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'The white ribbon' de Haneke se lleva la Palma de Oro

'Un prophèt' de Audiard obtuvo el gran premio del jurado. El actor Christoph Waltz y la actriz Charlotte Gainsbourg triunfan por sus papeles en 'Inglourious Bastards' y 'Antichrist'

SARA BRITO

Cuando el jueves 21 de mayo, se proyectó The White Ribbon (El lazo blanco) en el Teatro Debussy de la Croisette, la Palma de Oro empezó a tener un nombre: Michael Haneke. Salvo Un profeta, de Jacques Audiard, no había aparecido una película de tanto empaque dramático y de tanto rigor formal. Haneke trajo al Festival de Cannes la película cortada por el patrón del gran cine. Era su apuesta para llenar el único hueco en una colección de galardones que incluía ya un Premio del Jurado por La pianista, y un Fipresci y un Mejor Director por Caché.

No fue sorpresa, entonces, escuchar ayer a Isabelle Huppert pronunciar el nombre de su amigo, que la dirigió en dos ocasiones: La pianista y en El tiempo del lobo. La presidenta del jurado y Haneke se abrazaron. Se miraron emocionados. Y parecieron cumplir una vieja cuenta pendiente.

"La felicidad es una cosa rara", explicó este retratista de las partes oscuras del hombre, "pero puedo decir que en este momento me siento orgulloso", dijo Haneke al recoger un premio que suma al Fipresci recibido el sábado.

La espina de la Palma de Oro se la quitó el realizador de Funny Games con una historia tras la que llevaba 20 años: The White Ribbon, un drama en blanco y negro ambientado en los meses previos a la I Guerra Mundial, donde se escuchan ecos de Bergman, de Dreyer o del escritor americano Nathaniel Hawthorne.

El filme, como la sociedad que describe, es todo control emocional, narrativo, rítmico. Un rigor necesario para contar una historia de violencia y represión, situada en un pequeño pueblo protestante del norte de Alemania.

Con pulso lento y rígido, el director irá metiéndonos en las vidas de varias familias dominadas por la distancia generacional, el abuso y el absolutismo moral. Con esta impecable reflexión del fascismo, pero también con una cinta que responde a una fórmula ya transitada, Haneke deja claro que es el gran autor europeo.

La otra gran favorita de un festival de grandes nombres y no tantas sorpresas fue Un profeta, la película que resistió durante diez días como la gran favorita de la crítica. El relato, todo carne, de un joven que entra a prisión analfabeto y que acaba construyéndose como líder de una banda criminal, se llevó ayer un merecido Gran Premio del Jurado.

La película, fieramente realista pero con puntos de fuga poéticos, transita entre géneros sin parecerse a nada. Y entrega una de las mejores interpretaciones del festival, la de Tahar Rahim, un actor debutante que ocupa cada uno de los planos de la película con una presencia total.

Pero Rahim vio cómo el Premio a Mejor actor se lo quitaba de las manos una de las revelaciones del festival, el personaje más cautivador de Inglorious Basterds y uno de los mejores escritos por Quentin Tarantino. El austriaco Chris-toph Waltz, curtido más en televisión que en la gran pantalla, convierte a Brad Pitt en un secundario sin importancia y logra que el homenaje al cine que se marca Tarantino en forma de spaguetti western bélico gire en torno al personaje del general Landa, el políglota cazador de judíos. Emocionado, Waltz admitió ayer que el rodaje había sido una experiencia increíble y dedicó el premio al que llamó "un creador único e inimitable".

Pero desde luego, al jurado de Huppert no se le puede tachar de conservador, especialmente por dos premios que muestran su inclinación por las propuestas de riesgo: el Premio a Mejor Actriz para Charlotte Gainsbourg por Anticristo y el galardón a mejor director para el filipino Brillante Mendoza, por Kinatay.

El galardón para Gainsbourg por la película de Lars von Trier que más llagas ha levantado en esta 62 edición del Festival de Cannes premia un cine extremo, y una interpretación llena de dolor y sacrificio .

Pero aún más sorprendente fue que el jurado otorgara el Premio al Mejor Director a Brillante Mendoza (Brillante Manguera, para ser más precisos). El filipino, que ya compitió el año pasado con Servis, presentó una cinta hipnótica y cruda, que resulta un perturbador retrato en tiempo real del secuestro y tortura de una prostituta. La pérdida de la inocencia y los límites del ser humano fueron recompensados por un jurado marcado por la personalidad de su presidenta.

Tal vez el desliz sea el del Premio al Mejor Guión, que puede ser interpretado como el gesto más político de un jurado más preocupado por los hallazgos formales. Lou Ye, el cineasta que en 2005 escandalizó al Gobierno chino por presentar en Cannes Summer Palace sin pasar por el control de la censura, fue recompensado en esta ocasión por Spring Fever, una historia de amor homosexual rodada en la clandestinidad con ayuda de la coproducción francesa. Justicia sí hubo en la creación de premio ex profeso para una leyenda del cine: Alain Resnais, que consursó con un filme delicioso sobre la fabulación y el misterio, The Wild Grass.

Y aunque, la 62 edición del Festival de Cannes fue anunciada como una de las más españolas, lo que llegó es la decepción. Isabel Coixet, Pedro Almodóvar y Alex Brendemühl se fueron de vacío. Los abrazos rotos fue recibida con frialdad en España, pero las buenas críticas de parte de la prensa extranjera y la palpable pasión almodovariana de Cannes encendieron la esperanza. Coixet recibió por Mapa de los sonidos de Tokio un pequeño consuelo: un galardón menor y no oficial, el Premio Vulcain que entrega la Comisión Superior Técnica de la Imagen y el Sonido.

El premio del jurado lo compartieron la película Fish Tank, de la británica Andrea Arnold, y Thirst, del coreano Park Chan-wok.

Finalmente, el premio especial a toda la trayectoria fue para el cineasta francés Alain Resnais, que hace cincuenta años estrenó en Cannes Hiroshima mon amour y que este año presentó en concurso Les herbes folles.

El premio Cámara de Oro a la mejor ópera prima recayó en Warwick Thornton, por su filme Samson and Delilah. El mejor cortometraje fue para Arena, de Joao Salaviza.