Bárbara Arena: "En mi España al rey Juan Carlos se le perdona todo menos la falta de silencio"
La escritora madrileña debuta en la novela con la historia de una veinteañera de clase alta que se queda embarazada del monarca.

Madrid--Actualizado a
Bárbara Arena (Madrid, 1988) se ha valido de un trasunto del rey Juan Carlos para describir las clases altas de "mi España", que retrata con verosimilitud y conocimiento de causa. Integrada en la colección Episodios Nacionales de la editorial Lengua de Trapo y el Círculo de Bellas Artes, Un adiós está protagonizada por Adela, una veinteañera que se queda embarazada del monarca.
¿Se imaginaba la reacción que ha tenido la novela?
Yo escribía completamente a ciegas. Iba con miedo porque presuponía algún tipo de reacción por el tema, pero no tenía ni idea de qué índole. No sabía si iba a ser negativa en mi entorno, aunque no imaginaba esta reacción.
Su libro ha tenido mucha repercusión en los medios. ¿Cree que esa acogida mediática ha sido motivada por el morbo?
Han contribuido varios factores. Por una parte, mis propias coordenadas sociales: no es lo mismo que escriba sobre este tema una persona externa, de ahí el morbo de "la pija que habla de los pijos". Por otra, la convergencia con la publicación de las memorias del rey emérito Juan Carlos, que han aumentado la atención, como si mi novela fuese un reverso de su relato.
¿Temía la reacción de las clases altas que aparecen representadas en el libro? ¿Cree que lo están leyendo?
Sé que lo están leyendo. Mi intención era hacer un retrato social con un par de trazos y luego colar el retrato del desequilibrio en mi España. Mi objetivo no era tanto que la leyera la feminista que ha estudiado en la Complutense, sino que lo hiciese mi tía y se sintiera de algún modo interpelada. Por eso escribo con sutileza y contención, porque quería que el texto llegara a mi entorno, pues sé muy bien de qué se defiende.
De hecho, el relato es muy verosímil.
La historia sentimental es una fantasía, pero he pretendido que la fotografía social sea absolutamente verosímil, consciente de que iba a publicarse en los Episodios nacionales de la editorial Lengua de Trapo, una colección que me trasciende. Es decir, debía estar a su servicio, no al de mis ambiciones literarias. Por ello he escrito una especie de cuento sencillo que evoca un clima de manera certera.
El tema encaja perfectamente en los Episodios nacionales. Sin embargo, uno de sus valores es que está escrito desde dentro, lo que la aleja de los autores de las anteriores entregas. ¿Se considera una quintacolumnista?
A ver, yo soy pija progre. He podido escribir este texto porque tengo una doble mirada que me permite adoptar cierta perspectiva crítica con mi entorno. No creo que fuese tan eficaz si lo escribiese desde la ausencia de toda conciencia. En la colección hay diferentes perspectivas de autores progresistas —como Elizabeth Duval, que es amiga mía—, algo que me parece interesante, porque España somos todos. En mi caso, soy resultado de mis circunstancias y no me construyo en oposición a dónde vengo, pero puedo tener una mirada crítica, lo que me parece un aporte.
Usted recurre a un trasunto del rey Juan Carlos para retratar las clases altas madrileñas. En su concepción de la novela, ¿fue primero el monarca o la sociedad que describe?
Lo importante era el escenario, por eso me pregunté: "¿Dónde se reúne esta España?". Pensé en una boda real, pero Martín Bianchi ya había escrito sobre el asunto en Letizia en Vetusta. Luego me imaginé un funeral y, entre los muertos ilustres, figuraba Cayetana de Alba, aunque no controlaba el tono de los pijos sevillanos. Y, de repente, surgió esta idea: inventé una figura inspirada en alguien que todo el mundo reconoce, pero que en realidad es bastante vacía, porque yo no describo mucho a esa persona, pues la historia más importante es la de ella. Desde ese momento, dejo que el lector rellene los huecos a partir de lo que piensa cada uno de ese personaje.
Adela es una veinteañera que en su día se enamora del rey, mucho mayor que ella. Aunque hay consentimiento, usted también aprovecha para reflexionar sobre el abuso de poder en las relaciones.
Hay un consentimiento explícito porque su deseo está condicionado de antemano. Ella no puede oponer resistencia porque ya le gusta desde antes incluso de conocerlo, porque todo su entorno está subyugado y enamorado de ese personaje. La pregunta es: ¿qué grado de abuso se produce si ella en ningún momento se niega, ni se reconoce como víctima? Y no lo hace porque previamente ya es una persona sumisa.
En ella habrá de por vida un poso de tristeza: la renuncia a futuras relaciones tras el primer amor.
La novela se basa en la nostalgia absoluta, porque es una mujer que no ha tenido vida. De repente, aparece un hombre cuya vida no cambia en absoluto, mientras que la suya lo hace para siempre. Ella se queda en un limbo y deja de existir. Por culpa de la sacralización del sexo, tras acostarse con él se queda blindada a ese amor absolutamente ridículo. Su historia es muy triste, porque ni al final se le da el reconocimiento de que ha existido para nadie en una historia que ha ocupado toda su vida.
La maternidad en soltería: el silencio es otro protagonista de la novela, aunque esa vergüenza hacia el exterior convive con un orgullo callado por la sangre azul del padre.
Está presente en toda la novela. Hay un silencio casi espiritual y psicológico en ella, que no se atreve ni a ahondar en sus propios sentimientos y complejidades. Y también una ambivalencia: la mancha reputacional no es tanto que se acostara con el rey, sino que haya una prueba carnal de que eso sucedió. Tener un hijo fuera del matrimonio es imperdonable para su familia, que al mismo tiempo siente un orgullo íntimo porque ha sido producto de ese padre. Ella no cuenta, es él quien dota de valor al hijo.
