Carlos Areces y el agosto misántropo
Canciones del verano, esperpentos catódicos y toneladas de papel para los estíos del actor y cantante, cuya vocación artística va aparejada al coleccionismo de sus obsesiones.
La infancia y la juventud esta ligada al verano y en esta serie algunos de nuestros personajes favoritos recuerdan aquellos meses eternos y despreocupados.

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Del verano de 1992, probablemente el primer recuerdo que asalte al lector sea el de estar pegado al televisor siguiendo las Olimpiadas de Barcelona o una visita familiar a la Expo de Sevilla tras los pasos de Curro. Para el actor y cantante Carlos Areces, el verano del año triunfal de España quedó encapsulado en una cinta de casete que le grabó un primo. "Estaban el Tractor amarillo, El chiringuito, la Danza de Xuxa, Te huelen los pies y hasta la Lambada".
Quizás podamos considerar la cinta, que aún conserva, como la piedra Rosetta del subnopop, género de autoexplicativo nombre que lleva extendiendo con su grupo Ojete Calor por salas y festivales desde hace un par de décadas. "Hay canciones que odias en el momento y que pasado el tiempo prescriben y se convierten en parte de ti, de tu ADN", explica. "Todos somos muy indies hasta que suena La bomba de King África".
Los conciertos con la formación que comparte con Aníbal Gómez (el último, en el FIB de Benicàssim) salpican los veranos de alguien que no necesita kilómetros para sentir que deshace la rutina. "Mi concepto de vacaciones no es ir a visitar un país, sino descansar, no moverme, no pensar en que tengo que responder un whatsapp o un mail". Le basta poder entregarse ociosamente a la lectura "de algo fascinante, sin mirar el reloj ni ninguna pantalla", pero no será el caso del presente agosto, que atravesará rodando una película.
Confiesa Areces que lo más cercano a ese idílico estado que ha vivido en los últimos años fue el confinamiento. "Es de las pocas veces que he podido estar en mi casa sin sentir FOMO [miedo a perderse algo, a quedarse fuera], ni presión por contestar a uno y quedar con otro. Afortunadamente no tuve ninguna desgracia cercana, por lo que me pude relajar y disfrutar de estar encerrado y no tener nada que hacer". Así que su estrategia estival suele consistir en alargar ciertos compromisos, como sus sesiones como DJ en Ibiza, para pasar unos días relajándose en una cabaña apartada.
"Mis vacaciones podrían titularse: Gente, ¿para qué?", declara quien asegura tener unas fantasías que "se parecen mucho a los macabros planes de los villanos de James Bond". Disfrutar de las comodidades de la sociedad sin el aparatoso convivir con otras personas es su sueño: "Construirme una ciudad solo para mí, con mis cines y mis tiendas de tebeos, pero toda para mí", suspira. Algo que puede reproducir a escala cuando sí logra tomarse un descanso, que suele pasar en un "hotel perdido en la montaña, en el que cada habitación es una casita, donde te hacen la cama y te traen la comida, pero a la vez puedes pasar largas jornadas sin encontrarte con nadie, tirado en un sofá".
Areces se define como "señora mayor" y por eso prescribe sin ambages que lo suyo es "un sofá. De vacaciones quiero estar todo el día en un sofá leyendo, y esporádicamente interrumpir la lectura para introducirme en una piscina con el agua a temperatura orín, temperatura sopa templada. Yo sé que hay gente a la que le estimula el agua fría, no sé qué clase de trauma han tenido que vivir en su infancia para hacerle eso a su cuerpo. Yo quiero que al meterme en el agua me baje la tensión y me maree".
Una preferencia que quizás ha desarrollado por oposición a sus veranos de infancia, que pasaba con la familia paterna en Asturias. Sus padres se afincaban en Gijón, que ejercía como centro de operaciones, y desde allí visitaban a distintos parientes en Llanes, Avilés, Oviedo… "Luego me llevaban a una aldea que se llama Ania, de cien habitantes, enclavada en el condado de Las Regueras, donde me quedaba dos meses rodeado de vacas y cerdos, porque mis tíos tenían animales de granja, que me fascinaban. Me encantaba la lengua áspera de las vacas pasándome por el brazo". El nombre de Ania consta en la famosa cinta de casete fechada en 1992.
Esos estíos huelen a establo, a fabada con chorizo frito y también "al salitre del mar y a la crema Nivea. De hecho, huelen sobre todo a crema Nivea", un ungüento que no tenía competencia. "Nivea ya ni era la marca, era el producto. ¿Tiene una crema Nivea de la marca nosequé?". Unas letras estampadas también, por supuesto, en esa icónica pelota de playa "que no duraba más de dos o tres días". ¿Qué habrá sido de todos aquellos balones Nivea?
Areces fue sin duda un niño más de prao que de playa –"me parece muy bonita en el plano teórico, para verla en una película… pero está el tema de la arena y, por encima de eso, la gente. Si tengo que ir es a la ocho de la tarde, cuando no hay nadie, el sol ya no quema y el agua está caliente"–, pero en cualquier caso disfrutaba de esos entornos antagónicos a su Madrid usual. "Yo vivía en un barrio humilde de Carabanchel", recuerda, "donde había reyertas y los niños de la calle me daban miedo. Me pasaba todo el día en casa leyendo tebeos y dibujando, y mi madre me repitió miles de veces la famosa frase de ve a que te dé el aire". A la que él respondía resuelto que "aire hay en todas partes".
Días eternos los del agosto hogareño, que ya más crecido Areces conjugó con la ayuda de la tele. "Recuerdo un verano que me quedé pintando entero en casa porque estaba haciendo la carrera de Bellas Artes y me dejé Pintura para septiembre. Me tragué entera Sensación de vivir en Telecinco". Todo un universo el de la programación estival de las cadenas noventeras, que incluían delirios que el actor recuerda bien, como "Las noches de tal y tal, aquel programa que Jesús Gil presentaba metido en un jacuzzi".
Canciones del verano, esperpentos catódicos y toneladas de papel para los estíos de una persona cuya vocación artística va aparejada al consumo y coleccionismo de sus aficiones y obsesiones. Porque Areces acumula completísimas colecciones de tebeos, libros, muñecos, discos y hasta de fotografías de cadáveres del siglo XIX, como las que aparecen en Los otros. En los ratos libres de este agosto le tocará la ardua tarea de archivar y colocar su ingente tesoro en la casa a la que se acaba de mudar. Donde aquella cinta de casete quizás tiene ya un rincón preferente.

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