Yonquis, quinquis e hijos del caballo: las mejores películas y series sobre las víctimas de la droga
Romería, dirigida por Carla Simón, devuelve a la actualidad los destrozos de la heroína y el sida.

Madrid--Actualizado a
Hubo un tiempo cinematográfico en el que la frontera entre la realidad y la ficción era difusa, con actores no profesionales que parecían no distinguir entre ambas. José Antonio Valdelomar, protagonista de Deprisa, deprisa, se inyectaba heroína durante el rodaje para que resultase verosímil. Tras alzarse en 1981 con el Oso de Oro en el Festival de Berlín, mientras su director, Carlos Saura, celebraba el premio, él atracaba un banco.
Romería ha devuelto a la actualidad a los hijos del caballo, quienes galoparon los ochenta hasta que los frenó la cárcel, el sida, la rehabilitación o la muerte. El destino de los padres de Marina, interpretada por Llúcia Garcia, también fue trágico. Víctimas de una lacra que arrasó Galicia a finales del siglo pasado, los perdió cuando era pequeña, por lo que desanda sus pasos hasta Vigo para indagar en su historia a través de sus familiares.
Antes del filme autobiográfico dirigido por Carla Simón, que se estrena este viernes 5 de septiembre y ha sido preseleccionado por España para competir por el Óscar a la mejor película internacional, muchas otras películas y series han abordado los efectos de la droga en la juventud de la época a través de diversas ópticas. La de los toxicómanos, la de los delincuentes juveniles, la de los narcos y la de las madres coraje.
Es el caso de Carmen Avendaño, quien fundó la asociación Érguete en Vigo cuando dos de sus hijos —ya fallecidos— cayeron en la droga. Gerardo Herrero la convirtió en una Heroína, encarnada por Adriana Ozores y azote de los protagonistas de Fariña, la serie basada en el libro de Nacho Carretero, cuyos narcos en realidad no movían heroína, sino tabaco, hachís y cocaína.
De abuelo coraje también ejerce José Coronado en la serie Entrevías, un barrio madrileño donde campó el jaco hace décadas, aunque el actor también ha dado vida a un narco gallego aquejado de alzhéimer en Vivir sin permiso, basada en un relato de Manuel Rivas, y al patriarca de un clan mafioso en Gigantes, ambientada en el Rastro, lejos de Cambados, el feudo de Sito Miñanco donde se ambienta Clanes, con Clara Lago y Tamar Novas.
Otras series recientes han abordado el asunto desde otros ángulos, como el de las puertas de entrada de la droga a gran escala, caso de Mano de hierro, cuyo escenario es el puerto de Barcelona. Sin embargo, procede remontarse atrás en el tiempo para acercarse al género que más ha tratado a los drogodependientes, el cine quinqui, entendido por algunos expertos como una denuncia social y una crítica política.
Eloy de la Iglesia, quien empezó a consumir heroína a los cuarenta, rodó Navajeros, Colegas, El pico y La estanquera de Vallecas. El director guipuzcoano afirmaba que su adicción a la droga había sido "muy pequeña comparada con mi adicción al cine", aunque su enganche lo terminaría apartando de la cámara, del mismo modo que algunos de sus actores desaparecían de la pantalla.
Una interrelación de dependencia —celuloide y heroína— que remite a Iván Zulueta y su filme de culto, Arrebato, protagonizada por Eusebio Poncela, Cecilia Roth y Will More. Cine dentro del cine y, como el caso de las películas que nos ocupan, heroína ante y tras el objetivo, caso de los filmes de José Antonio de la Loma Yo, "El Vaquilla", Perros callejeros y Los últimos golpes de "El Torete".
El cineasta barcelonés incluso rodó una versión pandillera femenina, Perras Callejeras, que también retrata la juventud de la periferia, la marginación y la delincuencia, si bien en todas ellas subyace una "denuncia social fortísima", asegura el director Juan Vicente Córdoba, criado en el barrio de Entrevías (Vallecas), quien ha recuperado el género con Quinqui Stars, protagonizada por El Coleta.
"Están enmarcadas en la transición, cuando hay una crisis del petróleo que acarrea un desempleo que se ceba con la clase obrera. Acuciado por las matanzas de ETA, las manifestaciones y la crispación política, dimite el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez. Si a eso le sumas el fracaso escolar y la droga, provoca que ahora se le vean las costuras a los albores de la democracia", analiza Juan Vicente Córdoba.
El director madrileño cree que el fracaso escolar arrastró a los chavales hacia la delincuencia: "La escuela terminaba a los catorce, pero no podían conseguir un contrato de trabajo hasta los dieciséis. Muchos jóvenes en esa franja de edad estaban todo el día en la calle y en los billares. Y, como en casa no había dinero, empezaron a delinquir". Algunos dieron el salto a la droga, al cine y a la tumba.
Entre ellos, el Pirri, Ángel Fernández Franco el Torete o José Luis Manzano, así como el cantante Antonio Flores y las actrices Lali Espinet y Sonia Martínez, víctimas de la heroína o el sida. "Al Torete lo envolvió el personaje y lo mató, cuando podría haber sido el Anthony Quinn español". Manzano, por su parte, era "un actor salvaje, sin técnica, de la calle", escribe en Cine Crush Popy Blasco, quien lo define como "nuestro James Dean".
"Este cine muestra otro relato" de la transición, "el de una generación destruida por la heroína", deja claro el ensayista Servando Rocha en Quinqui Stars, cuya estela ha sido seguida por Las leyes de la frontera, dirigida por Daniel Monzón, y por Criando Ratas, un filme neoquinqui de bajo presupuesto, filmado en Alicante por Carlos Salado, que le da una vuelta de tuerca al género: marginalidad e hiperrealismo en clave contemporánea.

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