'Llámame sinsorga', un documental sobre feminismo entre andamios, ladrillos y estructuras heredadas
Bajo la purpurina, el terciopelo y una herencia patriarcal profundamente arraigada, un antiguo atelier de vestidos de novia renace en pleno centro de Bilbao como un espacio cultural feminista.

Madrid--Actualizado a
¿Qué pasaría si se construye una obra solo con mujeres? De la mano de las periodistas Andrea Momoitio e Irantzu Varela llega la respuesta a esta pregunta con la creación en Bilbao de un centro cultural feminista. Bajo la premisa de materializarlo solo con mujeres, se encarga a cinco obreras la construcción del proyecto. Su proceso de transformación es filmado por las cineastas Marta Gómez y Paula Iglesias, que dan forma al documental Llámame sinsorga.
En esta aventura, la tradición del feminismo convive con la realidad de un gremio históricamente masculinizado, demostrando los desafíos, resistencias y pequeñas victorias que implica ocupar aquellos espacios que durante siglos han sido negado a las mujeres. Las sinsorgas llegan para dar respuesta a la cuestión más importante: ¿bastarán cinco mujeres para derribar siglos de desigualdad estructural?
¿De donde surge la idea de darle vida propia a un antiguo atelier de vestidos de novia para transformarlo en un centro cultural para mujeres?¿Cómo se fue transformando esa motivación inicial en lo que finalmente constituye la Sinsorga?
A. Momoitio - La realidad es que La Sinsorga no nació realmente como un proyecto, no fue algo que estuviéramos buscando. De alguna manera nos encontramos ante ese edificio. Esa casualidad se alineó con nuestros deseos de contribuir a que en Bilbao hubiera un espacio en el que promover la cultura y el pensamiento feminista y donde, además, se pudieran vender productos hechos por mujeres o colectivos feministas. El hecho de encontrarnos con el edificio fue lo que nos llevó a poner en marcha el proyecto. Este nos dio el tono, las ideas e incluso lo que es el propio logo. Estoy segura de que La Sinsorga no podría ser en ningún otro lado.
¿Por qué tomasteis la decisión de mantener la simbología romántica del antiguo atelier en lugar de borrarla?
M. Gómez - La resignificación fue un factor presente desde el principio. Desde el momento en que a Andrea e Irantzu se les ocurre trasformar un antiguo atelier de vestidos de novia en un centro cultural; hasta en el propio acto de bautizarlo con el nombre de "La Sinsorga", un término en el imaginario colectivo asociado históricamente a mujeres cuestionadas. Este gesto inicial de resignificación que ellas hacen a nosotras nos pareció muy interesante y quisimos trasladarlo también al terreno del audiovisual y al proceso de elaboración de la propia película.
(adj) Sinsorgo, sinsorga. Dicho de una persona: Insustancial y de poca formalidad.
En lugar de demoler el edificio, perder totalmente la perspectiva y memoria de lo que fue, se decidió conservar esos elementos que seguían remitiendo a su pasado, pero con una actividad presente que nos cuenta lo que es ahora. Todos esos objetos, como los maniquís, el terciopelo, el dorado o la purpurina, nosotras los utilizamos para reinterpretar lo que estaba pasando.
Los maniquís los sacamos para simbolizar esas testigos silenciosas que son las trabajadoras, y son utilizados especialmente en el momento en que entran los hombres al espacio. Representan así la mirada desde la que nosotras, como autoras, percibimos la entrada de ellos como una invasión al lugar de trabajo.
Los vestidos de novia se mantienen y se emplean también de manera narrativa. Cuando aparecen y cuando no, se busca representar la amenaza heteropatriarcal que resurge en el espacio.
P. Iglesias - Esta resignificación del amor romántico, también venía de la mano con la masculinización en el sector de la obra. La premisa de la que partían ellas era hacer la obra solo con mujeres, de forma que tratamos que esa filosofía estuviera también presente en el propio equipo de la película.
Entonces, en esa vuelta al amor también hablamos de la sororidad y sobre cómo es gestionar una obra solo con mujeres. Al final fue un año y medio en el que nos veíamos día a día y en la cotidianidad de esos procesos, la relación que se fue generando entre obreras y las productoras de la película fueron de la mano. Fue un proceso que gestionamos juntas, de aprendizaje conjunto y en el que tuvimos que hacer frente a desafíos como fue el darnos de bruces con que la obra no se podía hacer solo con mujeres.
Al igual que el gremio de la construcción, el mundo de la profesión audiovisual también está muy masculinizado. ¿Con qué dificultades os habéis topado a la hora de tratar que el equipo implicado en la producción fuera solo de mujeres?
