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El guardián del silencio

RONALDO MENÉNDEZ

Muere Mr. Salinger y lo primero que me viene a la mente es el Corán: "Quien salva una vida, salva al mundo". No por asociación con su ascendencia judía, sino por el reverso de la frase. Hay muertes que no son individuales, porque hay personas que encarnan un mundo que nos pertenece.

El escritor se negaba a las prostituciones publicitarias

Salinger ha muerto y se lleva un buen trozo del reino de otro mundo: un mundo donde el escritor se negaba a las prostituciones publicitarias. Ya no quedan escritores de la resistencia y el silencio, porque pensar en recluirnos y callarnos, ha dejado de ser una tentación romántica. Eso que llamamos realidad, si la echamos por la puerta, entra por la ventana.

Ese silencio de Salinger, tan hablador, sufrió no pocas veces violentas irrupciones. Pero más de 40 años automarginado, otros 30 sin conceder entrevistas y tantos otros sin publicar alzan ante nuestros ojos incrédulos su dimensión de ídolo. Cuando empiezan a morir estos ídolos algo de nuestro universo se esfumara. Borges dijo que cuando algunos escritores morían, era como si se incendiara otra vez la biblioteca de Alejandría.

El caso de Salinger me hace pensar en otro tipo de incendios: una portentosa hoguera de las vanidades. Mucho se ha especulado acerca de esa resistencia suya ante los embates mediáticos de la fama, pero hay en su gesto algo más simple y profundo. Un escritor que deja de publicar, cuando siente que debe callarse, ha hecho lo correcto.

Ya no quedan escritores de la resistencia y el silencio

Mucho nos ahorraríamos en palabras vanas y libros innecesarios si enarboláramos con dignidad esta práctica del silencio. Y hay que tener un coraje de poderosa humildad para asumir el hecho de que las palabras son algo íntimo, de que nuestro trabajo, cuando es auténtico, se alza libre sobre el mercado.

A veces, sencillamente, hay que callarse: por respeto a las palabras y a la Literatura. Prefiero pensar que el mundo de Salinger no ha muerto, que sigue agazapado en el sagrado espíritu de la literatura y del escritor que se respeta a sí mismo. Ha muerto un caballero, sencillamente, porque a un caballero sólo le interesan las causas perdidas.