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Clint Eastwood Clint Eastwood, ¡a la hoguera!

Los medios de EE.UU. linchan al cineasta por ‘Richard Jewell’, historia real de un héroe convertido en falso culpable, al que el abuso del FBI y las malas prácticas de la prensa destrozaron la vida. La acusación de la prensa de defender a Trump con su película es grotesca.

Clint Eastwood con Olivia Wilde, en el rodaje de la película

Clint Eastwood no está últimamente nunca donde tiene que estar. Al menos, no para muchos periodistas, opinadores y rabiosos usuarios de las redes sociales. Cada película que el cineasta ha hecho en los últimos años se ha convertido en motivo de polémica y airado ataque, y prácticamente nunca por cuestiones artísticas. Pero con Richard Jewell se ha rizado el rizo. Parece que, salvo algunos críticos cinematográficos, nadie está dispuesto a perdonarle. Lo que no queda tan claro es ¿qué hay que perdonar?

La historia de Jewell se le ha vuelto en contra. El cineasta lleva al cine el relato real de este hombre, un guardia de seguridad que se convirtió en héroe al salvar la vida de muchas personas en las Olimpiadas de 1996 en Atlanta –sospechó de una mochila abandonada, llamó a la policía y comenzó a desalojar la zona-. Muy pocos días después, de héroe pasó a villano cuando el FBI le consideró el primer sospechoso del intento de ataque terrorista para el FBI. Los medios de comunicación destrozaron su vida. Era inocente.

Una película de Eastwood

La recuperación de estos hechos ha agitado al país entero. Por un lado, la prensa y alguna personalidad pública de EE.UU. ha decidido, casi mayoritariamente que Richard Jewell es una película concebida con el único fin de defender y apoyar a Trump. Ridículo. Por otro, y en esto sí hay motivo real de crítica, el retrato que Eastwood hace de la reportera Kathy Scruggs ha irritado a los periodistas–el personaje es una caricatura que avergüenza-.

La película, protagonizada por Paul Walter Hauser, un maravilloso actor que nutre de humanidad al personaje y da sentido a toda la historia, no es la mejor de Eastwood, pero es una película de Eastwood. Con momentos de rodaje memorables, una narración precisa y ciertos recovecos en los que está la esencia del filme, Richard Jewell es una voz que se alza clara contra los prejuicios, una denuncia de determinadas prácticas habituales hoy, desgraciadamente, en la prensa y de las sucias tretas del FBI, y una llamada de atención a la estupidez de la ciudadanía que se cree todo lo que le dicen.

Fotograma de Sam Rockwell y Paul Walter Hauser, en la redacción del Atlanta Journal Constitution.

"Temo más al Gobierno que al terrorismo"

Los actores Sam Rockwell y Kathy Bates, en los papeles del abogado Watson Bryant y la madre de Jewell, están brillantes y añaden calidad e inteligencia a un trabajo con mucho talento. Olivia Wilde, que interpreta a la periodista, y Jon Hamm, como el agente del FBI encargado del caso, hacen con mucha dignidad su labor, aunque Eastwood no se lo pone fácil al apostar por parodiar a estos personajes haciendo de ellos una burla exagerada.

“Le temo más al gobierno que al terrorismo”. Clint Eastwood no ha colocado por accidente este lema en el despacho del abogado Watson Bryant en la película. Es, desde luego, una declaración de intenciones y una pista tan obvia que resulta casi cómico –si no fuera por las implicaciones que contiene- que la prensa americana se haya lanzado como una bandada de buitres sobre él, acusándolo de hacer cine para apoyar y defender a Trump.

"Reconozco la estupidez cuando la veo"

A punto de cumplir 90 años, Eastwood, que muchas veces se ha declarado a favor de los Republicanos en EE.UU., está harto de esta etiqueta y dice que, a estas alturas de la vida, pensar en su afiliación a algún partido es absurdo. “Unos días leo el periódico y pienso: No es tan malo. Y otros días pienso: Dios, es la persona más estúpida del mundo ¡No llevo un partido político en mi bolsillo! No tengo una filosofía política particular. Solo reconozco la estupidez cuando la veo. ¡Y hoy hay mucho de eso en todos lados!”, sentenció en una reciente entrevista concedida al RedaktionsNetzwerk Deutschland.

Pero, además, la película advierte sobre el poder del FBI, del gobierno y de los medios de comunicación en EE.UU., y pone de manifiesto una de las muchas contradicciones del país, la de un sistema que defiende la tenencia de armas, pero a menudo considera terroristas a los que las tienen. “Richard Jewell, 33, un ex agente de la ley, se ajusta al perfil del terrorista solitario”, escribieron los periodistas Kathy Scruggs y Ron Martz en el extra que publicó el diario The Atlanta Journal-Constitution el 30 de julio de 1996 y donde uno de los argumentos era justamente el gusto por las armas de Jewell. Muchos otros medios siguieron los pasos del Atlanta Journal. En España, el diario El País publicaba al día siguiente la noticia “El guarda que alertó sobre la bomba, principal sospechoso del atentado de Atlanta”.

Paul Walter Hauser, en una escena de la película.

La ley y el orden

Al final lo que queda de Richard Jewell en el espectador es una historia de abuso de poder y de prejuicios, el protagonista es un personaje demasiado ingenuo y demasiado confiado al que pensaron que sería fácil atropellar. “Me enseñaron a respetar a la autoridad”, le dice a su abogado, intentando defenderse, casi como un niño pequeño después de haber hecho algo mal. “La autoridad quiere comerte vivo”.

“¿Cómo puedo estar seguro después de esto?” Richard Jewell se hizo entonces la pregunta que la inmensa mayoría de los norteamericanos se estaba planteando entonces y, seguramente, hoy también. Eastwood consigue la empatía con su personaje gracias, desde luego, a Paul Walter Hauser, pero también al guionista Billy Ray, que en momento clave de la película hace que Jewell afirme con ingenuidad: “Creo en la ley y en el orden” y con tristeza: “Siento que he nacido para algo mejor que esto”.

“A veces siento que estamos retrocediendo –ha dicho el cineasta al portal de noticias alemán-. Especialmente cuando se trata de racismo. Por otro lado, ¡todos son tan hipersensibles! Crecí en un momento en que nos decía cosas desagradables o nos ponían apodos muy poco halagadores, pero podíamos reírnos de ello. Hoy todos tratan de hacerte sentir culpable si no estás exactamente en la línea conveniente”.