Desenterrar viñetas del olvido: cómics apiñados en una fosa común esperan regresar al lugar que se merecen
Carla Berrocal nos recomienda cada viernes novelas gráficas. Sus lecturas perdidas que no obedecen a la dictadura de la novedad.

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Prisionero en Mauthausen, salvado por dibujar porno a los guardias de la SS, José Cabrero Arnal es un autor de tebeos aragonés que en Francia conocen muy bien. Después de su liberación del campo de concentración, Cabrero Arnal vagabundeó por París hasta que, gracias a algunos contactos, volvió a dibujar historietas. Su creación más famosa, el perro Pif, la ideó para una revista infantil que editaba el Partido Comunista Francés. En los sesenta, el personaje se convirtió en todo un fenómeno para los más pequeños. Poco después, debido al éxito, el perro se independizó y obtuvo su propio magazine: Pif Gadget. El éxito de su creación fue ya imparable: a finales de los setenta llegó al millón de ejemplares. Actualmente, Pif Gadget es una de las publicaciones infantiles más reconocidas de Francia; a su autor, sin embargo, se le denegó en tres ocasiones la nacionalidad gala. En 1982, refugiado en un pequeño pueblito de la Provenza, José Cabrero Arnal murió en silencio a los setenta y tres años. Y España y Francia aún tienen una deuda con su memoria.
Entre 2002 y 2007, se emitió en RTVE una serie titulada Humoristas gráficos y dibujantes de historietas. El programa, dirigido por el periodista Luis Conde, reunió a lo largo de diecisiete episodios entrevistas a algunos de los autores más reconocidos de la historieta y el humor patrio. Obviando la falta de mujeres, la serie es todo un himno a la memoria del noveno arte y, aunque muchos de los entrevistados son rostros conocidos para los habituales de las viñetas, a otros tantos de ellos el público general aún no los conoce. En ese sentido, los humoristas gráficos siempre han sido más privilegiados. Estar en contacto con la actualidad ha contribuido a que sean más reconocidos social y culturalmente. Podríamos decir —sin temor a equivocarnos— que son las estrellas del cómic. En cambio, a los dibujantes de historietas el reconocimiento les viene por parte de un público más especializado: académicos y aficionados.
Víctor de la Fuente apareció en la serie de televisión de Luis Conde. Con un acento dulce, que bailaba entre el asturiano y el chileno, el dibujante narraba toda su carrera artística: desde sus inicios en el estudio de Adolfo López Rubio en Tirso de Molina hasta su coqueteo con la pintura de sus últimos años. En un momento, hacia el final del episodio, al autor le preguntaban por su jubilación. Con mirada triste y cabizbajo, respondía: "La veo muy mal porque (...) el hecho de haber estado trabajando en diferentes lugares del mundo durante (...) temporadas largas, no he tenido posibilidad de tributar para la seguridad social (...). Estoy en una edad en la que me debería haber jubilado y no tengo los medios. En ningún país tengo los suficientes fondos como para poder jubilarme.
El 13 de julio de 1984, Josep Coll, autor de la revista TBO, decidió quitarse la vida. Ese mismo año, la revista El Cairo –dirigida entonces por el intrépido y visionario editor Joan Navarro– publicaba la que sería su última entrevista. Recopilada ahora en Conocerlo es amarlo: las entrevistas de El Cairo –publicado por la editorial Efe Eme–, Victoria Bermejo y Ana Rey le preguntaban por muchas cosas, entre ellas por su trabajo en el TBO: "Hacía tres páginas semanales; no tenía pagas de julio, ni de Navidad, ni de Seguridad Social, ni de retiro. Los albañiles tenían una cantidad de pagas que yo no tenía. En aquellos tiempos, un paleta ganaba quinientas pesetas a la semana y yo ganaba el doble, por eso dejé de trabajar de paleta. El señor Buigas –propietario de la revista TBO– siempre me decía: «¡Piense, señor Coll, que nosotros solo nos quedamos con céntimos!», pero claro, céntimos multiplicados por trescientos cincuenta mil ejemplares…". Josep Coll combinó toda su vida la albañilería con el dibujo, cambiando de una a otra según las condiciones, y aunque obtuvo el reconocimiento de sus colegas, al final de sus días dibujaba en una pequeña mesa en su comedor porque apenas tenía encargos. El ladrillo, sin embargo, no le traicionó. Coll fue uno de los mejores dibujantes de su generación, con un estilo pulcro, que influenció a grandes autores contemporáneos como Max. Deprimido, poco a poco su salud mental se deterioró y acabó tomando la fatal decisión que pesa aún sobre la memoria del cómic.
Una mujer mayor, de rostro envejecido y una amplia sonrisa que enmarca su rostro, me mira desde una foto. La conocí hace años, por un post del escritor y guionista Hernán Migoya. Hace unos días, esta vez en Instagram, Migoya desempolvó otro recuerdo: una foto en blanco y negro del dibujante Iranzo –autor del tebeo El Cachorro– con la lengua fuera. La acompañaba una dedicatoria burlona: A todos menos a Rosita. G. Iranzo. La instantánea, que descubrió Migoya en una visita al estudio de Rosa Galcerán, ahora es un recuerdo de un nombre –Rosita– que permanece borroso en la historia de nuestro país. Comenzó su andadura en revistas femeninas como Mis Chicas y a los veinticinco años se unió a la productora de Arturo Moreno: Diarmo Films, donde formó parte del equipo que desarrolló la primera película de animación española –y europea–: Garbancito de la Mancha (1945). Hoy, apenas queda rastro de ella online.
La memoria es más frágil si eres una mujer. A la falta de reconocimiento de las profesionales del cómic se une su condición de género, que las remite casi siempre a un segundo plano y a una invisibilización evidente. El cómic español es –y sigue siendo– especialmente ingrato y despreciable. Figuras como Pura Campos, que llegó a vender igual o más que su compañero de generación Francisco Ibáñez, apenas tuvieron la repercusión mediática y reconocimiento del creador de Mortadelo y Filemón cuando falleció. Y como ella, figuras como Nuria Pompeia, Carme Barbará, Isabel Bas Amat y tantas otras, que permanecen desconocidas para el gran público. Pompeia murió en 2016 olvidada por sus lectores y con un ínfimo reconocimiento que no hace justicia a su talento. Su obra, contemporánea, moderna y actual, sigue vigente en un mundo que sigue sin dar respuesta a la desigualdad. Es cierto que el Colectivo de Autoras de Cómic lucha activamente contra esa brecha de género, pero la industria del cómic –y en general las instituciones– tienen una gran deuda pendiente con sus mujeres.
Escribió Javier Pérez Andújar sobre la vida del dibujante de historietas José Cabrero Arnal que el olvido es un silencioso campo de exterminio. Una característica de la historia del cómic es, precisamente, que nos tiene demasiado acostumbrados al olvido. A muchos de sus autores no los recuerda nadie, a pesar de que, en sus mejores tiempos, llegaron a vender más de trescientos cincuenta mil ejemplares. Mucho le debemos a toda esa generación cuyas obras ahora acumulan polvo en los fondos de las bibliotecas, en las estanterías de alguna librería vieja o en paquetes que algún paisano vende en El Rastro. El olor de la página amarilla, cenicienta, es testigo de todos esos nombres y personajes que reposan en pilas bajo algún rincón oscuro. Una fosa común de publicaciones olvidadas, esperando a ser desenterradas por algún alma caritativa que las coloque, de nuevo, en el sitio que se merecen.
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