Entrevista a Laia Forné y Estefanía Izrael"Acabas haciendo el tratamiento de fertilidad en la misma empresa que te obliga a pagar la hipoteca"
'Público' conversa con dos de las editoras del libro 'El precio de la reproducción', una reflexión colectiva sobre cómo queremos reproducirnos y cómo nos influye la tecnología en esta decisión.

Barcelona--Actualizado a
La caída en la natalidad y el incremento progresivo de la edad media para tener el primer hijo en Catalunya ―31,6 años en 2024, según el Idescat― son síntomas de una sociedad marcada por la precariedad. A pesar de estar académicamente más preparados que nunca, los jóvenes no acceden a menudo a empleos bien remunerados y su progresión profesional es más tardía. Un hecho que retrasa el planteamiento de ser padres o madres.
Mientras el contexto social cambia, la capacidad de procrear de las personas gestantes disminuye con la edad y sigue siendo un límite inalterable. La única vía para superar esta barrera es la reproducción asistida, una tecnología que ha transformado la manera de entender la reproducción y las relaciones familiares, pero que no es accesible para todo el mundo.
La experiencia de la reproducción asistida se ha abordado socialmente desde una perspectiva individual, pero es un debate que los autores del libro El precio de la reproducción (Bellaterra Edicions) han querido trasladar a la esfera pública. Esta obra coral, que recoge una serie de ensayos y entrevistas, analiza qué causas impulsan la reproducción asistida, cuáles son sus consecuencias y a qué modelo sirven. Hablamos con dos de los tres editores del libro, Laia Forné y Estefanía Izrael, investigadoras del Institut de Recerca Urbana de Barcelona (IDRA). El sociólogo Miquel Missé no ha podido asistir a la conversación con Público.
La reproducción asistida se ha abordado desde la perspectiva individual, pero vuestro objetivo era enmarcarla en un contexto político y social y llevar el debate a la esfera pública. ¿Por qué era importante hacerlo?
Laia Forné: Aunque cada vez más personas recurren a la reproducción asistida, muchas lo viven de manera privada y con un gran malestar emocional. Pero al pensar sobre el tema de manera colectiva, vemos que este malestar, que a menudo viene acompañado de culpa, no es un problema individual, sino que tiene causas estructurales. Forman parte de una dinámica social que no tiene que ver con si has llegado tarde o no a la maternidad o si tus óvulos son válidos o no. El malestar ante la infertilidad no es un problema individual, sino que tiene causas estructurales. Por otro lado, nos dimos cuenta de que la tecnología y el mercado habían adelantado el debate social, y que eso generaba muchas disfunciones. Era necesario abrir la mirada y analizar todos los aspectos que atraviesan la reproducción asistida.
Estefanía Izrael: No hablar del tema es fingir que no pasa nada. Pero cuando rascas un poco, te das cuenta de que todas tenemos a alguien más o menos cercano que ha vivido un proceso de este tipo. No hablarlo sería esconder una problemática que simplemente está invisibilizada a través de la culpa, del tabú. Me hace pensar en años atrás, cuando las mujeres no sabíamos que todas habíamos vivido situaciones de violencia en la calle
¿Es la culpa el motivo por el cual hay tanta desinformación y silencio? ¿Por qué no se habla de ello?
E. I.: La tecnología, la legislación y el debate social van a ritmos distintos. Falta coordinación. Si entras en la página web de una de las clínicas reproductivas, verás un catálogo con muchísimas posibilidades que, seguramente, no has tenido tiempo de procesar. Todavía no tenemos los recursos a nivel social para poder interpretar que eso que existe a nivel científico pueda codificarse como una experiencia propia.
"Si pienso en mi idea de familia, no me imagino un tanque de nitrógeno donde los óvulos son criopreservados"
Incidimos en esta cuestión para que se entienda. ¿Cómo transforma la tecnología nuestra idea de familia y filiación?
E. I.: Si, personalmente, me pongo a pensar en cuál era mi idea de familia o cómo me imaginaba un embarazo, no pensaba en un tanque de nitrógeno donde los óvulos están siendo criopreservados. Ona Bros trabaja esta cuestión en su capítulo. Cuando piensas en la idea de familia, no incluyes la tecnología o las infraestructuras que forman parte actualmente de la reproducción asistida.
