La cara oculta de la Gran Vía de Madrid: vidas desahuciadas bajo los escombros del progreso
La construcción de la arteria capitalina provocó la demolición de más de 300 casas y el desalojo de sus vecinos. El historiador Jorge Marco novela la lucha contra los desahucios.

Madrid--Actualizado a
La Gran Vía de Madrid comenzó a construirse en 1910, con el rey Alfonso XIII por testigo, y se llevó por delante más de 300 casas y medio centenar de calles. Era el símbolo de la modernidad y el progreso, pero los escombros de una obra faraónica ocultaron el desalojo de centenares de familias, desahuciadas de sus hogares con un destino incierto.
El objetivo, sobre plano, era comunicar el noroeste con el centro y conectar los ensanches de Salamanca y Argüelles, así como enlazar las estaciones del Norte (hoy Príncipe Pío) y del Mediodía (Atocha). Los arquitectos José López Sallaberry y Francisco Andrés Octavio Palacios firmaron el proyecto, que no se materializó hasta 1929.
Jorge Marco, sin embargo, cree que las autoridades tenían otros intereses. "Querían hacer una regeneración social de la ciudad. Es decir, expulsar a las clases populares del centro y convertirlo en un espacio donde las clases medias y altas pudieran no solamente vivir, sino también tener sus oficinas", explica el profesor de Historia y Política de la University of Bath (Reino Unido).
La Gran Vía de Madrid y sus "calles inmundas"
De hecho, en la memoria del proyecto, sus autores calificaban algunas zonas afectadas como "calles inmundas que no conocen de seguro la mayoría de los madrileños". Estrechas y enmarañadas, también eran un terreno abonado a las movilizaciones. "Le tenían miedo a la protesta, ya que era muy fácil hacer barricadas, de ahí la necesidad de construir ensanches y una gran arteria que los uniera", añade el historiador.
Una de las vías que desapareció fue la travesía del Desengaño, paralela a la calle Valverde, donde ahora se alza el Edificio Telefónica. Obra del arquitecto Ignacio de Cárdenas Pastor, fue el primer rascacielos de la capital y durante años también el más alto, hasta que en 1953 lo desbancó el Edificio España, ubicado en la plaza homónima.
Allí, Jorge Marco ubica la acción de su nuevo libro, Travesía del Desengaño 7, protagonizado por los vecinos de un bloque amenazado de desalojo que en noviembre de 1914 lucharon para evitar el desahucio. Atrincherados en el interior de la Casa de las Flores, rebautizada así por una bandera bordada con esos motivos que izan en el tejado, despliegan una pancarta en la fachada en la que puede leerse: "Vecinos sí".
La escena vuelve a estar de actualidad en esta España "indecente" de "gente sin casa y casas sin gente", como canta Sílvia Pérez Cruz. Sin embargo, es un recurso literario del escritor en su segunda incursión en la novela. Aunque hubo cierta oposición de algunos residentes al proyecto de la Gran Vía, nunca se produjo tal encierro.
"Hasta los años treinta en Barcelona, no comenzaron a organizarse las asociaciones y protestas vecinales [véase la huelga de alquileres de 1931]. Sin embargo, el hecho que relato refleja el sentimiento de rechazo y podría haber ocurrido si se diesen las condiciones. Cuando hablamos de la Gran Vía, nos quedamos con la idea de la modernidad, pero yo quería contar el sufrimiento de las personas que tuvieron que abandonar sus casas. Es decir, todo lo que queda bajo los escombros de ese progreso", comenta Marco.
Como no podía hacerlo como historiador, se valió de la ficción, pese a que ha tejido esta obra coral con mimbres verídicos y fidedignos, cuyo argumento conecta el pasado con el presente. "Es muy actual porque sigue pasando hoy, aunque yo tuve que inventarme una movilización, porque entonces solo existían el desasosiego, la frustración y el rencor, no la capacidad de canalizarlo en una forma de protesta como un encierro", añade el autor de Travesía del Desengaño 7 (Ediciones La Tormenta), que será presentado el 8 de abril en La Anónima Librería de Madrid.
¿Y qué fue de los vecinos expulsados de sus viviendas? "No fueron realojados y tuvieron que buscarse la vida, porque el Ayuntamiento, en aquel mundo del laissez faire y la economía libre, no tenía ningún plan de contingencia social", explica Jorge Marco, quien decidió escribir sobre este recoveco de la historia de Madrid cuando descubrió que el comunista Juan Andrade también había sido uno de los desalojados.
"Me interesaba porque apela mucho al presente y el propio nombre de la calle es un símbolo que te lo da todo: travesía del Desengaño. La realidad, a veces, es literatura", cree el profesor de Historia y Política de la University of Bath, quien le dedica el libro al militante del PCE y del POUM por la inspiración, pero también a "dos maestros", Max Aub y Rafael Azcona.
El primero, que tituló precisamente una de sus novelas como La calle de Valverde, paralela a la de la novela, por ser "posiblemente el mejor escritor español que habló sobre clases populares en aquella época". El segundo, por brindarle "el tono de comedia y de esperpento alocado, también surrealista y a veces cómico-fantasmal". Rebosante de diálogos, Travesía del Desengaño 7 bien podría funcionar como una obra teatral.
Dividida en tres tramos con sus respectivas denominaciones, parte de la arteria madrileña fue rebautizada como avenida de la CNT antes del golpe de 1936 y, durante la guerra civil, pasó a conocerse como la avenida de Rusia o de la Unión Soviética, aunque el pueblo la llamó avenida de los Obuses y, más concretamente, avenida del Quince y Medio, en referencia al calibre de los proyectiles franquistas que caían sobre el Edificio Telefónica.
Central de comunicaciones y, debido a su gran altura, mirador y puesto de observación antiaéreo, fue uno de los objetivos del Ejército rebelde durante la toma de Madrid, que se ensañó con el visible rascacielos. Desde allí enviaban sus crónicas los corresponsales de guerra Ernest Hemingway, John Dos Passos, Antoine De Saint-Exupéry y otros huéspedes del cercano hotel Florida.
Textos que, antes de ser enviados, pasaban por las manos de Arturo Barea, encargado de la Oficina de Prensa Extranjera de Madrid. El autor de La forja de un rebelde también solía bajar al sótano del edificio —usado como refugio antiaéreo— para participar, bajo el seudónimo de La voz desconocida de Madrid, en emisiones radiofónicas desde un estudio improvisado que había sido insonorizado con colchones.
Cuando las tropas de Francisco Franco entraron en Madrid, la arteria capitalina cedió su nombre a la avenida de José Antonio. Desde su construcción, hace ya más de un siglo, el sueño neoyorquino ha vivido épocas de esplendor y decadencia, con sus cafeterías y cines, con su remedo de Broadway castizo, con sus tiendas, cadenas y franquicias clónicas. Sin embargo, la trasera de la Gran Vía, esa madeja de callejuelas bastardas, siguió siendo durante décadas un cubil del lumpen que ahora sí conoce, de seguro, la mayoría de los madrileños.




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