Alfredo González Ruibal: "La guerra civil fue ante todo una guerra de clases"
El arqueólogo reconstruye la guerra civil y la dictadura a partir de los objetos y las historias personales que protagonizan el libro País en ruinas.

Madrid-
Premio Nacional de Ensayo por Tierra arrasada, Alfredo González Ruibal (Madrid, 1976) vuelve a las librerías con un ensayo sobre los escombros del franquismo. En País en ruinas (Crítica), el arqueólogo y científico del CSIC no solo desentierra objetos, sino también las historias personales de personas corrientes, con las que reconstruye la guerra civil y la dictadura.
A partir del hallazgo de orinales en refugios antiaéreos de la guerra civil, usted describe el olor de la angustia y el miedo, "el mejor laxante".
Cuando pensamos en los objetos de una guerra, normalmente pensamos en bombas, balas, fusiles y tanques, no en un orinal. Sin embargo, para los soldados es una necesidad vital. Cuando uno tiene miedo, le afecta a la tripa: así expresamos fisiológicamente nuestra angustia y tensión emocional. Así que un objeto banal, que aparentemente no cabría en un libro de historia, resulta que es capaz de contar el miedo de unos soldados bajo un bombardeo. El orinal que encontramos en el frente de Madrid me resultó especialmente elocuente por el contexto, ya que estaba en la bocamina de un refugio antibombardeo del Asilo de Santa Cristina, en la ladera sur del Hospital Clínico.
Un orinal curioso, porque no era blanco, sino que imitaba las vetas del mármol: demasiado lujoso para una trinchera.
También llama la atención porque es un objeto fuera de contexto. Antes de la guerra, el Asilo de Santa Cristina recibía muchas donaciones de familias acomodadas, burguesas y nobles, de ahí que las vajillas de loza compartan espacio con piezas de lujo, como tazas de té, copas de vino o ese orinal.
Una de las razones por las que los sublevados ganaron la guerra civil es porque los republicanos se estaban muriendo de hambre. No solo los civiles, sino también los soldados en primera línea
En las trincheras republicanas de Madrid se recogieron un frasco de laxante, otro de aceite de ricino y una botella de agua mineral de Carabaña, "famosa por su supuesta efectividad contra el estreñimiento", un problema "endémico" entre los republicanos.
Una de las razones por las que los sublevados ganaron la guerra civil es porque los republicanos se estaban muriendo de hambre. No solo los civiles, sino también los soldados en primera línea, que recibían pocos alimentos, sobre todo carne, fruta, verduras y otros productos frescos. Eso les provocaba unos problemas intestinales tremendos, de ahí que encontrásemos en las trincheras de finales de 1938 y principios de 1939 laxantes y aguas minerales.
Y frascos de vitaminas para suplir la ausencia de alimentos frescos. Un hambre, escribe en el libro, que "se palpa en forma de ausencia en las trincheras del Ejército Popular que hemos excavado en el campus [de la Ciudad Universitaria] porque los restos óseos de animales son prácticamente inexistentes". Apenas cuatro huesos de pollo y vaca.
En cambio, en las trincheras sublevadas hemos encontrado cerca de 3.000 huesos de animales. Ese es el testimonio más palpable y definitivo de que los republicanos apenas consumían proteína animal.
¿De qué animales eran los huesos en las trincheras rebeldes?
Había de todo, era como entrar en una carnicería. De vaca, conejo, pollo, oveja, cabra... También hemos encontrado restos de huevos, de pescado (sardinas o bacalao), de chirlas…
Debido a la subida de los alquileres, algunos vecinos de Entrevías ya no se pueden permitir residir en el barrio pese a que tienen trabajo. Hay gente que vuelve a vivir en chabolas, como en los años cincuenta.
Precisamente, descubrieron ostras en las ruinas junto a la casa que fotografió Robert Capa en Vallecas.
Fue una gran sorpresa. En Entrevías, en las excavaciones de los niveles de los años veinte y treinta, descubrimos muchos restos de marisco y de pescado. Nadie imaginaría que en un barrio obrero de Madrid, hace un siglo, sus vecinos comiesen sardinas, bacalao, merluza, dorada o incluso raya. También han aparecido restos de cañadillas, berberechos, mejillones y ostras, que evidenciaban un notable poder adquisitivo.
Usted lo atribuye a que entonces en Vallecas convivían una clase acomodada y una clase trabajadora próspera, aunque luego la dictadura contribuyó a la segregación social.
Un proceso de segregación social que se acelera con el neoliberalismo, que termina creando guetos. Antes, en cambio, en los barrios convivían diversas clases sociales. Ahora, debido a la subida de los alquileres, algunos vecinos de Entrevías ya no se pueden permitir residir en el barrio pese a que tienen trabajo. Hay gente que vuelve a vivir en chabolas, como en los años cincuenta.
Una realidad que también analiza en el libro.
El chabolismo en España crece exponencialmente después de la guerra civil, sobre todo desde los años cuarenta hasta finales de los sesenta. Las chabolas que excavamos en Entrevías son de los sesenta hasta el final del franquismo. Una vida, la de los barrios, sobre la que se ha escrito mucho desde el punto de vista del asociacionismo, la movilización vecinal, la resistencia a la dictadura y la creación de conciencia de clase. Sin embargo, no se ha estudiado la vida cotidiana ni su arquitectura.