L. F.: Pensemos en los miembros del colectivo LGBTI. Aunque había prácticas de autogestión de la inseminación y muchas parejas de mujeres habían tenido hijos antes, quizá no estaba tanto en el imaginario la posibilidad de construir una familia porque las condiciones eran otras. Cuando entra la tecnología, los límites se difuminan porque cada vez hay más opciones y la capacidad de imaginar hasta dónde estás dispuesta a llegar es más compleja de gestionar. En Japón, por ejemplo, están desarrollando un útero que podría gestar un embrión fuera del cuerpo. Si eso no va acompañado de este debate social sobre cómo queremos reproducirnos, será difícil poner límites.
Para el colectivo LGBTI es un cambio sustancial, ahora puedes tener descendencia y, además, puedes coger los óvulos de una, el ADN de la otra... Hay muchas combinaciones posibles. Si le explicas a las lesbianas de los años 30 que existe el método ROPA [fecundar a una mujer para conseguir embriones y transferirlos después al útero de la otra mujer de la pareja], te dirán que la genética no es importante. Pero ahora, de golpe, el imaginario ha cambiado y sí que lo es.
En el libro se habla de la "infertilidad estructural" y de la reproducción asistida, en parte, como un síntoma de factores como la precariedad, la dificultad para acceder a una vivienda... ¿Cómo se beneficia la industria de la voluntad de tener hijos? Si cambiara el paradigma y, de golpe, el bienestar social fuese más elevado, ¿no sería tan necesaria?
L. F.: Nos hicimos esta pregunta. Si la precariedad desapareciera, ¿volveríamos a tener hijos con 25 años, que es la edad óptima de fertilidad? No lo creemos. Nosotras no demonizamos la reproducción asistida, es una herramienta que ayuda mucho. Lo que decimos es que, cuando miramos este fenómeno, nos está hablando de muchos debates actuales de nuestra sociedad. No es solo un cambio cultural, de no querer tener hijos porque preferimos estar de fiesta hasta los 40, sino que hay una serie de condiciones estructurales y socioeconómicas que intervienen en esta decisión.
E. I.: Laia presenta una idea maravillosa en su capítulo: acabas haciendo el tratamiento de fertilidad en la misma empresa que te obliga a pagar la hipoteca de tu casa. Los grandes conglomerados producen y se nutren de tu precariedad. Es como la empresa que crea el virus y te vende el antivirus. Para mí es fundamental no demonizar las técnicas, eso sería el camino fácil. Decir que detrás de cada avance tecnológico hay un complot y que todo va en contra de la naturaleza humana. De eso ya tenemos bien poco, a estas alturas. Por lo tanto, debemos pensar en la tecnología como una forma de habitar nuestra humanidad y, después, entender cuáles son los intereses que hay detrás y de qué manera podemos acompañar los avances de políticas públicas que exijan un uso democrático. Los grandes conglomerados se nutren de nuestra precariedad: crean el virus y nos venden el antivirus.
A diferencia de sus vecinos europeos, en el Estado español se permite la donación de óvulos altruista y anónima. ¿Qué implica eso? ¿Es realmente altruista? ¿Qué problemas plantea la compensación económica?
E. I.: Aquí existe la ovodonación altruista y anónima por ley, lo que convierte a España en un destino paradigmático del turismo reproductivo. ¿Cuáles son las implicaciones? La idea del altruismo está entre comillas porque hay una compensación económica y, si preguntas a muchas mujeres donantes, te dirán que lo hacen por dinero. Ahora bien, vivimos en un sistema mercantilizado donde vendemos nuestra fuerza de trabajo a cambio de un salario. Eso no significa que se deba mercantilizar cualquier práctica o servicio, pero no puede explotarnos la cabeza por el hecho de que haya dinero de por medio.
No puedo evitar hacer la comparación con el trabajo sexual o la gestación subrogada. Evidentemente, son niveles muy distintos, pero al final, se está mercantilizando el cuerpo, porque la donación de óvulos implica una medicalización y una intervención.
L. F.: Nosotras no somos expertas; lo que intentamos es aportar diversas voces sobre este fenómeno. Cristina Garaizabal hace, justamente, este paralelismo en su entrevista en el libro. Hay un debate dentro del feminismo. No queremos entrar ahí. Lo que pensamos es que se debe velar por el bienestar de todas las personas implicadas en esto. La información debe ser clara y cada una es libre de decidir. No queremos hacer un juicio moral sobre las personas que donan óvulos. Otro tema que salió es que, si es altruista de verdad, ¿por qué no existe un procedimiento tan garantista como en la donación de órganos? En ese caso, el Estado lo controla al 100%. Si la ovodonación es altruista de verdad, ¿por qué no hay un procedimiento tan garantista como en la donación de órganos?