M. Gómez - El género documental ya de por si tiene algo en contra, que es que está muy fundamentado en la improvisación y en la capacidad de adaptación en poco tiempo. O sea, de por sí una obra, sea filmada o sea la obra del baño de tu casa, cuenta con muchos imprevistos y problemas que tienes que solucionar en el momento. Esto nos llevaba a tener que tomar decisiones y citar al equipo con muy poco tiempo de antelación. Si a ese factor le sumas que solo contábamos con mujeres, la situación se complicaba todavía más.
Pero no fue hasta que tomamos la decisión de únicamente llamar a profesionales femeninas, que fuimos conscientes de hasta qué punto faltaban también mujeres en el sector audiovisual.
Igual que el sector de la construcción está fuertemente atravesado por la masculinización, en el cine pasa lo mismo. Cuanto más técnicos son los departamentos, mayor presencia masculina hay. Sin embargo, todo lo que tiene que ver con áreas más creativas, de vestuario, maquillaje o arte, hay una plantilla mayoritariamente compuesta por mujeres. Y todo lo que sea, por ejemplo, eléctricos, sonido, están hiper masculinizados y es más fácil recurrir a hombres.
A. Momoitio - En el periodismo yo siento que pasa lo mismo, también se añade una dificultad mucho más grande cuando las cosas son improvisadas. Muchas veces te llaman para que en diez minutos des declaraciones, opines sobre algo, etc. y es muy difícil que tengas todo tu tiempo para poder hacer un corte en cualquier momento para la tele de turno. Los que tienen tiempo y disponibilidad siempre para esas cosas son ellos, porque tienen la posibilidad de poner sus carreras profesionales en el centro. Algo que para las mujeres no es posible en la mayoría de los casos. Siempre son las que cuidan, les hacen las cenas o se hacen cargo de sus hijos para que ellos puedan ir a opinar de lo que sea, o a participar en los proyectos que les interesan.
Desde el feminismo, históricamente se ha reivindicado la necesidad de crear comunidad, encuentro y construcción colectiva. ¿Qué valor le dais a que las mujeres puedan encontrarse en este tipo de espacios y qué impacto creéis que tienen en sus vidas?
A. Momoitio - Una cosa que solíamos decir durante la obra y que está pasando es que yo soñaba con que La Sinsorga fuera un sitio donde la gente viniera sin necesidad de haber quedado con nadie. A sabiendas que ahí se iba a encontrar una actividad interesante, gente que iba a ser amable con ella y que iba a ser un refugio al que acudir aun sin compañía.
Es verdad que el impacto creo que todavía es pronto para saberlo. Pero creo que ya es un lugar que se interpreta como espacio seguro. De hecho una cosa que nos pasa mucho es que nos llaman pidiendo acceso a un montón de recursos a los que no saben cómo llegar. Gente que nos dice: "A mi prima le pasa tal, con quién puede hablar, a dónde puede ir". Y habitualmente nosotras les ponemos en contacto con asociaciones feministas o con colectivos que pueden ayudarlas en algunas situaciones. Y ese desenlace que hemos conseguido es muy potente.
La palabra sinsorga ha sido empleada históricamente para poner en cuestión a las mujeres. Ahora, ¿qué nuevo sentido queréis darle al término con el proyecto?
A. Momoitio - Cuando se nos ocurrió la idea de la palabra sinsorga para nombrar al proyecto, tuvimos claro que tenía que ser esa. Porque aparte de venir del euskera y ser una palabra muy local; sobre todo nos permitía esa fuerza de la resignificación. Esto desde luego no es nada que nos hayamos inventado nosotras, sino que es algo que hacen desde el feminismo, para reivindicar el orgullo de las putas, de las maricas, de las bolleras. Coger esos términos con los que se nos ha intentado dañar para ponérnoslos de bandera.
P. Iglesias - Para la dirección, el reto creativo en todo momento fue intentar no caer también en un lenguaje panfletario y llegar a un público ya concienciado con el feminismo. Entonces, quisimos introducir el humor de Andrea e Irantzu y hacer ese trabajo de sugerir más que mostrar para llegar a un público más amplio. Al final todo el mundo ha tenido alguna vez obras en casa, todos sabemos las dificultades que podemos encontrar ante una situación así. Y si a eso le añadimos que la obra puede ser solamente con mujeres, puede ser una premisa atractiva para acercar a aquellos que tengan incluso algún tipo de reticencia con el feminismo y que la puedan disfrutar igual.
A. Momoitio - Una de las cosas que más me ha gustado de la película es ver cómo ha tomado cuerpo propio y esto se debe sobre todo a ellas, a la dirección y la producción, a su mirada y a como ellas han visto lo que nosotras hemos hecho. Pues para nada es una peli sobre nuestro proyecto, sino que se ha trasformado en otra cosa, con lenguaje propio y vida más allá del propio centro. Y espero que por supuesto, tenga muchísimas vidas más.


Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.