Ernestina González, la gran olvidada del exilio antifranquista que fue investigada por el FBI
Escribió artículos, arengó en la radio, organizó marchas en Nueva York a favor de la Segunda República y terminó perseguida durante la caza de brujas.

Madrid-
Fue la voz del activismo antifranquista en Nueva York durante veinte años. Sufrió la persecución del FBI, que la vigiló y la investigó no solo en Estados Unidos, sino también en México. No hubo otra española que fuese llevada a juicio por el Comité de Actividades Antiamericanas. Escribió en prensa, arengó en la radio, organizó una marcha de tres mil hispanas antifascistas en Washington, exigió el fin del embargo a la venta de armas a la Segunda República…
“¿Quién era esa archivera que llenaba teatros en Manhattan pronunciando discursos incendiarios?”, se preguntó Ana María Díaz Marcos, catedrática de Literatura en la Universidad de Connecticut, tras descubrir el alegato de Ernestina González en el Teatro Royal Windsor.
Es bien sabido que ninguna revolución puede triunfar sin la incorporación de la mujer a la lucha, por eso la mujer española desde el principio de nuestra guerra acudió en defensa de las libertades de España. En los momentos de improvisación, cogió el fusil y marchó a los frentes de combate; en la retaguardia invadía los hospitales, las escuelas, los comités políticos, en el hogar alentaba a sus compañeros, a sus hermanos, a sus hijos en la lucha, en la calle organizaba manifestaciones levantando la moral de los combatientes.
Estas fueron las palabras de la directora del programa radiofónico La voz de España combatiente que resonaron el 19 de diciembre de 1937 en Nueva York, donde se enorgullece de estas “heroínas”, “mujeres bravas”, “estoicas y valientes”, por lo que pide a sus compatriotas en el exilio luchar por el Gobierno del Frente Popular y trabajar desde la retaguardia americana “sin desmayo, abnegación, sacrificio, hasta conseguir la liberación de España”. Una alocución que conecta clase y género: “La emancipación de la mujer está íntimamente unida a la emancipación de la clase trabajadora en general”. Aplausos.
Ana María Díaz Marcos nunca había escuchado su nombre. Incluso hoy resulta infructuosa la búsqueda de una foto suya, metáfora del borrado histórico de un personaje fascinante. Apenas aquel discurso titulado Mujeres a la lucha, publicado en el periódico antifascista neoyorquino La Voz, y un artículo accesible en la web de la Complutense que “apenas disipaba la niebla de silencio y olvido que se cernía” sobre la militante antifranquista, escribe la catedrática asturiana en Ernestina González, un pulso antifranquista (Espuela de Plata), fruto de su empeño y labor investigadora.
Así, gracias a la profesora de la Universidad de Connecticut, conocemos al detalle la vida de la bibliotecaria burgalesa que fue alumna de Unamuno en Salamanca, vivió en la Residencia de Señoritas y se codeó con Lorca, Buñuel y Dalí antes de pedir una excedencia para trabajar como lectora de español en Estados Unidos.
Allí se casó con el ingeniero Leo Fleischman y, juntos, se instalaron en Madrid en 1933, donde fueron testigos del estallido de la guerra civil. Él se alistó en el Quinto Regimiento y empezó a trabajar en una fábrica de municiones que fue saboteada por los fascistas el 30 de septiembre de 1936. Muerto a causa de una explosión, la viuda del primer voluntario estadounidense fallecido en la contienda decidió regresar a Nueva York.
Entonces pasa a ser Ernestina G. Fleischman, pese a que su nombre sufriría variaciones, otro de los motivos por los que se había perdido su rastro hasta que ha sido rescatada. "Al principio iba a escribir un libro académico y luego pensé en una biografía. Sin embargo, cuando tuve acceso a los informes del FBI —que la vigiló durante décadas y la vinculó con el espionaje, el comunismo y la subversión— pensé que parecía una novela de espías sin necesidad de inventarme nada, porque todo es producto de un peregrinaje de cinco años por archivos estadounidenses y españoles”, explica Ana María Díaz Marcos.