¿Qué derechos tienen los hijos e hijas a conocer su origen biológico? ¿Y qué derecho tiene la donante a proteger su identidad?
L. F.: Eso es un debate también, pero no es tan simple porque tiene muchas implicaciones sociales. Quitar o no el anonimato debería ser el resultado de unos debates previos más profundos. Personalmente, creo que los derechos de los niños deben prevalecer y, actualmente, la legislación sí prevé que, si tienes una enfermedad, puedas acceder a tus genes. Pero me gustaría una reflexión previa sobre qué valor le damos a la genética y cómo construimos la identidad de las personas.
España fue uno de los países pioneros en adopción y, en aquel momento, con las feministas de los años 70, prevalecía un discurso que decía que la biología no importaba tanto y que tener hijos significaba cuidar y ver crecer a una persona. Una de las cosas que más me ha sorprendido es el concepto de duelo genético, que se hace evidente en mujeres que, después de muchos intentos, llegan al proceso de ovodonación. Eso quiere decir que seguimos muy aferrados a la biología y, sin juzgarlo, me interesa ver qué hay detrás.
En el libro se plantea la posibilidad de maternar colectivamente, es decir, compartir los cuidados para que quien no geste, pueda cuidar, y para que la conciliación de las madres sea más fácil. ¿En una sociedad así existiría la reproducción asistida?
L. F.: Hay otras maneras de organizar nuestra sociedad y de hacernos cargo de los hijos. Actualmente, la conciliación es una falacia, reproducirse es un acto heroico porque cada vez es más difícil llegar a fin de mes. Estamos en una sociedad que va en contra de la natalidad. La familia nuclear es la excepción en la historia de los primates. Pensar que las personas que gestan o tienen la genética de la criatura son las únicas cuidadoras es algo de nuestro tiempo, nunca se ha hecho así. Hay muchas maneras de pensar en la familia, antes estaba más presente la familia extensa.
Han dicho que la tecnología va a un ritmo distinto de la legislación y el debate social.
E. I.: España fue de los primeros estados de Europa en legislar la reproducción asistida. Hubo un avance enorme para legislar aquello que ya estaba pasando a nivel técnico y ahora se va adaptando en la medida de lo posible. Pero, al mismo tiempo, hay legislación que no se acaba de cumplir por completo. Se supone que debe haber un banco público de material genético al que puedas acceder en caso de ciertas enfermedades o por si en algún momento se desarticula el anonimato, pero eso no es así.
El Estado español no reconoce la reproducción como un derecho constitucional. ¿Debería serlo? ¿Todo el mundo debería tener acceso a esa reproducción asistida, si no puede gestar?
L. F.: Sí que hay una cobertura pública que se ha ido ampliando. En principio se marcan unos criterios globales genéricos para todas las comunidades autónomas, pero luego cada una puede regularlo y marcar un presupuesto. Esa era una de las preguntas con las que empezamos. Yo creo que sí, porque si esto es una necesidad de nuestro tiempo y tiene unas causas estructurales, que no forman parte de una elección individual, el Estado debería darle respuesta. ¿En qué medida? Siempre hay balances de presupuestos públicos. Pensamos que el debate social que no se está teniendo es el que debe marcar los criterios de acceso a esta cobertura pública.
Otra cosa es cuál es la función del Estado en garantizar la reproducción, ya no digo individual, sino como sociedad. No sé si debe existir un derecho a la reproducción o cómo sería. Pero decir que tener hijos es una elección individual y un deseo, dejarlo ahí, desresponsabiliza al Estado y a la sociedad de algo que nos afecta a todos, que es el futuro. Por lo tanto, decimos que hay que asegurar unas condiciones materiales de bienestar para todos, que incluya también el sistema de cuidados. Y, a partir de ahí, la decisión de tener hijos. Pedimos más infraestructura pública, eso beneficia a todos, tengas o no descendencia. Decir que tener hijos es una elección individual y un deseo desresponsabiliza al Estado y a la sociedad de algo que nos afecta a todos.
E. I.: Hay que evitar caer en la trampa de que aquello que se presenta como una obligación, no pueda ser un derecho. Si al final del día se nos acusa de baja natalidad, como si la culpa fuese en términos individuales, ¿cómo podemos deshacernos de ese relato y pensarlo en clave de derechos?
L. F.: Un hipotético derecho a la reproducción, también debe incluir el derecho a no reproducirse, como con el aborto. Como dice Bruna en su artículo, todas las políticas son políticas reproductivas. Si haces más escuelas, más transporte público, más hospitales, son políticas que en el futuro te permitirán sostener las vidas.
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