Creo que la vida es en color. Ahora bien, dentro del color también hay blanco y negro. El monocromo me permitió entrar en esa piscina de sombras con hilos de luz, como en el trabajo de Nadar. Necesitaba explorar mi atmósfera y, al principio, no era capaz de hacerlo en color. El blanco y negro me permitió dejar salir esa nostalgia de lo que nunca viví, organizar mi mundo onírico y mi propio universo. Pessoa decía que la literatura existe porque la realidad no es suficiente. Si eres una persona sensible, necesitas otro lugar imaginario, que es el lugar del artista. Es un refugio, un oasis donde estar lejos del desierto. Las personas sensibles necesitan un lugar donde alimentar el alma, porque la realidad puede quemar. Nosotros, los fotógrafos, somos como cazadores de mariposas: coleccionamos esos momentos especiales. Todas mis series son como pequeños vagones de un tren. Puedes ir pasando de un vagón a otro y contemplando las imágenes, pero, al mismo tiempo, no son series cerradas, sino que puedes coger una imagen, meterla en otro vagón y seguirá funcionando en el diálogo con las demás.
Necesito echar la vista atrás para poder crear un nuevo presente, y ese presente es una conjunción de cosas del pasado que puedo recontextualizar, de modo que las imágenes adquieren otra presencia.
El blanco y negro me permitió dejar salir esa nostalgia de lo que nunca viví, organizar mi mundo onírico y mi propio universo
¿Fue el salto al color una forma de recontextualizar su mirada?
Hay una imagen de un puente que pertenece a un lugar muy entrañable y querido para mí… Es el puente que cruza desde Valdoviño hasta Cedeira. Ese puente fue, en cierto modo, mi proceso de cruzar hacia otro lugar, de abandonar el blanco y negro y comenzar a adentrarme en un mundo de color. Mi trabajo es siempre autobiográfico, incluso cuando es una fantasía. Esa imagen del puente fue una metáfora de tránsito que me permitió cruzar esa frontera.
Ese universo de color me permitió expresarme de otra manera. Necesitaba ponerme a prueba, y fue un acto terapéutico para mí, una forma de asumir los riesgos de salir de un lugar que conocía bien. Mi primera serie en color fue Miraxes, en el año 2000. Curiosamente, fue cuando empecé a trabajar en color cuando también empecé a vender más imágenes en blanco y negro. No es fácil vivir de la fotografía. Este oficio es cosa de funambulistas.
¿Ha habido algún otro punto de inflexión en su trayectoria como fotógrafo?
Pues, parafraseando a Man Ray, que fue un rompedor y un transgresor: "Pinto lo que no puedo fotografiar y fotografío lo que no puedo pintar". Es cuando tomo conciencia de lo que me interesa de la imagen y de su dimensión plástica. Si supiera pintar, quizá no habría hecho estas imágenes. Estoy en esa frontera entre la pintura y la fotografía. Siempre me ha gustado el aspecto pictórico de la imagen, no tanto su capacidad documental. Me han influido mucho el cine, la música… Mi universo es una mezcla de las películas de la nouvelle vague francesa con el experimentalismo estadounidense, pero también tiene todas esas pinceladas de la literatura de Cortázar, con su búsqueda del azar, y ese universo del jazz del que se nutren mis imágenes.
Aunque, para mí, el arte siempre es híbrido. Soy analógico, pero también digital, porque el proceso termina en un ordenador, así que ya soy un híbrido.
La fotografía analógica tiene otro ritmo, uno que la digital ya no tiene. A veces ves la imagen que hiciste mucho tiempo después, y volver a mirarla puede servirte para descartar cosas que ya no te gustan o, por el contrario, para descubrir algo que no esperabas. El tiempo te permite ver las cosas con distancia. Lo ridículo es no aprovechar con maestría las herramientas que tenemos a nuestra disposición en este momento.
Su obra es un poco como ese 'Nadar' entre dos universos…
Mi trabajo está muy influido por el agua. Siempre elijo títulos sencillos, pero que buscan un guiño. Nadar significa flotar en el agua, pero también fue uno de los pioneros franceses de la profesión. Las imágenes tienen un poco ese color diluido, watercolour, como acuarelas. En las imágenes en blanco y negro también hay niebla, misterio, desenfoques… Eso que no ves bien, pero que acaba apareciendo ante ti.
Me gusta más sugerir que mostrar directamente, ese punto intermedio de lo que todavía no es, pero está a punto de ser… Mirar las imágenes requiere un pequeño esfuerzo. No es que esté desenfocada, sino que no está nítida. Tiene que ser un desenfoque muy bien enfocado. No vale cualquier desenfoque. Tiene que haber algo en esa imagen que murmura y que yo finalmente elijo. Y esto ocurre a veces, no siempre que uno quiere.
