'La niña de la cabra', un cuento de la España que escapaba de la represión y luchaba por la libertad
La película, que se estrenó en el Festival de Málaga, retrata una España que se alejaba de los años negros del franquismo e intentaba reinventarse, con la que la cineasta quiere mostrar a las generaciones jóvenes el coraje que hizo falta para conquistar la libertad de hoy.

Madrid-
Ana Asensio viaja a los años 80, a un barrio de Madrid y evoca recuerdos de su propia infancia para contar una historia de descubrimiento de la amistad y de aventura, pero también de miedos, prejuicios y pérdidas. La niña de la cabra, segundo largometraje de la cineasta, refleja un tiempo en el que España salía de la represión e intentaba reinventarse.
"Yo creo que romper con las estructuras de las que venía España era algo muy difícil y requería de mucho coraje, y quizás es bueno que las generaciones de ahora vean que aquello era una revolución con un sentido muy claro y con una dirección muy clara, que vean que eso sí que era una lucha por la libertad", afirma Asensio, a la que le gustaría que su película provocara entre el público joven una "reflexión profunda y lejos de las modas".

Estrenada en el Festival de Málaga, la película revela el machismo, el poder de la religión y los recelos instalados en nuestra sociedad en aquellos años, y lo hace desde el encuentro de dos niñas, una que se prepara para hacer la comunión y una pequeña gitana que baila con su cabra en las plazas para ganar algo de dinero.
Esta película nace un poco de sus propios recuerdos de infancia, pero no es su historia, ¿no?
Sí, no es autobiográfica, está inspirada en lo que yo recuerdo de mi infancia, pero no tanto de las anécdotas que me sucedían, como de la esencia.
¿Y por qué ha querido ahora viajar a esos años 80?
Seguramente uno de los motivos principales es que pienso mucho en la infancia porque ahora tengo dos niños pequeños, de cinco y nueve años. Ellos me llevan a su mundo cada día y yo intento empatizar con ellos y entender cómo absorben la información desde ese lugar que es tan puro y tan inocente. Eso me ha hecho tomar conciencia de la responsabilidad que tienen los adultos en cuanto a lo que se transmite, porque muchas veces nosotros transmitimos unos valores muy cerrados y no les dejamos a ellos que vayan descubriendo y que decidan.
Parece que parte de la educación es decirles cómo tienen que ser las cosas. Obviamente, tienes que protegerlos, pero hay algo de instinto natural en la infancia, de descubrir, que a mí me interesa muchísimo. Todo eso se junta con que yo llevo mucho tiempo pensando en España, porque me fui con 23 años. Entonces, se juntó esa combinación de mi añoranza por España y mis recuerdos con este interés que tengo acerca de la infancia. Me empezaron a venir imágenes sueltas de recuerdos.
Usted coloca la cámara a la altura de la niña protagonista, ¿es una forma de invitar al espectador adulto a que vuelva a la inocencia, al mundo sin prejuicios de la infancia?
Sí, efectivamente, porque en la infancia los niños no ven las diferencias, somos los adultos los que decimos "es que tú eres diferente a este niño y a este otro" y eso es terrible. Quizás hace 35 o 40 años los niños estaban más ajenos a ciertas cosas del mundo de los adultos, pero cuando les entraban, lo hacían a lo bestia, porque la televisión era una y lo que se pusiera lo veíamos todos. Las películas que aparecían por ahí…
Me parecía curiosísimo que yo, una niña pequeña, estuviera viendo aquello como normal. Ahora protegemos a los niños de ciertas cosas, pero por otro lado les entran más informaciones de cosas tremendas de las que no tenemos control.
Usted retrata los miedos de la infancia de entonces, casi siempre producto de lo que contaban los curas, pero ¿cuáles son los miedos de la infancia de hoy?
Pues creo que el miedo a la oscuridad sigue siendo uno de los grandes miedos de la infancia y el miedo a la muerte que siempre está ahí, es algo que da igual lo que haya cambiado la sociedad, es algo impepinable, mis dos hijos a los cinco años me empezaron a preguntar acerca de la muerte.
