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"Ella ha sido nuestra madre y estamos solas"

Las coreógrafas Teresa Nieto, Mónica Runde y Carmen Werner lamentan la pérdida de Pina Bausch

PAULA CORROTO

Estaban comiendo cuando les llegó la noticia. Teresa Nieto, Mónica Runde y Carmen Werner, tres coreógrafas que han llevado las riendas de la danza contemporánea durante las últimas tres décadas en España, no podían creer la fulminante muerte de Pina Bausch ayer a mediodía. "No hemos parado de llorar. Yo la quería con locura. Ahora nos sentimos solas, tenemos mucha orfandad", manifestó con amargura Nieto a este periódico minutos después de conocer el suceso.

Sólo hacía unas horas que las tres habían culminado los ensayos del espectáculo Cartas al director, que estrenan hoy en el Teatro Fernán-Gómez de Madrid dentro del Festival Veranos de la Villa. Es su primera obra conjunta. Será un trabajo de su situación como mujeres que han superado todo tipo de trabas en el mundo de la danza y en la vida, y que ahora, pasados los 50 años, quieren gritarle al mundo su situación de mujer que se permite hacer lo que le de la gana.

Aseguran que le deben mucho a Bausch. "Yo creo que es la gran madre de todas nosotras. Era una mujer que lo cambió todo y se atrevió muchísimo. Convirtió la danza en teatro", afirma Runde.

No sólo en las coreografías, de donde las tres chuparon "hasta la forma en la que tenía la Bausch de entrar en el escenario", recuerda Runde, sino también la estética remite a la alemana. Porque Bausch fue mucho más que una coreógrafa: se convirtió en un icono generacional femenino. Ahí está la negra melena de Werner y su cuerpo fibroso, que se tensa a la mínima en cuanto mueve los brazos, eco de esas bailarinas de Bausch, "de salvaje melena, vestidos largos y floreados, tacones y cigarrillos", según señalaba ayer Pedro Almodóvar. Bausch como símbolo de mujer nueva.

En los años setenta todavía no era muy conocida en España, pero ya había artístas como Manuel Llanes, actual director artístico del Teatro Central de Sevilla, y los coreógrafos Cesc Gelabert y Víctor Ullate, que acudían a verla a Francia o Alemania. "La primera vez que la vi fue hace más de 30 años en un Festival de Avignon al que llegué en un dos caballos. La vi en Kontakhof y se me cayeron los esquemas. Con ella aprendí que las fronteras del teatro se podían romper", comenta Llanes.

Por su parte, Gelabert recuerda sus excursiones al teatro de Wuppertal: "En ocasiones estaba medio vacío porque todavía no se había convertido en una estrella, pero ya veías su capacidad, la complicidad con los bailarines y esas escenografías donde entraba tanto la naturaleza, el agua, la tierra". Víctor Ullate confiesa que lo que más le impresionó fue que "sus coreografías te rompían el corazón y te hacía vomitar todo lo que llevaras fuera. La consagración de la primavera es una pieza fantástica".

Años más tarde, ya en los ochenta, sus obras comenzaron a estrenarse en España. Al Festival de Otoño, una de sus residencias habituales, llegó por primera vez en 1985 con Cafe Müller, una de sus piezas de referencia. "Era una de las preferidas por los profesores de la RESAD. Nos la ponían muchas veces en vídeo. Para la gente de los setenta y ochenta fue una revelación", cuenta el director Alfredo Sanzol.

En 1998, consiguió verla por primera vez en Nelken, la provocadora función que representó en el Teatro Real y que hizo que muchos abandonaran el coliseo. Él no sólo no se fue sino que rompió a aplaudir entusiasmado: "Me fascinó cómo contaba la crueldad más desgarradora del ser humano a partir de escenas cotidianas" , reconoce. De ahí que Bausch sea también hoy el referente "de creadores teatrales como Angélica Liddell y Rodrigo García", apostilla Sanzol.

La danza, el teatro y el cine español lloraron ayer a Pina Bausch. Una de las últimas grandes de la escena.