Opinión
¿A quién pertenece 'Persépolis'?

Por Leila Nachawati
Doctora en comunicación y conflicto, profesora en el departamento de Comunicación de la Universidad Carlos III. Autora de 'Cuando la revolución termine'.
Las grandes obras artísticas tienen un enorme poder de influencia, por lo que no es de extrañar que distintos sectores intenten apropiárselas para sus agendas o intereses. El trabajo de la dibujante iraní Marjane Satrapi, que revolucionó la novela gráfica con Persépolis, no es una excepción. Tras su muerte el pasado 3 de junio en París, se han multiplicado los intentos tanto de capitalizar su legado como de desprestigiarlo.
'Persépolis' y los intereses geopolíticos
Persépolis, la obra cumbre de Satrapi, es una autobiografía en viñetas. A través de su infancia y de la historia de su familia, la autora nos acerca a la realidad social y política de Irán desde la caída del Sha de Persia, que gobernó mediante una brutal represión interna, mientras proyectaba una imagen de apertura y modernidad como gran aliado de las potencias occidentales. El cómic no pretende, por tanto, ser una investigación histórica ni un retrato definitivo del país, sino una visión íntima y subjetiva.
Sin embargo, desde su publicación quedó clara la facilidad con la que esta perspectiva podía ser instrumentalizada en beneficio de la geopolítica occidental. La obra retrata muy bien el desencanto de una gran parte de la población ante el secuestro de la revolución popular de 1979 por parte del ayatolá Jomeini y la élite religiosa, algo que ha sido utilizado por las potencias enemigas de la República Islámica, desde la justificación de sanciones económicas que han asfixiado a la población civil hasta la reciente campaña de bombardeos liderada por el primer ministro israelí y su aliado estadounidense.
Según Parisa Delshad, académica iraní residente en España y especialista en literatura iraní de la diáspora, con quien hemos hablado para Público, los ataques de estas potencias "no surgen de un posicionamiento de defensa de las víctimas de la represión (revolucionarios comunistas, laicos, feministas, y la sociedad iraní en su conjunto), que impulsaron las protestas iniciales y acabaron asesinados, encarcelados o en el exilio, sino que buscan alimentar la agenda política de estas potencias".
Sobre esta instrumentalización, Delshad recomienda el trabajo del historiador iraní Hamid Dabashi, que analiza cómo obras como Persépolis o la aclamada Leer Lolita en Teherán se prestan a usos perversos desde visiones orientalistas, independientemente de la intención de sus autoras. En el caso del libro de Azar Nafisi, los derechos para su adaptación al cine fueron adquiridos y la película dirigida por el cineasta israelí Eran Riklis, lo que contribuye a enmarcar la historia del sufrimiento de las mujeres iraníes dentro de la narrativa geopolítica israelí.
Frente a estos intentos de apropiación, Fatemeh Shams, profesora asociada de Literatura Persa en la Universidad de Pensilvania y activista feminista, considera que Satrapi "rompió la imagen monolítica impuesta tanto por la fantasía orientalista como por la propaganda estatal". En conversación con Público, Shams asegura que con su obra y su trayectoria la autora “demostró al mundo que las mujeres iraníes no son víctimas silenciosas, sino pensadoras, rebeldes y artistas, con todas sus contradicciones".
"Es cierto que conviene cuidar las imágenes que se proyectan de cara a Occidente, pero tampoco debemos caer en la autocensura", señala Delshad. "El terror posrevolucionario es real y la obra de Satrapi toca muy de cerca a quienes lo sufrieron. Es difícil encontrar a una persona iraní que no haya vivido prácticamente todos los episodios que se relatan. La censura, el acoso de la Policía de la Moral, la ejecución de disidentes… todo lo que relata es una historia que millones hemos vivido", afirma.
"Nuestra historia no es orientalista"
A la vez que se multiplican estos días las loas a Satrapi, abundan también los intentos de desprestigiarla, precisamente por ese uso orientalista o alineado con los intereses occidentales de su obra. Desde posturas ancladas en visiones de la Guerra Fría y de mundo en dos ejes, una lógica que ha hecho un daño inmenso a la solidaridad internacionalista, ciertos sectores autodenominados de izquierdas continúan defendiendo sin tapujos a la República islámica, bajo la idea de que funciona como contrapeso geopolítico frente a Estados Unidos e Israel, y criminalizando a quienes alzan la voz contra esta teocracia.
Desde la rigidez de ese posicionamiento, se obvia el sufrimiento diario de la población iraní y se ignora un aparato estatal que solo en 2023 ejecutó a más de 850 personas, según cifras de Amnistía Internacional, y que no ha dejado de hacerlo en los meses que ha durado la última campaña de bombardeos contra el país. Estos sectores, que se alinean no con el pueblo iraní sino con el régimen que lo oprime, cargan desde hace años contra Satrapi, acusándola de alimentar la islamofobia o llegando al extremo de tildarla de sionista.
Satrapi, sin embargo, no es responsable de las agendas de unos y otros. Basta con repasar su obra (Persépolis, pero también Pollo con ciruelas o Bordados) para comprobar que la autora no escatimó en críticas hacia ninguna estructura de poder. En sus páginas hay una condena clara tanto de la dictadura del Sha como del régimen iraní actual. También del imperialismo estadounidense y de la deshumanización y el racismo que sufre la población migrante y refugiada en Europa y, en particular, en Francia. La propia Satrapi fue tajante al respecto a principios de 2025, cuando rechazó la Legión de Honor, la máxima condecoración que entrega el estado francés. La autora, que recibió la nacionalidad francesa en 2006, denunció públicamente que las autoridades negasen sistemáticamente visados a jóvenes disidentes y artistas iraníes obligados a huir, a la vez que permitían que oligarcas del régimen se paseasen libremente por las calles de París o la Costa Azul.
Para Shams, "al negarse a ser instrumentalizada por intereses de unos u otros, Satrapi dejó espacio para el matiz, para la ambigüedad y para las verdades que no caben en los titulares".
"El arte no puede pedir perdón por existir ni medir constantemente sus pasos para no ser malinterpretado", señala Delshad. "¿Qué hacemos, no hablar, solo porque nuestra historia pueda ser robada? No podemos estar siempre pensando en educar a la audiencia para que no tenga prejuicios, ni ir pisando minas a la hora de contar nuestras vivencias o de ejercer nuestra libre expresión”. Y concluye: “Nuestra historia no es orientalista, lo son las miradas que tratan de apropiarse de ella".

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