Entrevistas imposibles
"A la gente blanca os gusta mucho blanquearlo todo"
Entrevistas imposibles a personajes de ficción. Hoy viajamos con Marji a Persépolis.
Quedamos en una cafetería de París. Mientras espero, observo al otro lado de la calle los muros de Père Lachaise, el cementerio más visitado del mundo. Al principio, la población parisina no quería enterrarse tan lejos de sus casas, pero la ciudad creció, la mentalidad cambió y el cementerio tuvo que ampliarse varias veces. Ahora descansan en él figuras como Jim Morrison, Maria Callas, Oscar Wilde, Colette o Chopin.
Quien parece no haber crecido es la niña que se acerca y se sienta a mi mesa. Lleva una media melena a la altura de las orejas, negra. Aunque toda ella es blanca y negra: sus ojos, su piel, su ropa. Todavía no le ha salido el lunar del caballete de la nariz. Nos saludamos. Tiene unos diez años, por lo menos en lo físico. No puedo evitar preguntar:
¿Naciste en 1969 o en el 2000?
Lo único que sé es que morí en 2026.
Me mira fijamente y hay unos segundos de silencio incómodo. No sé cómo en el periódico han decidido ofrecerme esta colaboración un verano más. Si sigo así, será el último. Su voz suena abatida:
Todavía no he ido a visitar su tumba, ¿sabes? Mi tumba. Es difícil verte muerta.
Pero tú no estás muerta. Vives en todos los libros de Persépolis que hay en el mundo, más de dos millones, en más de 20 idiomas. Y en la película de 2007. Gracias a ti, niñas como yo conocimos Irán, el de antes y el de ahora. Y también gente no tan pequeña: para ellos, tu país eran los reportajes del sha en el Hola!.
El sha fue un títere de vuestros gobiernos, a los que solo les interesaba el petróleo. La población iraní no le importaba a nadie. A la gente blanca os gusta mucho blanquearlo todo: si salía en el Hola! no podía ser tan malo. Viviré en todos esos libros, pero tanto el cómic como la película están prohibidas en mi país. Allí no existo.
Tus padres te enviaron a Austria con 14 años. Te dijeron que lo mejor era que salieses de Irán debido a la educación que te habían dado y a tu carácter. En tu historia se ve que eres una niña lenguaraz y terca, pero también con mucho sentido del humor. A pesar de las tragedias, hay momentos en los que nos haces reír a carcajadas. ¿Cómo eres capaz de combinarlo todo?
Solo podemos compadecernos de nosotros mismos cuando nuestros males son soportables. Una vez se traspasa ese límite, la única forma de soportar lo insoportable es tomárselo a risa. Eso lo entendí cuando ya era mayor de edad, así que supongo que de pequeña lo del humor era innato. Por ejemplo, cuando tenía seis años quería ser profeta de mayor. Hasta hice mi propio libro sagrado, con las reglas que me parecían indispensables a esa edad: todo el mundo debe tener coche, todas las criadas deben comer a la misma mesa que sus señores, ninguna abuela debe sufrir. En mi cabeza, Dios y Marx eran muy parecidos. Aún así, lo pasé muy mal.
¿En Irán o en Austria?
En ambos. Mi infancia fue feliz, por lo menos la primera parte, porque a los diez años ya nos impusieron el velo para ir a clase. No nos gustaba, sobre todo porque no sabíamos el porqué. Hasta aquel momento, habíamos sido educadas en una escuela francesa y laica. A partir de ahí, mis recuerdos en Irán están atravesador por el miedo y la tristeza, pero también el enfado. Cuando mis padres me enviaron a Austria, lo hicieron porque me querían tanto que preferían dejarme marchar. Mi padre me dijo que no olvidase nunca quién era ni de dónde venía, pero ¿a dónde pertenece alguien que no vive en donde ha nacido? Para los europeos, yo no era de allí, pero cuando volví a Irán con 18, para los míos tampoco. Fue así como supe de la existencia del desarraigo.
¿Se habla poco del desarraigo?
Se habla demasiado de la pertenencia y la tierra no debería tener poseedores. La tierra es de la humanidad. Hablábamos antes del velo: con los años entendí que no era un tema religioso, sino político y de identidad. En otros lugares se critican las minifaldas. Siempre somos nosotras y nuestra forma de vestir. ¿Y ellos qué? De entre los mamíferos, el hombre es el único que mata a su hembra. Y calificamos ese acto como bestial, aunque ninguna otra bestia lo haga. Eso es la humanidad. Pero también hay seres humanos que pierden la vida a manos de sus torturadores para proteger a sus semejantes. U orquestas que tocan una sinfonía y nos regalan la forma más pura de belleza, mientras que otros solo orquestan guerras. Y los seres humanos aplaudimos con el mismo fervor a todos.
Sin embargo, lo que permitió a nuestra especie situarse por encima del resto de seres vivos fue que creó sociedades; y una sociedad solo existe porque cuidamos de nuestros semejantes. Que no se nos olvide nunca. Aunque la especie humana tiene la memoria muy corta: desde aquí veis a Irán muy lejos, pero lo que nos pasó a nosotros está empezando a pasar aquí también, con toda esta ola reaccionara y ultra conservadora. Hay gente que odia el velo y santifica a las tradwives, cuando son lo mismo, pero pecáis de occidentecentrismo.
¿Son malas las religiones?
Las religiones per se no, el fanatismo sí. Y todas las religiones tienen fanáticos.
Tu abuela te dijo: “Vas a encontrar muchos imbéciles en tu vida. Si te hacen daño, piensa que es la estupidez la que los mueve. No respondas a su maldad, puesto que no hay nada peor en el mundo que la amargura y la venganza. Tú mantén siempre tu dignidad y sé fiel a ti misma”.
Y le fallé. En Austria, para encajar con mis nuevos amigos occidentales, negué ser de Irán y dije que era francesa. Al final terminé gritando en una cafetería que era iraní y a mucha honra, pero hay cosas que necesitan una madurez para ser vividas. Cuando eres pequeña, quieres la aprobación de los otros. Nos prostituimos mentalmente para gustar, en la infancia y muchas veces en la adultez.
¿Te gustaría volver a Teherán?
Antes sí. Ahora sé que jamás lo haré. Como digo al final del libro: la libertad tiene un precio.
Su mirada se pierde en los muros de Père Lachaise, en donde el pasado 19 de junio enterraron a Marjane Satrapi a los 56 años.
¿Sabes? Dijeron que se había muerto de tristeza tras el fallecimiento de su marido, pero no es verdad. Si la tristeza matara, se habría muerto mucho antes. Y ahora tengo que dejarte, voy a ir a despedirla. Las despedidas y la muerte se parecen, como Dios y Marx, ¿no crees?

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