Construidas de noche, porque si no estaban techadas al amanecer eran derribadas por orden de la guardia civil.
A toda velocidad... Y lo que más me sorprendió durante las excavaciones fue su tamaño minúsculo. Las chabolas tenían entre diez y catorce metros cuadrados y allí vivían familias numerosas: en casos extremos, una persona por metro cuadrado, como en las cárceles de la posguerra o en los campos de concentración. Y sin electricidad ni agua corriente, unos servicios con los que sí contaba Vallecas antes de la guerra civil, por no hablar de los cuartos de baño, las líneas telefónicas, las calles pavimentadas, etcétera.
De ahí a los tiempos del raquitismo, como atestiguan los reconstituyentes, vitaminas y remedios para tratarlo (Ceregumil, Bioser, Glefina, Ion-Calcina o Dietonosol) hallados en el sanatorio penitenciario del fuerte de San Cristóbal, en Navarra.
En España hubo una hambruna que provocó la muerte de unas 200.000 personas, como asegura Miguel Ángel del Arco Blanco en su último libro. Se pasó hambre sobre todo a principios de los cuarenta, pero también hasta que se eliminaron las cartillas de racionamiento en 1951. De hecho, en el registro arqueológico desaparecen los restos de animales en Vallecas, porque la gente ya no come carne, hasta que vuelven a aparecer en los sesenta, en el contexto del desarrollismo. Aunque, ojo, fundamentalmente son huesos de conejo y de pollo, la carne más barata, porque los vecinos no pueden permitirse comerse un filete de ternera o una chuleta de cerdo.
Vayamos a las bebidas, concretamente alcohólicas. En el Asilo de Santa Cristina, destruido durante la batalla de la Ciudad Universitaria, fue donde se hallaron más botellas. Concretamente en el subterráneo Bar de la Bandera, donde había 278 de jerez, anís, sidra, licores y cerveza.
El del Hospital Clínico era un frente durísimo, expuesto al fuego republicano y a la guerra de minas. La bebida era una forma de sobrellevar la ansiedad.
Todos los soldados recibían una ración de alcohol que era necesaria para sobrevivir en el frente. Una droga para resistir una ofensiva o para atacar al enemigo
Durante la guerra se despachaba el coñac Requeté, el vino oloroso Falange Española o el fino Legionario. No les fue mal a los bodegueros de Jerez.
De hecho, es una de las empresas que más se enriquecieron durante la guerra. Normalmente, cuando pensamos en quiénes se beneficiaron con el franquismo, nos viene a la cabeza la gran industria, la minería o las inmobiliarias, pero los bodegueros también se forraron. Tiene sentido, porque el vino es fundamental en el Ejército. Todos los soldados recibían una ración de alcohol que era necesaria para sobrevivir en el frente. Una droga para resistir una ofensiva o para atacar al enemigo. Y el jerez tiene la ventaja de que es un vino de alta graduación, lo que ayuda a lanzarse contra la trinchera enemiga, al igual que sucede con el brandi. O sea, el alcohol era el combustible que permitía que funcionara la maquinaria franquista.
El historiador Jorge Marco analiza el uso del alcohol durante la guerra civil en Paraísos en el infierno, pese al intento de limitar o prohibir su consumo en ambos bandos.
La cuestión era cómo regular el consumo de alcohol para evitar los problemas de disciplina y que los soldados acabaran alcoholizados.
En el asilo también encontraron una esvástica de chapa metálica.
No extraña que un soldado politizado de extrema derecha hiciese una esvástica con un trozo de peltre por afinidad ideológica con el nazismo.
Más imaginativos son los utensilios fabricados con latas de conservas que fueron hallados en el campo de concentración de Casa del Guarda, en Jadraque (Guadalajara): cubos, marmitas, punzones, tazas… Aunque también han servido para construir braseros o lámparas de carburo. ¿Cuál es el objeto reutilizado o improvisado que más le ha llamado la atención?
Una cañería hecha con latas de conserva que encontramos en la Casa del Guarda. Además, conecta con la arqueología de periodos más remotos, porque los romanos ya utilizaban ánforas para fabricar cañerías.
Precisamente, en País en ruinas comenta que, antes de los sesenta, en las aldeas de Galicia no había basureros porque no se generaban residuos ya que se aprovechaba todo, excepto la cerámica.
Todo se reutilizaba. Incluso la cerámica se podía usar para drenar y airear las tierras de cultivo. Los basureros son un fenómeno contemporáneo ligado con la industrialización.
Unos espacios interesantes para los arqueólogos.
Sin duda, nos hacen más fácil el trabajo.
