En carteleraEl 'Tiburón' de Spielberg cumple 50 años de bañistas traumatizados
La primera obra maestra de Spielberg dejó un legado que cambió el rumbo de la historia del cine y este 29 de agosto regresa a la gran pantalla.

Madrid--Actualizado a
Hace años que como espectadores nos acostumbramos al fenómeno blockbuster. Superproducciones cinematográficas que son éxitos (casi) asegurados, recaudan millones de euros en salas y son, además, una bomba en cartelera: su mera presencia espanta al resto de películas, más humildes en comparación, todo para no convertir su paso por taquilla en una pobre anécdota. Sin embargo, hace apenas medio siglo no había superhéroes ni viejas franquicias exprimiendo la última gota de la fórmula mágica. Pero entonces llegó Tiburón. Y este 29 de agosto, con motivo de su 50 cumpleaños, regresa a la gran pantalla.
Fue allá por 1975 cuando este escurridizo escualo puso patas arriba el pueblo costero de Amity. El argumento de la película, basado en la novela homónima de Peter Benchley, contaba el ataque de un gran tiburón a este resort turístico y la posterior caza del animal. Una historia que aprovechaba los códigos del terror y el cine de aventuras, y ponía el ojo sobre las excusas del capitalismo para mantener negocios abiertos por mucho que asome el peligro. Una especie de premonición de lo que sería el Madrid de Ayuso, el covid y las terrazas.
Pero Tiburón también revolucionó la industria cinematográfica. Por aquel entonces, el cine estadounidense comenzaba a comprender la necesidad de reinventarse para recuperar al público que la televisión, con sus telefilms y sus hombres llegando a la luna, les había robado. Una nueva hornada de jóvenes realizadores, influidos por el cine clásico de Billy Wilder y Alfred Hitchcock, así como del vanguardismo de los autores europeos (Godard, Truffaut, Bergman…), comenzaba a rodar sus primeras películas. Nombres como Francis Ford Coppola, Brian de Palma, Martin Scorsese y, por supuesto, un jovencísimo Steven Spielberg. Nació así lo que se conocería como Nuevo Hollywood.