En realidad, la familia protagonista está protegiendo a la Corona.
La fidelidad a la Corona prima sobre el bienestar de la hija y el de la propia familia.
Nobleza obliga, por mucho que la imagen de la institución se haya ido desgastando.
Yo escribía con bastante angustia porque en mi entorno el apego o el amor a Juan Carlos sigue muy vivo, aunque ha variado tras la publicación de sus memorias.
¿En su entorno se le perdona todo?
Sí. Lo que menos se está perdonando es la falta de silencio. No entienden que un rey hable sobre ciertas cosas, porque no es propio de su rango. Ahí he percibido un cambio, porque esperaban que se quedase callado hasta el final. El silencio es la norma.
En la novela hay una crítica a los nuevos vecinos del barrio de Salamanca, cuya llegada ha provocado la subida del metro cuadrado: ricos latinoamericanos vistos con recelo por el dinero viejo.
El esnobismo que se manifiesta contra ellos es una realidad. Están hermanados, comparten espacios y convergen en determinados lugares, pero hay un sentimiento de superioridad por distintos motivos. Unos tienen el dinero y otros, la categoría y el prestigio de la vieja Europa. Cuanto mayor es su decadencia, los miran con mayor recelo.
¿Hay un desprecio motivado por el origen?
El lugar de procedencia pesa en el esnobismo, aunque también se da una idealización del europeo por parte de los latinoamericanos ricos. No obstante, al final el dinero manda siempre.
¿Esa vieja España o esa España bien adolecía de un brochazo caricaturesco?
El retrato de cualquier estrato o grupo endogámico acaba siendo una caricatura. Como recurso puede ser útil e interesante, pero yo quería eludir esa visión estereotipada y hacer una fotografía de un contexto concreto.
¿Cree que esa España había sido bien representada antes de su novela? ¿O quizás era demasiado arquetípica y, al tiempo, deformada?
Yo veía un retrato en el que no identificaba nada de mi España. Algunas ficciones literarias y audiovisuales son burdas y maniqueas: el bueno y el malo, el héroe y el villano, sin matices. Eso no me parece interesante, pero sí encontrar seres humanos y bondades imprevistas en todas partes.
¿Cómo es su España?
Pese a que desde fuera se ve monolítica, mi España es muy diversa. Por ejemplo, en mi casa entraba muchísimo aire y fluían ideas. Dentro de mi España hay muchas Españas, aunque la que describo en el libro está muy aferrada a una idea de sí misma, con mucho miedo a lo nuevo y a lo otro, endogámica, opuesta al cambio, vinculada a la religión, con resistencia a ventilar los cuartos y con un talento enorme para reabsorber cualquier escándalo. Sin embargo, no es impermeable a los cambios sociales. Ahora, por ejemplo, hay una mayor aceptación de los gais y las lesbianas —porque en las familias hay hijos gais y lesbianas—, pero estos son muy conservadores. O sea, se reabsorbe el conato de disrupción y se suprime su potencial revolucionario para que no cambie nada.
¿Cree que el paisanaje que describe está en decadencia, también simbolizada en la caída en paralelo del rey Juan Carlos?
Sí, creo que está en decadencia. De hecho, a esa España que describo la define la decadencia y, por lo tanto, está apegada a la nostalgia, siempre mirando a su pasado histórico y personal. Incluso en lo relativo a la pérdida de dinero… Para mí, Juan Carlos es una extensión familiar, un pariente de esa España. De hecho, el salto del emérito a Felipe es muy simbólico. La monarquía de Felipe se ha profesionalizado, mientras que Juan Carlos era rey porque sí, existía sin más y no tenía que ganarse nada.
¿Cómo asumió su España el matrimonio con Letizia?
Letizia se ha ganado a mi España, algo impensable, porque en su día recibió unas críticas atroces.
¿Era Juan Carlos I un seductor, en el sentido amplio de la palabra, reforzado por su tan mentada campechanía?
No lo conozco personalmente, pero mi sensación es que tenía un encanto y un carisma que le venían dados, por lo que era considerado el gran embajador de España en el mundo. No le hacía falta seducir porque ya generaba en quienes lo rodeaban una especie de enamoramiento previo, incluso antes de decir nada. La campechanía es posterior. O sea, su situación de privilegio constituye su propio carácter, porque fue un hombre entrenado para embaucar y para ser encantador y diplomático.
El Real Club de la Puerta de Hierro, las corridas de toros, las monterías... ¿Cómo han cambiado estas desde La escopeta nacional?
No han cambiado mucho porque su gracia es precisamente el ritual, con sus normas y códigos internos. Ahora bien, yo solo fui una vez en mi vida a una montería y acabé allí por error.
Qué mala baba recordar el rumor sobre aquel oso que emborracharon en una cacería en Rusia "para que un rey lo liquidara sin problemas"...
Es una broma con el lector, pero me parecía muy ilustrativo [risas].
¿Se equivocó el rey emérito al pedir perdón a su manera?
Yo no estoy en posición de decir si se equivocó o no. Ahora bien, creo que cuando se enfrenta al perdón el personaje ya estaba perdido, había entrado en decadencia y era una figura en vías de descomponerse. Mucha gente piensa que hacer una primera concesión permite a los otros exigir más, o sea, abrir una puerta a la exigencia. Hay figuras a las que les beneficia el silencio y el misterio. Por su propia naturaleza, para sobrevivir no deben dar explicaciones.





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