En Paterna hay fosas tan profundas que, al perforar la capa freática, la humedad provoca que los restos se saponifiquen, de modo que no solo se conservan los huesos, sino también los cadáveres…
Las fosas de Paterna son la metáfora más perfecta de lo abyecto que es la represión franquista. Estamos hablando de cadáveres en descomposición, de gente masacrada, de sangre, de vísceras…
Y en sus ropas se ha encontrado la huella del crimen: "Camisas manchadas de sangre, vendajes por las palizas y torturas que los presos sufrieron en prisión, ligaduras de esparto que amarraron las muñecas de los que iban a morir". ¿La arqueología y los objetos evidencian más la crueldad que una historia escrita?
Por un lado, el objeto es una prueba forense e irrefutable: una camisa con orificios de bala llena de sangre evidencia que han asesinado a una persona de una forma cruel. Por otro, hay un elemento emocional: cómo nos conecta el objeto con las personas, algo que tiene que ver con la vulnerabilidad y con el propio silencio de los objetos.
Ninguno más revelador que el sonajero de Martín, el hijo de Catalina Muñoz Arranz.
Catalina Muñoz era una mujer republicana de 39 años a la que van a fusilar. No tiene delitos de sangre, es simplemente por una cuestión de odio ideológico. Tiene tres hijos, el más pequeño de nueve meses. Cuando se enfrenta al pelotón de fusilamiento, lleva consigo, única y exclusivamente, el sonajero de Martín. Podemos imaginarnos cómo escuchaba el sonido del sonajero en su mandil, camino del paredón. El último recuerdo que va a tener esa mujer es el de su hijo pequeño.
Usted no conoce a la familia de Catalina. Sin embargo, ¿qué ha ocurrido cuando ha tenido relación con familiares de víctimas? ¿Qué casos le han conmovido?
Hay historias tremendas. Me conmovió mucho la de un hombre de ochenta y pico años que conocimos en el campo de concentración de Castuera mientras excavábamos las fosas. Cada cierto tiempo venía a preguntar si habíamos encontrado los restos de su madre, que no fuimos capaces de hallar. A aquel hombre le fusilaron a su madre, a su padre, a sus hermanos, a las mujeres de sus hermanos... Solamente sobrevivió él y un hermano mayor, que lo encontró después de varios meses vagando por los pueblos, solo y abandonado. Un crío que entonces tendría nueve o diez años.
Los principales representantes de los rebeldes eran las clases privilegiadas. Esto se ve en las fosas comunes con víctimas de la represión franquista, donde hay restos de gente pobre y de clase trabajadora
Y no pudieron encontrar a sus familiares…
A veces no encontramos ni restos humanos ni objetos y, al contrario, otras veces los hallamos pero no los podemos relacionar con personas vivas. Además, muchos de los republicanos asesinados tras la guerra civil fueron enterrados en fosas de cementerios que luego fueron destruidas, por lo que ahora es prácticamente imposible identificarlos. Esa práctica forma parte de un proceso de deshumanización que va incluso más allá de la muerte.
En el Valle de los Caídos se encontraron suelas de caucho de alpargata y suelas de neumático de abarca. "El calzado de los trabajadores humildes, las víctimas principales de los falangistas", escribe usted.
La guerra civil fue, ante todo, una guerra de clases. Por un lado, quienes se opusieron a los sublevados eran sobre todo las clases populares: trabajadores manuales, obreros, jornaleros, campesinos... Por otro, los principales representantes de los rebeldes eran las clases privilegiadas. Esto se ve materialmente en las fosas comunes con víctimas de la represión franquista, donde hay restos de gente pobre y de clase trabajadora.
También refleja el parón de la industria, en este caso del calzado, en los años cuarenta: se fabricaban menos zapatos y se reutilizaban los neumáticos como suelas.
De hecho, en el basurero de antes de la guerra civil que excavamos en Entrevías, uno de los objetos que aparece con más frecuencia es el calzado de cierta calidad. En cambio, cuando excavamos los contextos de los años cuarenta y cincuenta, encontramos alpargatas y abarcas con suela de neumático reutilizada.
Su abuelo nació en Valdeorras, tierra de guerrilleros antifranquistas, un "vector de modernidad" en los montes gallegos debido a los productos de higiene encontrados.
Los campamentos guerrilleros son bastante contradictorios. Por un lado, son como un retorno a la prehistoria, con chozas improvisadas y una vida de cazadores-recolectores. Por otro, al mismo tiempo es un vector de modernización, porque a través de la guerrilla llegan productos médicos y de higiene que hasta ese momento eran auténticas rarezas en el campo gallego.
¿Qué lugar le gustaría excavar y qué le gustaría encontrar?
Me gustaría poder localizar uno de los hospicios del Auxilio Social, esa institución de Falange que se encargaba de proteger, entre comillas, a los niños pobres y necesitados. También me encantaría intervenir en Membrillo Bajo, una aldea de Huelva que quedó destruida en 1936 cuando entraron los legionarios. Masacraron a toda la población y nadie más volvió a vivir allí. Es una especie de Pompeya de la guerra civil.
Si en Membrillo Bajo podría ver cómo era la vida en un pueblo andaluz, ¿qué cree que se encontraría en el hospicio del Auxilio Social?
Distintas formas de miseria… En realidad, no lo sé. Una de las cosas interesantes de la arqueología es que uno no sabe lo que se va a encontrar.




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