¿Y cree que hablamos suficiente de la muerte a los niños o estamos como la niña de la película?
En mi caso, yo sigo teniendo dudas y me sigo preguntando y buscando, así que para mí que mis hijos pregunten es una oportunidad para intentar descubrir algo con ellos. Es un misterio también para nosotros los adultos, esto no lo sabe nadie, cada uno elige lo que quiere creer, pero… Y creo que hablar de la muerte como algo que es inevitable y cotidiano es importante, y cómo hablamos de ello a nuestros hijos marca el resto de tu vida de alguna manera.
Nuestra sociedad mayoritariamente cristiana católica te habla de la muerte en abstracto y cuando muere alguien, buscas refugio en esas creencias religiosas y no te valen. Con la muerte de la abuela quería mostrar esto y también cómo las doctrinas y los condicionamientos sociales determinan nuestro comportamiento.
España a finales de los 80 estaba a punto de salir del pasado y ser un país moderno, ¿cómo cree que su historia habla a la gente de hoy?
España estaba en un momento de transición y de descubrimiento social y cultural muy fuerte, la gente se quería expresar y lo hacía con su forma de vestir, con la música, el cine… la Movida madrileña… Yo creo que romper con las estructuras de las que venía España era algo muy difícil y requería de mucho coraje.
Quizás es bueno que las generaciones de ahora vean que aquello era una revolución con un sentido muy claro y con una dirección muy clara, que vean que eso sí que era una lucha por la libertad. Me gustaría que eso llevara a la gente joven a reflexionar, a salir de lo que dicta la moda.
Hay una historia de bullying en el colegio al que va su protagonista. Parece que en esto desgraciadamente no han cambiado mucho las cosas desde los 80 hasta hoy, ¿no?
Por eso me interesaba hacer esta subtrama, mostrar esa crueldad de la infancia que existía antes y existe ahora. Creo que, como padres y como educadores, debemos estar pendientes para educar en la empatía y la comprensión y el amor, que es para lo que estamos aquí.
Creo que ahora hay más agresividad todavía que antes y es algo de lo que hay que hablar también dese el cine. Hay niños que hacen bullying, que son líderes simplemente porque generan terror en los demás, no porque los demás niños estén de acuerdo, y eso, al final, es una paradoja también de nuestra sociedad. Está el que se pone ahí a dirigir y los demás que por miedo le siguen. Si eso ya empieza en la infancia, ¿qué podemos esperar?
¿Para usted era importante mostrar a una familia normal de entonces y sus problemas para llegar a fin de mes?
Sí, absolutamente, me parecía importantísimo. Todavía hoy me llama la atención que mi padre prefería trabajar horas extra para que mi madre nos cuidara y no trabajara fuera de casa. Hoy la mujer que no trabaja es que es rica. Por supuesto era una mentalidad machista, pero perjudicaba a todos, generaba una situación incómoda, porque económicamente el padre tenía que aportar más, trabajar más y estar menos en la familia.
Y un evento como la comunión, como en la película, podía ser un motivo de celebración, pero también de carga económica, y eso es algo que los niños perciben también, se dan cuenta y pueden pensar que ellos son esa carga, porque les cuesta dinero a sus padres.
Usted ha crecido como esa niña, con todos esos miedos y esas preocupaciones, ¿le ha costado mucho desprenderse de todo eso?
Pues sí, yo creo que todavía me los estoy intentando quitar. Lo que intento ahora, que tengo la responsabilidad de ser yo la que hable a mis hijos, pues es tener más conciencia. Transmitirles la idea de la empatía. Cuando yo era pequeña, los domingos me iba con mi madre a visitar a gente mayor que estaba sola, les llevábamos unas pastitas y nos sentábamos con ellos.
Imagínate, una niña que podría estar jugando, estaba en una casa de una señora vestida de negro para hacerla compañía. Eso me ha acompañado toda mi vida. Hay que tener empatía con el sufrimiento del prójimo, yo lo aprendí de pequeña y quiero enseñárselo a mis hijos.
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