Entrevista a Lurdes Quintero y Marina Barberà"La sociedad no está preparada para reconocer que el suicidio es un problema social y colectivo"
'Público' habla con las autoras de '40 segundos. Las ganas de morir en la sociedad capitalista', un libro que aborda esta problemática desde una perspectiva social y política.

Barcelona-
Cada 40 segundos una persona se suicida en el mundo. "Una cifra que remueve y que pone de relieve la magnitud del problema", explica Lurdes Quintero, autora de 40 segons. Les ganes de morir en la societat capitalista (40 segundos. Las ganas de morir en la sociedad capitalista), (Tigre de Paper), su primer libro, ilustrado por Marina Barberà. La publicación recoge diez relatos de personas atravesadas por el suicidio, con casos anónimos y otros conocidos, como el de Kurt Cobain. Las autoras abordan esta problemática desde una perspectiva social y política, a través de un formato de ensayo gráfico que combina narración, testimonios e ilustración.
Lejos del típico discurso de autoayuda, el libro analiza cómo el sistema capitalista, la precariedad, la soledad y la violencia estructural, que sobre todo padecen las personas más vulnerables, como las personas racializadas, afectan a la salud mental y emocional. Al mismo tiempo, plantea alternativas basadas en la comunidad y el apoyo mutuo como antídoto a la problemática del suicidio.
En el título habláis de "las ganas de morir" y no de suicidio. ¿Por qué?
Lurdes Quintero: No queríamos usar la palabra suicidio, porque tiene connotaciones morales e ideológicas. De hecho, no siempre ha existido este concepto. Se forja a finales del siglo XVII, muy influido por el cristianismo, para convertir la muerte voluntaria en un crimen, lo que permitía señalar y prohibir el acto. Queríamos liberar esta noción de la carga moral negativa y centrarnos en lo previo, en las ganas de morir y el asesinato de uno mismo. De la misma manera que un aborto no lo llamamos feticidio, la muerte voluntaria tampoco debería llamarse suicidio. En el libro reivindicamos que no debemos hablar de resultados o de parar el golpe cuando las personas ya han muerto, sino de intentar plantear soluciones antes de la muerte.
¿Qué vínculo tiene el sistema capitalista con el suicidio?
L. Q.: A lo largo del libro vemos cómo vivimos en una sociedad que inherentemente permite el daño colateral: que haya personas que no quieren vivir. Valores como la competitividad, la prioridad del beneficio sobre las personas y otros ejes del capitalismo son factores de riesgo que influyen en la decisión de morir. Queremos dar una perspectiva política y social sobre la muerte por suicidio.
¿Qué os impulsó a escribir sobre este tema desde una mirada ideológica y política?
L. Q.: Soy mediadora de conflictos y siempre he visto el suicidio como un conflicto social. Hace diez años, una persona muy cercana a mí se suicidó por acoso laboral, Marcel, protagonista del primer capítulo del libro. Se demostró que las causas eran ajenas a él, que luchó y no lo consiguió; todos los factores de riesgo estaban condicionados por el acoso que sufría. Me sentía muy frustrada de que esto no se explicara de esta manera: el suicidio siempre se plantea como un problema individual, médico, clínico, patologizador. No se habla de las condiciones sociales, humanas, materiales y económicas que lo rodean.
Por eso quería analizar los conflictos desde una perspectiva geopolítica y social. Además, hay muy poca literatura sobre este tema más allá de Marx o Ukren, y me parecía necesario aportar este contenido a la sociedad.
Dices que el suicidio no es un acto individual, sino social. ¿Qué quieres decir con "asesinatos sociales"?
L. Q.: Por ejemplo, en los casos de acoso laboral, la precarización y la falta de control sobre las condiciones laborales que se imponen a los trabajadores generan oleadas de suicidios en empresas y países diferentes. Es un problema estructural: las regulaciones laborales permiten que una parte de la población no pueda resistir y acabe decidiendo morir. Es un problema social. También ocurre con la vivienda, que aunque sabemos que el suicidio es multifactorial y no siempre hay una relación causal, es mucho más complejo: condiciones materiales precarias, falta de un techo digno, desigualdad y opresiones diversas generan un riesgo social. Hay muchas otras opresiones que pueden atravesar a la persona. El hecho de que haya personas que tengan unas condiciones materiales de vivienda muy precarias, o que directamente no tengan casa, es una responsabilidad social. Si no, significa que es responsabilidad de esa persona que no ha hecho lo suficiente. Y quizás esa persona no ha tenido las oportunidades o facilidades que han podido tener otras personas. Por lo tanto, el problema no es de ella, sino de la sociedad, que la está excluyendo y la está empujando a que al final decida marcharse.
