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White Trash

El despertar de la 'escoria blanca', los olvidados que Trump sacó del armario

"Morralla humana", "hez de la tierra", "comearcillas", "tunantes"... La sociedad americana lleva siglos dedicando estas lindezas a su clase blanca, rural y pobre. Una estirpe de marginados cuyo origen se remonta al sistema de clases británico.

Partidarios de Trump (y del Ku Klux Klan) gritan a manifestantes opositores durante un mitin en Columbia, Carolina del Sur.- REUTERS
Partidarios de Trump (y del Ku Klux Klan) gritan durante un mitin en Columbia.- REUTERS

Con los comicios estadounidenses a la vuelta de la esquina, emerge de nuevo en boca de analistas y opinadores de índole diversa la llamada "escoria blanca", una etiqueta que acompaña desde hace cuatro siglos a toda una estirpe de hombres y mujeres pobres de necesidad, blancos, sin apenas educación, religiosos hasta el fanatismo y xenófobos. Aderecen lo anterior con un buen arsenal de armas casero y ya tienen el pack completo. 

Son la white trash, aunque históricamente han recibido todo tipo de lindezas provenientes de las clases privilegiadas, vayan por delante algunas a modo de aperitivo: "basura", "timadores perezosos", "comedores de arcilla", "crackers", "destripaterrones"... Su mera existencia es la prueba de que algo no fue del todo bien en el supuesto edén de las libertades, la cara b de un sueño americano que prometía movilidad social y que devino en gueto y marginación. 

"La verdad sobre estas comunidades disfuncionales y de baja escala es que merecen morir. Económicamente son activos negativos. Moralmente son indefendibles. Olvídese de toda su basura teatral barata de Bruce Springsteen... La clase baja estadounidense blanca es esclava de una cultura viciosa y egoísta cuyos principales productos son la miseria y las agujas de heroína usadas. Los discursos de Donald Trump los hacen sentir bien. También lo hace el OxyContin", mugía el comentarista ultraconservador Kevin D. Williamson en The National Review

Un grupo de hombres armados durante las protestas en el Capitolio de Michigan.- REUTERS

Desde extremos opuestos del espectro ideológico, la white trash ha ido recibiendo a lo largo de su historia todo tipo de desaires y humillaciones. Tuvo que ser un multimillonario de rostro azafranado llamado Donald Trump el que les guiñara el ojo por primera vez. O mejor, el primero en entender que para redimir sus angustiadas almas bastaba con un puñado de promesas –a cual más ilusoria– y un buen plantel de chivos expiatorios, ya sean migrantes, antifas o el establishment político. 

Sobra decir que le funcionó. Trump alcanzó en 2016 la mayoría del voto blanco sin formación académica, es más, lo hizo con una diferencia con respecto a Hillary Clinton de casi 40 puntos. Una ventaja que, por cierto, parece estar dinamitando Joe Biden –o quizá el único responsable sea el propio Trump–, habiendo caído esta diferencia a apenas los 16 puntos. 

Sea como fuere, algo está cambiando en los recodos del imperio. La basura blanca ha salido del armario y lo ha hecho convenientemente pertrechada de subfusiles y metralletas varias, pero también de un discurso tan reaccionario, liberticida y racista que abruma. El ascensor social, ese mito fundacional sobre el que se erigió la nación estadounidense, se averió hace tiempo y sus parias parecen haber encontrado la rabia que se habían dejado por el camino.

Una familia blanca de Alabama presentada en 1913 como "celebridades" porque habían escapado de los efectos debilitantes de la anquilostomiasis, endémica entre los blancos pobres del sur debido a las malas condiciones sanitarias y al fenómeno de "comer arcilla".

Una "morralla" fundacional

"Todos los periodos de la cacareada historia del desarrollo del continente norteamericano muestran su particular taxonomía de morralla humana, es decir, de gentes tan indeseables como irrecuperables", escribe la profesora Nancy Isenberg en White trash (Capitán Swing, 2020). Dicho de otro modo; que antes de que se acuñara el término de "escoria humana", ya existía el de "palurdo", y antes el de "destripaterrones" o "comearcillas", y así hasta el nacimiento de una nación.

La retahíla de agravios no cesa y se remonta a las primeras colonias. Así lo explica Isenberg: "Lo que hicieron los colonos británicos fue promover un doble plan de acción: el primero pasaba por reducir la pobreza en Inglaterra, y el segundo consistía en trasladar a la población ociosa e improductiva al Nuevo Mundo". Así, los colonos más avanzados comenzaron a explotar a los trabajadores no libres (criados, esclavos y niños) y a blasfemar contra esas "clases prescindibles" de las que no podían obtener ningún beneficio. 

De ahí al ostracismo solo hay un paso. La "escoria blanca" evidencia una contradicción in terminis, la de una cultura que tiene en alta estima la igualdad de oportunidades pero que es, a la vez, un surtidor de desigualdades sociales. Una tensión heredada del sistema de clases británico y que se ha perpetuado a lo largo de los siglos. Como apunta Isenberg: "La independencia americana no erradicó por arte de magia las arraigadas creencias sobre la pobreza y la deliberada explotación de la fuerza de trabajo humana". Y de aquellos polvos, estos lodos.