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Isaac Rosa: "El capitalismo se ha colado en lo más íntimo, en nuestra capacidad de amar"

"Amamos bajo esa lógica empresarial de minimizar esfuerzos y maximizar beneficios", declara el autor de 'Feliz final', un libro que aborda un fracaso sentimental atravesado por la incertidumbre, la precariedad y el mercado de trabajo.

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El escritor sevillano Isaac Rosa.- JAIRO VARGAS

Las rupturas están a la orden del día. Un punto y aparte biográfico que, por lo general, no incumbe más que a sus protagonistas y al núcleo duro de la pareja. Como mucho, y siempre en función de la espectacularidad de la separación y de posibles aderezos adúlteros, puede derivar en una suerte de comidilla interna o incluso en algún que otro reproche extemporáneo. Luego, la nada. El escritor sevillano Isaac Rosa (Sevilla, 1974) disecciona en Feliz final (Seix Barral) todo lo que ocurre antes de que se interponga ese vacío entre dos personas que lo fueron todo el uno para el otro. Lo hace a modo de autopsia, certificando la muerte del bicho y rebobinando hasta la primera mirada, dos extremos de esa cosa saturada de clichés llamada amor que, en manos de Rosa, se convierte en una obra de artesanía literaria. Un fracaso sentimental atravesado por la incertidumbre generacional, la precariedad y los desmanes del mercado de trabajo.

Narra el declive de una pareja en poco más de una década, un descenso vertiginoso partiendo de la ruptura...

Toda relación amorosa si algo altera es precisamente eso: tiempo y relato. Cuando empezamos una relación en realidad estamos iniciando también un relato compartido en el tiempo, quizá por ello tras la ruptura se pone en marcha una lucha de relatos. La novela trata de recuperar esa sustancia de la relación amorosa que es el tiempo y el relato.

Planea sobre sus protagonistas una suerte de agotamiento vital...

Yo creo que esto tiene que ver con uno de los ejes definitorios del tiempo que vivimos, que no es otro que la idea de obsolescencia. Parece que todo tiene fecha de caducidad, todo dura menos, y esto a su vez está muy vinculado con la idea del amor como consumo. Ese pensar a corto plazo, como ya advirtió Richard Sennett, lo que hace es imposibilitar la capacidad de compromiso, debilitar nuestras relaciones y corroer nuestro carácter.

Sin horizontes vitales ni asideros, ¿por qué iba el amor a salvarnos?

El capitalismo se ha metido en nuestras vidas, ha derribado el último muro que le quedaba y se ha colado en lo más íntimo; en nuestra capacidad de amar. Más allá de la precariedad laboral, que por supuesto influye en nuestras relaciones, creo que la clave reside en entender que el capitalismo no sólo es un sistema económico, también o sobre todo es un sistema cultural que genera precariedad vital, o lo que es lo mismo, vidas discontinuas y aceleradas que nos llevan a la decepción y la melancolía. Desde ahí consumimos, trabajamos y sí, desde ahí es también desde donde amamos.

¿Cree que hemos idealizado las relaciones amorosas?

Creo que el amor romántico está muy desacreditado hoy día. Tendemos a matizarlo constantemente por medio de algo que está muy presente en todos los ámbitos de nuestra vida y que es la ironía, auténtica seña de identidad contemporánea. Parece como si anheláramos ese ideal de amor pero comparecemos ante él con las comillas preparadas, con esa distancia irónica...

Amor romántico pero con distancia irónica, sin ser ingenuos... ¿Qué clase de amor es ese?

Creo que lo que buscamos, más allá de la oportunidad de realizarnos en el otro, es el espejismo de que la relación amorosa nos va a resguardar de la intemperie y va a mitigar esa horrible sensación de soledad en la que andamos instalados tras el derrumbe en el último siglo de tantas estructuras y relatos. Esto hace que acabemos encerrados en esas relaciones que se vuelven refugios pequeñitos cuyos muros caen a la primera embestida. Necesitamos refugios más amplios y sólidos.

Supongo que buscamos lo bueno de ese amor idealizado pero dejando a un lado lo malo; no queremos dependencia ni limitaciones, solo libertad y autorrealización. Queremos preservar lo extraordinario de la relación amorosa, su seguridad, la autoestima que nos proporciona... Todo esto hace que vayamos con la calculadora a cuestas.

Isaac Rosa.- J. V

Su protagonista tiene una fijación por la 'gestión' de los deseos y de las emociones... ¿Se convirtió lo cotidiano en una tabla de excel?

Es que nos hemos convertido en emprendedores de nuestra vida, emprendedores emocionales cuya vida amorosa está atravesada por la lógica del mercado. Vamos al amor con esa lógica empresarial de minimizar esfuerzos y maximizar beneficios. Amamos con la calculadora y eso liquida lo que de extraordinario puede haber en el amor, lo convierte en una relación económica más...

¿Qué otra alternativa nos queda?, ¿de qué forma podemos escapar de esa lógica empresarial?

¿Podría ser el amor una forma de resistencia frente a la fábrica en la que vivimos? Puede ser una aspiración ingenua, pero lo cierto es que mientras no sepamos formular o reformular ese amor bueno, tendremos que asumir que el amor con el que contamos es un espacio más del capitalismo, un espacio en el que todos somos usuarios y que no nos pone a salvo de nada. Lo que ocurre es que siempre entra en juego la ironía y enseguida colocamos las comillas y pensamos que es una ingenuidad y nos acabamos conformando con un amor que sea más o menos soportable.

¿Es el fin de la pareja convencional?, ¿genera más desasosiego que felicidad?

Hay un sentimiento muy generalizado de decepción y desencanto, también de desconcierto. Lo achaco en parte a un elemento generacional, estamos llegando a la temida crisis de mediana edad en la que te replanteas toda tu vida... Por otra parte, es inevitable tener una serie de expectativas fruto de esos imaginarios amorosos que nos proveen las ficciones que consumimos a diario. No hay amor que resista esos imaginarios, esto hace que lo que sentimos se haga más pequeño y mediocre. Estamos permanentemente con esa sensación de perdernos algo, como si estuviéramos en una relación pensando en las otras que nos estamos perdiendo... Nuestra mentalidad es de consumidores.

¿Dejó entonces de ser trascendente la posibilidad de amar?

Es curioso, el sufrimiento amoroso hoy día es catastrófico. Quedamos devastados, nos hundimos por completo cuando se produce el rechazo del otro. Esto se debe a esa construcción sociocultural de alcanzar el reconocimiento y el valor social a través del amor. Así, cuando hoy día nos rechazan nos sentimos devaluados, algo que está muy relacionado con la idea de que fiamos nuestro valor en la sociedad al hecho de que alguien nos quiera, cuando esto falla todo se va al garete...

Siempre quedará Tinder... 

Creo que cada vez leemos más artículos sobre el amor en tiempos de Tinder y muy pocos sobre el amor en tiempos de subida de alquiler, y seguramente esto último afecta mucho más a nuestras relaciones.

... o el poliamor

Lo veo como un forma más de repensar el amor romántico, heteronormativo y patriarcal, una forma avanzada respecto a la monogamia de consumo amoroso, una paso más en ese convertirnos en emprendedores de nuestras emociones, como dice uno de los personajes de la novela, el poliamor es el Uber de las relaciones, una idea genial pero que llevada a la práctica causa muchos destrozos. Creo que dejará muchos damnificados, tal y como pasó con el amor libre en los años de la contracultura.

Isaac Rosa.- J. V