¿Garantizar un techo puede ser una manera de prevenir el suicidio?
L. Q.: Sí. Es muy difícil, o casi imposible, determinar qué porcentaje de las personas que se suicidan lo hacen por la falta de condiciones de vivienda dignas, o por desahucios. Pero las condiciones en las que vivimos también influyen. Una de las preocupaciones más importantes actualmente es la cuestión de la vivienda. Por lo tanto, coincide con el hecho de que muchas personas que han carecido de vivienda con condiciones materiales muy precarias han acabado decidiendo la muerte por suicidio. De hecho, hoy en día, uno de los colectivos que hace más prevención del suicidio son los sindicatos de inquilinas, que no solo están dando una perspectiva de futuro esperanzadora a las personas que padecen esta problemática, sino que las acompañan y las liberan de la culpabilización de haberse quedado sin casa.
Si el tema de la vivienda es uno de los problemas más importantes que tiene ahora mismo la sociedad, ¿por qué no se plantea una política de vivienda digna como una medida de prevención del suicidio? Esa transversalidad en la cuestión del suicidio es muy importante.
La misma pregunta podemos hacer en el ámbito laboral. De hecho, en el libro hablas del "suicidio laboral". ¿Por qué cuesta reconocerlo institucionalmente?
L. Q.: Empieza a haber sentencias que hablan del suicidio laboral. Aceptar que una sociedad provoca suicidios implica aceptar responsabilidades y enfrentarse a poderes económicos. Cualquier cambio en derechos laborales —como reducir la jornada laboral— genera conflicto. La sociedad aún no está preparada para reconocer que el suicidio es un problema social y colectivo. Recientemente, el Gobierno ha planteado aumentar los días de permiso por duelo, y automáticamente todo el sector empresarial se le ha echado encima. O la jornada laboral de cuatro días, si no son capaces de aprobar una jornada semanal de 35 horas…
¿Crees que ha habido avances en visibilizar la salud mental? La gente habla más abiertamente de ir al psicólogo.
L. Q.: Esta cuestión puede parecer un avance, pero a la vez también es la solución y el problema, las dos caras de la misma moneda.
¿Por qué?
L. Q.: El hecho de que se hable tanto de ir al psicólogo es positivo, pero también individualiza los problemas. Si tienes problemas en el trabajo, organízate, afíliate y lucha por tus derechos laborales. Tienes que transformar tus condiciones, no adaptarte. Que te despidan no es una oportunidad, es una putada. El discurso optimista, de felicidad positiva o de ciencia positiva que impera no deja de ser más patologizador.
Ir al psicólogo o al psiquiatra es muy útil, además, dentro de la misma profesión hay muchos tipos de profesionales. Pero no se puede poner la solución total en manos de los psicólogos o psiquiatras, es evidente que hacen una función de acompañamiento muy importante, pero el camino pasa por un cambio de estructuras de poder y por un sistema más colectivo y comunitario.
¿Cuidarnos colectivamente puede salvarnos del suicidio?
L. Q.: La prevención debe ser colectiva, basada en apoyo mutuo y redes de comunidad, no en adaptación individual. Uno de los factores de riesgo más importantes del suicidio es la soledad. En el libro explicamos el caso de una persona que es ingresada en un centro de salud mental por un intento de suicidio, y lo primero que hacen es aislarla. Y quizás lo que necesita es estar acompañada de más personas, sentirse acogida y que puede salir adelante gracias a esa red de apoyo mutuo. La solución pasa por salir de esa mirada individualizante y culpabilizadora de lo que nos ocurre.
Pero no encajar dentro de una comunidad o de un colectivo también te aísla.
L. Q.: Sí, y especialmente ocurría con las mujeres, y con las personas a las que se las tildaba de locas, que si eran un poco diferentes se las encerraba. Esto llega con el inicio del capitalismo, que creó y extendió todo este tipo de discurso que al final es lo que ha generado que hoy en día haya tantas discriminaciones. Toda aquella persona que no era apta para producir, ir a la fábrica o llevar un sueldo a casa, se la marginaba y se la distanciaba, porque el pensamiento imperante siempre es aquel que aporte un beneficio económico.