Miembro del Comité Unido Pro Refugiados Antifascistas, Ernestina González consagró su vida a la causa republicana y a la lucha antifascista desde el exilio neoyorquino, donde se erigió en la activista contra Francisco Franco más relevante de la ciudad. “El FBI la investigó en dos casos confidenciales y de alto secreto, aunque también estuvo en la mira del Departamento de Inmigración. La consideraban una roja, pero ella no se amilanó ante el Comité de Actividades Antiamericanas. ¿Para qué queremos una serie de Netflix cuando tenemos historias como la suya?”, se pregunta la catedrática de Literatura, encargada de disipar esa niebla amnésica en el cincuenta aniversario de su muerte.
Nacida en la localidad burgalesa de Medina de Pomar en 1896, Ernestina González falleció en Madrid en 1976, adonde llegó procedente de México, país en el que se vio obligada a refugiarse porque “le hicieron la vida imposible durante la caza de brujas del macartismo”. Sin embargo, entre 1936 y 1953 se dedicó “en cuerpo y alma al activismo en favor de la República española, contra el fascismo primero, contra Franco después y siempre por la democracia”, escribe su biógrafa.
“Ernestina llegaba a Nueva York como emisaria, portadora de noticias y agente de una compleja misión: hacer propaganda, educar a la opinión pública sobre el conflicto español y presionar por todos los medios posibles para que Estados Unidos levantara el embargo”, recuerda en su libro Ana María Díaz Marcos, quien destaca su relieve histórico e intelectual, sus escritos pacifistas y antiimperialistas, su ayuda a los exiliados que cobijó en su casa, así como su capacidad oratoria. “Su involucración con la causa republicana y antifascista fue absoluta”.
Ernestina González, un pulso antifranquista traza una ruta vital que atravesó Burgos, Salamanca, Madrid, París, Nueva York y México. Fue una de las primeras mujeres universitarias de nuestro país e integrante del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, al igual que su hermana María Luisa. Ejerció también como profesora de inglés tras regresar a España en 1959. Y batalló para recuperar la plaza de funcionaria que le había arrebatado el franquismo.
Lo consiguió a los 69 años, aunque “con inhabilitación para cargos directivos y de confianza”. Tras pasar por la Inspección General de Archivos y luego por las Bibliotecas Populares, se jubiló apenas un año después. “Esa reincorporación tenía un valor simbólico y era una victoria, pero su pleito con la administración no terminó con el final de su vida laboral”, subraya su biógrafa en el libro. Entonces, exigió una reparación por su cese en 1939 y los trienios acumulados desde entonces. En 1972, el Tribunal Supremo admitió sus peticiones.
“He dedicado los últimos años a desenredar este ovillo para dar a conocer su extraordinaria vida”, escribe Ana María Díaz Marcos, quien encontró una carta escrita a la Pasionaria en 1939 una vez terminada la biografía. Cuando el Comité de Actividades Antiamericanas le preguntó a Ernestina González si era miembro del Partido Comunista, lo negó: “Esa pregunta no es pertinente”. Sin embargo, la misiva dirigida a Dolores Ibárruri, donde la invita a participar en un festival de apoyo a los refugiados, esclarece su ideología, muestra su relación fluida, refleja su colaboración y evidencia su confianza y su cercanía, según su biógrafa.
No sabes cómo me he acordado de ti en estos días trágicos que vivimos, como sufrí por tu vida y por la de los demás camaradas que sabía que estaban contigo. Es un gran consuelo pensar que tú que tanto representas para nosotros, que tú que tanto puedes hacer para nuestra lucha futura estés a salvo, sin que por eso disminuya nuestra amargura al pensar en el martirio en que viven en estas horas nuestros camaradas en Madrid.
Ya supongo que tendrás noticias del comportamiento de todas las compañeras de la Comisión de Auxilio en los días trágicos de la caída de Barcelona y del éxodo, créeme Dolores que hicimos todo lo que pudimos y que la mayoría de ellas permanecimos en nuestros puestos hasta el último momento, cumpliendo con las misiones que el Partido nos encomendó.
“Sin duda, era militante del Partido Comunista”, concluye la profesora de la Universidad de Connecticut, quien paró las máquinas para incluir un extracto de la carta y una cita al comienzo de un libro que, en el cincuenta aniversario de su fallecimiento, al fin ha hecho justicia con Ernestina González. Dice así:
Es una satisfacción pensar que uno ha hecho todo lo que ha podido y que ha dado todo lo que ha tenido, y que a través de esas pruebas duras se ha fortalecido más y más nuestra entereza revolucionaria para seguir luchando.



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