Entrevista a Laura Arcarons y Bruna Serra"Los discursos de los 'youtubers' y de la ultraderecha influyen en la percepción que tienen los jóvenes sobre el sexo"
Hablamos con las autoras de 'Despullant el porno', un recurso para abordar el consumo adolescente de pornografía desde una mirada "crítica" y "feminista".

Barcelona-
"¿Crees que Internet ha cambiado la pornografía y la manera de vivir la sexualidad? ¿Es el porno el problema o el modelo de sexualidad que transmite? ¿Has pensado alguna vez que la solución más fácil sería prohibir su acceso a los menores?". Estas son algunas de las preguntas que plantean Laura Arcarons y Bruna Serra en su nuevo libro, Despullant el porno (Pol·len Edicions). Un recurso que, según las autoras, no es un "manual infalible", sino un conjunto de herramientas para abordar el consumo de pornografía desde una mirada "crítica", "educativa" y "feminista", alejándose del alarmismo y apostando por acompañar una sexualidad adolescente más "libre y consciente".
Educadoras sexuales y miembros de la cooperativa Mandràgores —un proyecto que nace en 2016 con el objetivo de repensar la educación sexual y afectiva—, Arcarons y Serra se reúnen con Público en Barcelona para reflexionar sobre los retos que plantea el consumo de porno entre los jóvenes y cómo abordarlo en las aulas. También analizan el impacto de un contexto social cada vez más influido por el auge de la extrema derecha y de los discursos antifeministas.
La editorial Pol·len les propuso escribir el libro a raíz de una serie de vídeos que publicaron en redes sociales. En ellos, reflexionaban sobre el documental Generació Porno, emitido en TV3 en 2023, y advertían de que no se distinguía entre infancia y adolescencia. ¿Por qué era tan importante esta distinción?
Bruna: En el documental se metía a todos los menores de edad en el mismo saco. Para nosotras, no es lo mismo que un niño de 9 o 10 años acceda a contenido pornográfico que una persona de 15 o 16. Los adolescentes tienen más madurez e incluso es posible que ya hayan tenido alguna primera experiencia sexual. En ese caso, el porno puede complementar su imaginario, pero no es el único modelo o referente. Nuestra propuesta educativa es que, si ese contenido llega, sea lo más tarde posible.
Laura: En el ámbito educativo, no es lo mismo trabajar con niños que con adolescentes. Estos tienen que ir ganando autonomía y tomar sus decisiones con la mayor información posible.
En el libro explican que, cuando entran en las aulas, se encuentran con realidades y experiencias muy distintas. ¿Cómo se habla de sexualidad y pornografía sabiendo que cada uno parte de un lugar diferente?
Laura: Aunque algunos adolescentes no consuman porno, entendemos que forma parte de su entorno y que puede estar presente a través de sus amistades o del uso que hacen de Internet. Como educadoras, nuestra tarea es detectar si hay consumo y cómo es, si es mayoritario, etc. A partir de ahí, adaptamos el lenguaje y profundizamos más o menos a la hora de contrarrestar discursos o proponer imaginarios alternativos.
Son críticas con la etiqueta "generación porno".
Bruna: Los adolescentes son muchas más cosas. Los estudios lo confirman: hay jóvenes que no consumen porno o que lo hacen de forma esporádica. Es cierto que hay quienes lo consumen de forma arriesgada, pero la diversidad es enorme. En esos casos, podemos intervenir individualmente, escucharlos y hablar sobre qué ven y qué impacto tiene en ellos.
Defienden que la sexualidad es una realidad compleja, presente en todas las etapas de la vida, incluso en la infancia. ¿Cómo se introduce en edades tempranas? ¿Es una forma de prevenir abusos sexuales?
Laura: La sexualidad existe desde que nacemos hasta que morimos. Siempre hay que acompañarla y adaptar el lenguaje según la madurez de cada criatura. Hay que escuchar sus necesidades. Aparecen muchos tabúes cuando proponemos educar sexualmente a los niños, porque la gente piensa que vamos a hablar de prácticas sexuales o que vamos a anticipar cosas que no tocan. Pero hay que entender que la educación sexual abarca muchas cosas: desde el conocimiento del cuerpo y la reproducción, hasta la salud sexual o las relaciones afectivas. Tiene que ver con cómo reconocen sus emociones y cómo las comunican, cómo entienden sus propios límites y los de los demás.
La sexualidad existe desde que nacemos hasta que morimos. Se debe acompañar siempre y adaptar el lenguaje
En estas etapas es importante no generar tabúes alrededor de los genitales y nombrarlos por su nombre, además de hablar de higiene personal, de cómo afectan los cánones estéticos y de la construcción de la autoestima. También hay que reconocer que los niños sienten placer sexual, que tienen curiosidad por descubrir su cuerpo y el de los demás. Si entienden el concepto de intimidad, quién puede traspasarlo y tienen herramientas para comunicarse, podremos prevenir mejor los abusos sexuales. A menudo nos olvidamos de acompañar la sexualidad desde una perspectiva positiva y acabamos vinculando el cuerpo y el placer con el peligro, en lugar de relacionarlo con el deseo, el descubrimiento y el disfrute.