Spielberg no tendría que haber dirigido Tiburón. No fue, ni por mucho, la primera opción de sus productores, Richard D. Zanuck y David Brown Baren; y lo más sorprendente es que le dejasen terminarla: prácticamente triplicó el presupuesto (de los 3,5 millones originales, costó 9) y los días de rodaje (de 55 a 159). Cuando aceptó el encargo, era un auténtico novato: tan solo había estrenado un largometraje en televisión, El diablo sobre ruedas. Su primera película de cine, Loca Evasión (1974), estaba a punto de llegar a las salas y tendría una buena acogida (7,5 millones de dólares), si bien nada comparado a lo que estaba por llegar.
Y es que Tiburón es el padre de los blockbusters modernos. No fue la primera película en tener un gran éxito comercial, es evidente, pero hasta entonces ninguna había logrado una recaudación como esta. Ninguna película en la taquilla estadounidense había roto la brecha de los 100 millones... hasta Tiburón. A nivel global, con 470 millones de dólares, se convirtió en la película más taquillera de la historia. Eso sí, el título le duraría solo un par años: Star Wars: Una nueva esperanza, de su buen amigo George Lucas, le robó el puesto con 770 millones. Pero bueno, el tiburón llegó antes que las naves espaciales.
Un rodaje pasado por agua
El rodaje fue complicado… por decir algo. Uno de los grandes artificios de los que hace gala la película y que demuestran que Spielberg era (y sigue siendo) un director diferente no es sino el fruto de una cadena de errores. Hablamos del plano subjetivo, de ese gran tiburón sugerido, pues el gran terror submarino no aparece en la película hasta que lleva una hora de metraje. Hasta entonces, como mucho, vemos una aleta, pero sobre todo lo que él mismo está viendo: el oscuro fondo marino, el amarillo de una colchoneta o unas piernas que chapotean ajenas al peligro.
Por un lado, estuvo la tozudez del director, que quiso rodar en el mismo océano en vez de en una piscina en plató. Pero el agua no es amiga de la tecnología, y grabar con las cámaras en el mar fue toda una odisea. Frío, mareos, barcos imprevistos e incluso naufragios no deliberados. Todo parecía estar en contra, incluso los tiburones. Apodados con el nombre de Bruce (el abogado de Spielberg), los colosales peces se rompían más que funcionaban y obligaron a Spielberg a prescindir del auténtico protagonista de su película, con perdón de Roy Scheider y compañía.
Los colosales peces se rompían más que funcionaban y obligaron a Spielberg a prescindir del auténtico protagonista de su película.
No es hasta que Tiburón se convierte, de facto, en la gran persecución -un tira y afloja que recuerda a clásicos como Moby Dick o El viejo y el mar-, que el escualo hace aparición con toda su gran envergadura y peligrosidad. Hileras de dientes, aletas afiladas y la fuerza como para hacer naufragar un barco. En definitiva, un monstruo que pone en serios apuros a los tres compañeros de viaje: el jefe de policía Brody, el biólogo marino Hooper y el marino Quint. ¡Imposible no gritar junto a Scheider el ya mítico "¡Sonríe ahora, hijo de puta!" cuando por fin consigue librarse de él!
Por suerte, el arreglo del plano subjetivo, acompañado de la inolvidable música de John Williams, funcionó. Tiburón no sería lo que es sin ese artificio, pues hizo del terror algo que se palpaba, que se temía, sin necesidad de enfrentarlo directamente. Todo para que cuando se revelase, éste fuese aún más impactante, traumático. No en vano desde entonces y aún hoy no podemos ir a la playa sin preguntarnos qué nada bajo nuestros pies.
El legado del tiburón
Antes de Tiburón, el cine se medía por como funcionaba a pequeña escala. Primero se estrenaba en unas pocas salas nacionales, para después ir ampliando el número de copias y, con suerte, varios meses después se estrenaba en el resto del mundo. Tiburón se estrenó en casi medio millar de salas en EEUU y Canadá, y en su primer fin de semana casi consiguió recaudar el total de lo invertido. Así, Tiburón convirtió el verano en la época del blockbuster y el primer fin de semana en la fecha que determinaba si la recaudación de tu película valía lo suficiente para mantenerla en cartelera.
También cambió la forma de publicitar las películas, y Hollywood empezó a ver que la televisión y sus anuncios podrían convertirse en un gran aliado para atraer al público. Inició la locura del merchandising, que años después elevaría a su máxima expresión (de nuevo) su amigo Lucas, R2D2 y compañía. Juguetes, tazas, camisetas… ¿toallas? Todo valía si el tiburón entraba dentro.
La película influyó también a otros muchos cineastas que vinieron después. Su construcción sugerida del terror con el tiburón invisible, por ejemplo, la utilizaría Ridley Scott con su xenomorfo en Alien: el octavo pasajero. Y, quizá sin quererlo, Spielberg fue también padre del loco género del sharksploitation, que convirtió al tiburón en su pieza fetiche para contar la historia más descabellada posible: desde simplemente hacerlo más grande a que, por algún motivo, llovieran tiburones.
Pero a quien sin duda le cambió la vida fue al propio Spielberg. Cuentan que, para convencerle de dirigir Tiburón, Zanuck y Brown le dijeron que después de ésta podría dirigir lo que quisiera. El realizador, desde luego, se creyó esas palabras. Desde 1975, ha dirigido docenas de películas, sin sentirse encasillado en ningún género y con la libertad total de, simplemente, narrar sus historias. Encuentros en la tercera fase, E.T el extraterrestre, Indiana Jones… Hasta recuperaría el título de película más taquillera con Jurassic Park. Y en 2022, con The Fabelmans, su última película hasta la fecha, decidió retratar su propia historia.
Este 29 de agosto, ya en el ocaso del verano (quizás para evitar traumas a los bañistas en mitad de temporada), Steven Spielberg y Tiburón volverán una vez más a las salas de cine para aterrar y divertir a partes iguales con un reparto formado por Roy Scheider, Richard Dreyfuss, Robert Shaw y, por supuesto, el tiburón Bruce.

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