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Audios de WhatsApp, series y podcast al doble de velocidad: ¿tiene sentido tanto acelere?

La posibilidad de avivar el 'tempo' de reproducción en plataformas y aplicaciones abre el debate sobre si somos capaces de disfrutar y comprender a una velocidad mayor.

Audio teléfono
Un teléfono inteligente muestra una onda de audio. Thomas Samson / AFP

En pro de la eficiencia (casi) todo vale. Corren tiempos efímeros, de timelines vertiginosos y novedades semanales. La producción audiovisual no cesa, vivimos insertos en la dictadura de lo inédito, atados a un buen puñado de estímulos que nos hacen desear, consumir, y si me apuran vivir, a un ritmo que no es del todo humano.

La enésima vuelta de tuerca llega en forma de acelere. Si no hay tiempo material para disfrutar de todo lo que la industria del entretenimiento nos tiene preparado, aceleremos los contenidos para que sean deglutidos en menos tiempo. Versión distópica del cebado forzoso del ganso para la obtención del foie gras pero con la industria cultural y nosotros, su audiencia, como protagonistas. 

La reciente incorporación por parte de WhatsApp de una doble velocidad –1,5x y 2x– en la reproducción de sus mensajes de audio abre de nuevo el debate sobre si no estaremos yendo demasiado rápido. La posibilidad de escuchar a un amigo o pariente cercano explicar algún pormenor con vocecilla de pitufo espídico puede resultar gracioso, incluso útil si el susodicho tiende a la digresión o al circunloquio, pero lo que es obvio es que da muestras de que algo no va del todo bien.

"Queremos sacarle el máximo rendimiento a todo y en el menor tiempo posible"

Para Molo (Manuel) Cebrián, al frente del exitoso podcast de psicología Entiende tu mente, tiene que ver con nuestra "ansia maximizadora". "Queremos sacarle el máximo rendimiento a todo y en el menor tiempo posible, vivimos en una sociedad ansiosa de más contenidos y de más información", explica Cebrián. Un ansia que nos convierte en infatigables corredores de fondo, incapaces de llegar a meta, bien porque no existe, o bien porque nos la van moviendo a cada paso.

"Esa necesidad de estar conectados con lo de fuera tiene una contrapartida clara, y es que nos desconectamos de lo de dentro, de nosotros mismos. Sabemos cómo está la bolsa, qué ha ocurrido en China y qué se cuece en los diferentes grupos de WhatsApp que mantenemos con nuestros amigos, pero no nos preguntamos si estamos alegres o tristes, o si nos gusta nuestro trabajo", lamenta Mol. 

Una aceleración de la producción cultural que nos deja, además, una derivada un tanto inquietante, a saber; la de los autores que ven cómo sus obras pasan a reproducirse a una velocidad que no es la que ellos plasmaron originariamente. Hablamos, por ejemplo, de creadores como el realizador y comediante estadounidense Judd Apatow, quien afeó en 2019 a Netflix que permitiese el visionado de su obra al doble de velocidad.

Algo parecido le ocurrió al cantante Leiva, que no dudó en poner el grito en el cielo a través de un post en su cuenta de Facebook arremetiendo contra el programa de radio Levántate y Cárdenas por acelerar su tema La llamada "a una velocidad delirante como si hablara un jodido pitufo de ácido". 

La oralidad manda

Y en esa vorágine los estímulos son muy importantes. La rueda debe girar y girar a expensas de nuestra salud mental. El paso de lo escrito, incluso de lo visual, a lo oral es un hecho. En los últimos cinco años han ido brotando ideas y apuestas que priorizan lo escuchado: Clubhouse es, en esencia, una red social de audio, Twitter acaba de incorporar sus Spaces, donde los usuarios pueden hablar a sus seguidores, Facebook ha anunciado la incorporación de Soundbites, una suerte de Tik Tok pero sin imágenes. Por no hablar del boom de los podcast y de la progresiva consolidación de los audiolibros. Lo oral manda. 

No hay horas para consumir semejante parloteo. Es por ello que la posibilidad de incorporar una segunda marcha a las reproducciones tiene visos de haber venido para quedarse. ¿Podemos asumir semejante atropello verbal?, ¿puede nuestro cerebro soportar la locuacidad diarréica que propone la industria?, ¿podremos algún día conmovernos con un orador cuya prosodia se asemeja a la del Pato Donald rebozado en farlopa?

Hay dudas al respecto. Pablo Romero, periodista experto en tecnología y Premio Ondas 2018 por su podcast Las tres muertes de mi padre, lo tiene claro: "Creo que puede ser útil para un contenido puramente informativo, pero si lo que buscas es deleitarte con una historia, gozar de una sonoridad determinada, dejarte llevar por un guion trabajado, no es la herramienta adecuada porque no es capaz de transmitir un sentimiento determinado".

Quizá ahí esté la clave. En discernir entre oralidades. O mejor, en tener en cuenta la funcionalidad de dichas oralidades antes de proceder al rebobinado. No es lo mismo escuchar la dramatización de Don Juan Tenorio al doble de velocidad, que escuchar el soliloquio acelerado de una madre explicando los pasos a seguir para alcanzar la consistencia óptima de una tortilla de patatas. 

Diego Redolar, investigador del grupo Cognitive Neurolab de la Universitat Oberta de Catalunya, incide en la misma discriminación que plantea Romero pero desde la neurociencia. "Nuestro cerebro, para llegar a lo que la otra persona quiere expresar, utiliza diferentes redes neuronales, una que se centra en el contenido del mensaje y otra que nos aporta la información emocional", explica el profesor.

Como ya intuirán, una reproducción por encima de lo habitual merma la capacidad del cerebro de recopilar esa "otra información", esencial para complementar lo que es el puro relato de los hechos. "Estaríamos renunciando a la prosodia, y sin ella nuestro cerebro no puede saber qué siente la otra persona, la intencionalidad de sus palabras, el contenido emocional... ¿cuál es el límite? A poco que aumentes la velocidad, ya la estás perdiendo".