Bruna: El tabú nace cuando proyectamos una mirada adulta sobre la sexualidad infantil. Los niños no viven la masturbación como un adolescente o un adulto, sino que exploran una parte de su cuerpo que les da placer, como cuando descubren el mundo con la boca. Hay un miedo social muy fuerte alrededor de este tema.
Hay un gran debate sobre el consumo de pornografía en la adolescencia, pero ¿qué pasa con el consumo en la adultez? ¿Debería tener límites?
Bruna: Lo que debería regularse es el funcionamiento de la industria para que sea más ética y justa, aunque eso es complicado en el mundo capitalista actual. El problema no es que alguien se excite viendo contenido sexual, es un estímulo más que puede ayudarnos.
Laura: Hay que abrir más espacios de debate social sobre los contenidos que existen. Hace unos años había prácticas que hoy consideramos totalmente inaceptables. Es importante hablar de cómo cambia el sentido común, promover una visión de las relaciones sexuales basada en el placer y el respeto, y presionar a la industria para que cambie sus contenidos. Como adultas, tenemos la responsabilidad de elegir qué consumimos, qué plataformas usamos y si optamos por pagar por un consumo más ético.
Distinguen entre fantasía, entendida como un pensamiento excitante que no necesariamente queremos llevar a la práctica, y deseo, que sí queremos realizar. ¿Es aceptable tener cualquier fantasía, incluso si es moralmente reprobable?
Laura: No podemos meternos en la mente de las personas y decidir qué está mal. Lo único que se genera al entrar en ese terreno imposible es culpa y una relación tóxica de entrada con la sexualidad. Es mucho más interesante distinguir entre lo que alguna vez se nos pasa por la cabeza y lo que elegimos hacer. Tener una fantasía no me convierte en una persona que va a llevar a cabo esa acción. El debate social y la responsabilidad giran en torno a lo que hacemos. Qué es aceptable, si se castiga y cómo. No podemos poner límites a lo que pensamos.
Debemos distinguir entre las fantasías que nos pasan por la mente y aquello que elegimos hacer
Bruna: No hay que preguntarse si es aceptable o no. Las fantasías con la violencia, por ejemplo, existen. Es un terreno que muchas veces tiene que ver con el inconsciente y que se relaciona con lo prohibido o con nuestras vivencias personales, incluso de abuso o trauma.
Laura: Y si esas fantasías generan conflicto en la persona, se tienen que poder trabajar. Si no se reconocen, aparece la angustia, la culpa y los juicios que impiden poder abordarlas y transformarlas.
¿Qué representamos en la pornografía? Porque a la hora de grabar un vídeo, aunque sea una práctica consensuada, se alimenta un imaginario colectivo e influye en la excitación.
Laura: Aquí ya no hablamos de fantasías, sino de representaciones de la sexualidad, que ayudan a generar imaginarios, como bien dices, o a normalizar comportamientos. Por eso problematizamos el porno hegemónico: es un agente socializador que consolida o reproduce determinadas conductas. Si no se deja claro que es una práctica consensuada, y se muestra como una obligación, contribuye a erotizar una forma de violencia.
Bruna: Es muy importante diferenciar las prácticas BDSM [Bondage, Dominación y sumisión, y Sadomasoquismo], donde hay excitación con el dolor y los roles de poder, de la violencia. En el BDSM puede haber placer, es una práctica tan legítima como cualquier otra y tiene protocolos de seguridad porque implica más riesgos. Otra cosa son las representaciones de violencia y su impacto en los jóvenes.
El porno no es el único agente que influye, también lo son el cine o la literatura.
Bruna: Siempre lo decimos. Se habla del porno como si estuviera aislado, sin tener en cuenta que hay otras representaciones condicionantes. Hay libros que romantizan conductas tóxicas y youtubers que inciden en la percepción del sexo. Las políticas públicas y los discursos que se defienden en el Parlament también influyen en la sexualidad de los jóvenes, especialmente en un contexto de auge de la extrema derecha.
La literatura y los 'youtubers' también romantizan conductas tóxicas e inciden en la percepción de la sexualidad
¿Puede profundizar en esta cuestión?
Laura: Cuando hacíamos talleres, escuchamos a alumnos decir que para follar había que firmar un contrato. Se había abierto el debate legal y social sobre el consentimiento. Aparecieron discursos que banalizaban la violencia y manipulaban la propuesta que hacía la izquierda sobre las relaciones sexuales, y esos discursos llegaron a las escuelas. Incluso se difundió un documento entre adolescentes para evitar ser acusados de violadores.
Bruna: Los casos mediáticos de violencia sexual han cambiado el discurso de los jóvenes. Ahora están mucho más presentes los conceptos de abuso sexual o acoso. Hace 10 años no era habitual ese lenguaje.
Los jóvenes de hoy tienen mucho más presentes los conceptos de abuso sexual o acoso que los de hace diez años
¿Cómo abordan la distorsión de los avances en derechos sexuales?