Con este trabajo de Nadar disfruté como un niño porque jugué en el agua, porque soy muy de mar, y reuní mis dos pasiones: el agua y la fotografía. A finales de los ochenta hacía fotos en La Solana, en A Coruña, donde había gente nadando, y les lanzaba fogonazos de flash bajo el agua; se quedaban impresionados. Para mí, la imagen es un pasatiempo. Nunca ha sido algo que me tomara en serio como si fuera una actividad trascendente. Pero podemos trascender a través de otra forma de trabajar.
La fotografía conecta con ese sentido lúdico de la vida. La fotografía es un juego y tenemos que alimentar a nuestro niño interior. El día que deje de ser un juego, lo abandonaré. El día que pierda la magia, nada de esto tendrá sentido. Al final, las imágenes son pequeños homenajes espirituales e íntimos, en los que recordar a alguien o algún momento. Otra serie con un título muy sencillo, Recreo, es un homenaje a la infancia. Estas imágenes tienen algo que trasciende y que me ayuda a liberar mis propios fantasmas, con los que convivo bien… Intento que no me habiten todo el tiempo.
En 2019 publicó 'Lugares', un libro editado por Fabulatorio en el que cita a Borges cuando dice que no se añoran los lugares, sino los tiempos…
Este libro tiene muchos detalles en su producción: un papel con transparencias, los juegos de las imágenes… En el diseño tuve la suerte de encontrarme con Fabulatorio, que supo transmitir mi universo visual sobre el papel. Fue un encuentro mágico. Supieron transmitir esa mirada a través de las cosas, la atmósfera, el paisaje, los animales, el agua…
En este caso, era un trabajo que dediqué a mi mujer, Ángeles, que fue mi mujer y mucho más que eso: mi compañera, mi musa… (Se le llenan los ojos de lágrimas y la respiración se le entrecorta. Se produce un silencio necesario).
Este trabajo era un regreso a muchos lugares en los que había estado con personas a las que quiero, espacios de ternura, momentos de viajes en los que estuve bien acompañado. Todas las personas que caminaban conmigo saben que estuvieron allí. Estos lugares son territorios de memoria, espacios de emociones y no lugares físicos. La ubicación es lo de menos. El lugar es el territorio que cada cual lleva dentro de su sentir.
La fotografía conecta con ese sentido lúdico de la vida. Es un juego y tenemos que alimentar a nuestro niño interior
En 2022 preparó una gran exposición en el Canal de Isabel II, en Madrid.
Mi idea era crear en ese espacio una pequeña travesía por las imágenes de mi vida. No puedo decir que sea una retrospectiva, pero lo cierto es que, para mí, es un trabajo que me obliga a mirar atrás y hacia delante todo el tiempo. Tengo que confesar que este espacio siempre ha sido uno de mis favoritos. Exponer allí es un sueño. También es una responsabilidad, pero estoy bien acompañado por mis comisarias, Blanca Berlín y Nerea Ubieto.
La verdad es que esto me genera un gusanillo, cierto miedo escénico que tiene un punto excitante, algo que hace falta en la vida, porque sin ese sabor picante no sucede nada interesante. Tiene que haber algo que mantenga vivo nuestro deseo para poder hacer algo que también enganche a los demás.
¿Cómo ha sido su experiencia como comisario de otros fotógrafos ferrolanos, como José Pardo o Jorge Meis?
Pues, gracias a la amistad que mantengo con ellos, contaron conmigo para estos proyectos suyos, que son muy personales. Es cierto que el trabajo de comisario es diferente al que haces cuando trabajas para ti mismo: tienes que sumergirte en el mundo creativo de otra persona para poder transmitirlo y organizarlo. Además, en este caso, se trataba de un trabajo de José Pardo sobre el arquitecto modernista Rodolfo Ucha.
La Buxaina de Ucha es el título del trabajo, que es precioso. Acercarme a la vida de Ucha me enseñó muchas cosas. Era un hombre lúdico al que le gustaba experimentar. Desbordaba curiosidad y su talento se percibe por toda la ciudad. Era un hombre vital y activo, ecléctico en sus formas, que seguía experimentando con lo que hacía.
Fue un regalo ser comisario de este trabajo y descubrir a este arquitecto. ¡Esto es lo mágico de la fotografía! Es como un salvavidas. Me permite encontrar gente maravillosa y conocer lugares increíbles. Tengo mucho que agradecerle a la fotografía. Hay cosas que no tienen precio.
Ahora mismo tengo muchas ideas en la cabeza que todavía no me llaman. Pero confío en que lo harán. Llamarán.
Luzes publicó esta entrevista originalmente en su número 94 (julio de 2021). El Ministerio de Cultura anunció el pasado lunes que se le había otorgado el premio Nacional de Fotografía.







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