La exclusión tiene mucho que ver con cómo te han dicho que se deben clasificar las personas. Si nacías mujer debías estar destinada a hacer las tareas del hogar. Si te pasaba por la cabeza escribir un libro, es que estabas loca porque comenzabas a tener ideas por ti misma, que es de lo que habla la locura femenina. A todas esas mujeres que quisieron ser algo más que aquella mujer que tenía hijos y que limpiaba y que estaba ahí para servirle el plato en la mesa al marido, se las tildó de locas y ellas al final se lo creyeron. El contexto social marcaba el rol que debías cumplir en la sociedad. No es la comunidad la que excluye a una persona, sino los valores que te inculcan o te imponen en un sentido siempre económico.
Una sociedad que a menudo se ve abocada a recurrir a los psicofármacos para poder alcanzar ese nivel de producción que comentabas que impone el modelo capitalista.
L. Q.: Los psicofármacos van apareciendo en muchos capítulos del libro porque, por ejemplo, en la cárcel es muy preocupante el uso de psicofármacos que se está haciendo. De hecho, los mismos presos hablan de tortura blanca porque lo que hacen es dormirlos y que no molesten. Sorprende el dato que dice que el Estado español es el país que más psicofármacos consume. Realmente son datos, no nos estamos inventando nada. Y ante esto, más allá del suicidio, tenemos un gran número de población que se está medicando durante su día a día.
Una epidemia.
L. Q.: El consumo de psicofármacos es muy elevado.
Un consumo normalizado e invisibilizado al mismo tiempo.
L. Q.: Sí, es muy normal que la gente se medique para dormir y para despertarse. Al final es ese malestar que intentamos tapar con una pastilla, pero no hay ninguna pastilla en el mundo que dé sentido a la vida. Lo que reclamamos en este libro es politizar ese malestar. Y cuando se politiza ves que detrás hay unos intereses detrás, y hay unas personas que ganan, y otras que pierden, y al final es tu vida. Hemos renunciado a tener una vida mejor, ¿quién nos ha hecho creer eso?
El libro también tiene una parte ilustrada. ¿Por qué decidisteis intercalarlo con las ilustraciones?
L. Q.: Quería que el libro no solo pudiera llegar desde la lectura, sino también desde otros sentidos, y la ilustración lo permite.
¿Ha sido difícil ilustrar el suicidio?
Marina Barberà: Sí, ha sido un reto. Queríamos dar un aire fresco al libro a través de las ilustraciones. Optamos por un tono más poético, para salir de la representación exacta del texto.
¿Has tenido algún dilema?
M. B.: Al final son casos reales. Queríamos encontrar la manera de ilustrarlo y que no estuviéramos dando ideas o contribuyendo al malestar del lector. Son ilustraciones que tienen un aire más esperanzador, activista, en positivo.
Combinan un estilo minimalista con un estilo más estridente, ¿no? Eso también tiene una intencionalidad.
M. B.: La elección de los colores fue una decisión importante porque elegimos que fueran solo dos tintas. El amarillo, que por un lado es el color que se atribuye al suicidio, y el negro, también para jugar con lo que estaba representado en amarillo, que era esa luz, o esa esperanza. Y el negro era la oscuridad. Es un diálogo que interactúa dentro de ese simbolismo.
¿Quitar el tabú de un problema de salud pública como el suicidio ayuda a la prevención?
L. Q.: Hablar de ello quita el estigma. Cuanta más información tienes sobre algo, más seguridad tienes. Está bien que hablemos del suicidio desde una visión más colectiva, y no tan responsabilizadora o individual. ¿Qué hay detrás cuando una persona decide morir? Esa es la pregunta que debemos hacernos, y dar una respuesta colectiva.
Si estás pasando por una mala situación personal, padeces alguna enfermedad mental o tienes pensamientos suicidas, puedes recibir ayuda de tu médico de cabecera, acudir a Urgencias o apoyarte en una persona de confianza y contarle lo que te sucede.
También tienes a tu disposición la línea de atención a la conducta suicida en el 024, el Teléfono de la Esperanza (717 003 717 / 91 459 00 55) o el Teléfono contra el Suicidio (91 138 53 85).

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