Laura: Los jóvenes no se iluminan. Hay toda una red de youtubers antifeministas y miembros de la extrema derecha que elaboran discursos con titulares muy simples, pero que calan mucho. Es una reacción al avance de los derechos feministas y LGBTI. ¿Qué debemos hacer ante eso? Potenciar la capacidad crítica de los jóvenes y abrir espacios de debate para que sean ellos quienes disciernan qué es cierto y qué no, en lugar de decirles directamente qué está bien y qué no. También es importante entender por qué se sienten señalados.
Celebramos que se haya introducido la perspectiva de género en los centros educativos, pero muchas veces ha sido en forma de talleres aislados. Si lo único que se hace es pintar un banco con la bandera arcoíris y celebrar el 8 de marzo, no se está haciendo un trabajo transversal de repensar la historia, la literatura o el sistema. Tenemos que ser críticos y preguntarnos si damos la misma importancia a todas las desigualdades, es decir, si denunciamos el racismo estructural, la crisis de la vivienda o la precariedad social. Hay que romper con la idea binaria de culpables y víctimas, y trabajar de forma mucho más interseccional el resto de discriminaciones que sufrimos.
Eso implica reformular por completo la educación sobre las desigualdades.
Laura: El conflicto social se traslada de la calle al aula. Tenemos que saber cómo llevar esa tensión y trabajarla con los adolescentes.
Bruna: Hay que escucharlos y entender por qué algunos piensan que el consentimiento es igual. Generar espacios para dialogar y que no se encuentren con un muro. Preguntar por qué piensan lo que piensan, responder a su curiosidad y problematizar ciertos argumentos.
Parafraseando a la historiadora feminista Annette Kuhn, en el libro apuntan que "el aumento de la agresividad en el porno hegemónico podría estar relacionado, entre otros factores, con la crisis de autoconfianza masculina vinculada a la crisis económica y al miedo a perder privilegios debido al auge de los movimientos feministas y LGBTI".
Bruna: Lo debatimos mucho e investigamos a fondo la crítica feminista al cine.
Laura: Escribimos "entre otros factores" porque no queríamos generalizar. La idea es que el avance de derechos se percibe como una amenaza para los privilegiados y no como un progreso colectivo. Cuando la masculinidad se transforma y el hombre ya no es el protector de la familia, cuando la economía ya no depende solo de sus ingresos, resurge la necesidad de recuperar el control y la posición de dominio. Lo que decimos es que eso puede tener un impacto en las representaciones, también en el porno.
La transformación de la masculinidad y la necesidad de recuperar la posición de control ha impactado en el porno
Hablemos de las categorías. ¿Buscar contenido sexual de personas gordas o racializadas es gordofobia o racismo? ¿Cómo diferenciamos la preferencia del fetiche?
Bruna: El problema no es excitarse con personas gordas, sino que las webs pornográficas estén estructuradas así. Que haya una categoría específica para personas gordas es gordofóbico porque diferencia lo normativo de lo que no lo es. Nadie categoriza o fetichiza el coito o los genitales. Queremos que haya un amplio abanico de prácticas sexuales y es normal que existan algunas menos comunes, como el BDSM, pero que no estén mal vistas socialmente. Por mucho que cuestionemos el concepto de fetiche, hay que señalar que hay prácticas —siempre consensuadas— que están estigmatizadas.
Excitarse con las personas gordas no es gordofóbico, lo es que las webs pornográficas tengan categorías concretas
Presentan el concepto de "extimidad". ¿Qué es y cómo influye en la sexualidad adolescente?
Bruna: Es la transformación del concepto de intimidad. Con las redes sociales, aspectos que antes pertenecían al ámbito más personal ahora se comparten con todo el mundo como si fueran parte de nuestra cotidianidad. Ha cambiado la percepción de lo que se expone y lo que no.
Laura: También se incluyen los estados de ánimo o las emociones. No hace falta enseñar nada explícito, se ha normalizado expresar o compartir cómo nos sentimos.
¿Ha cambiado la percepción sobre enviar o recibir desnudos?
Laura: Más allá del ámbito sexual, como personas que no vivimos una adolescencia digital, tenemos que entender lo que significa desarrollarse en un entorno que siempre ha sido así. Su mirada al mundo está mediada por las redes sociales. No les mueven las mismas cosas que a nosotras y no hay que condenarlo. Hay que acompañar a los jóvenes y ofrecerles herramientas de información para minimizar los riesgos.
Cuando compartes una foto, pierdes parte del control sobre esa información. No es lo mismo que imprimir una foto y dársela a alguien. Ahora bien, si los jóvenes están informados de los riesgos, es su decisión enviar contenido más o menos revelador —que se vea o no la cara, por ejemplo-. Y si se produce una situación de violencia, no deben sentirse culpables, sino señalar a los responsables que han difundido la imagen o enviado contenido no deseado.
¿Deben ser los Mossos quienes sensibilicen sobre las nuevas formas de violencia digital?
Bruna: El discurso de los Mossos muchas veces se centra en si algo es delito o no. Podríamos preguntarnos si es la Policía quien debe seguir haciendo esta prevención. Nosotras creemos que no, porque acaba siendo una lógica de control y no de educación digital, que es por lo que apostamos.
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