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'Locke', la diferencia entre el bien y el mal

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En un tiempo en que disimulos y falsedades se extienden como la peste, cuando pocos se hacen responsables de las decisiones y los actos cometidos, aparece Ivan Locke, un tipo dispuesto a cargar con las consecuencias de sus traiciones y sus errores. "Haré lo que tengo que hacer", dice. Es un hombre resuelto a decir la verdad —para salvar a los demás y salvarse a sí mismo—, aunque ello ponga en peligro los cimientos sobre los que ha construido su vida.

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Y es el único personaje de una película ejemplar, Locke, un ejercicio de virtuosismo narrativo, segundo largometraje de Steven Knight. El actor Tom Hardy —pieza fundamental de este mecanismo— encerrado en un coche, conduciendo durante la noche y hablando por el manos-libres con diferentes personas (Olivia Colman, Ruth Wilson, Andrew Scott...) es todo lo que el cineasta necesita para hacer un hábil retrato del fracaso y, al mismo tiempo, de la redención."La diferencia entre una y ninguna oportunidad puede ser el mundo entero. Esa diferencia es la diferencia entre el bien y el mal", sentencia Ivan Locke en la película, una obra que, más allá de la anécdota formal, se estrena con el valor añadido de su apuesta por la honestidad y la verdad en la Europa de los corruptos y los tramposos.

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Estrenada mundialmente en el Festival de Venecia, la película cuenta la historia de Ivan Locke, un capataz de obra que se ha ganado a pulso la reputación de profesional eficiente. Cuando sale del trabajo, sube a su coche y conduce en dirección opuesta a su hogar. Mientras su mujer y sus hijos le esperan para ver un partido de fútbol, él viaja hacia otra ciudad y desde el coche, por teléfono, tendrá que explicarles por qué no va a llegar esa noche a casa. También tendrá que organizar una jornada laboral histórica en la que él no va a estar. Al día siguiente, tendría que coordinar y vigilar la descarga y colocación de miles de toneladas de cemento en un solar que acogerá un gran edificio. Locke perderá su puesto por no estar allí, pero no permitirá que haya ningún error que podría ser fatal. "Un error y con el tiempo aparecerán grietas".

Son 85 minutos en los que un guion trabajado minuciosamente y donde nada es gratuito, y, sobre todo, la interpretación magnífica de Hardy van convirtiendo la película en una obra de suspense, en la que crece y crece la tensión, sin caer en la tentación de forzar el debate emocional del personaje más allá de sus límites naturales.

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El director, además consigue, que parezca "un thriller en tiempo real". "Innovadora", "fascinante", "única", "excepcional"... son solo algunos de los adjetivos que ha dedicado la crítica internacional a una película en la que Knight demuestra que el cine sigue siendo una herramienta para contar historias y que éstas, si son buenas, no necesitan siempre estar envueltas en grandes presupuestos.

 

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Pocos actores y pocos escenarios son, lógicamente, elementos comunes en las producciones de bajo presupuesto de la historia del cine. Como ahora Locke, antes ha habido algunos experimentos parecidos que consiguieron mucho éxito o, al menos, cierta resonancia posterior. Las épocas de crisis han obligado muchas veces a los cineastas a inventarse historias limitadas por estas condiciones. La España del siglo XXI no es una excepción y ahí están relatos como el que contó Isabel Coixet en la reciente Ayer no termina nunca: dos actores, Javier Cámara y Candela Peña, en un solo escenario y con un presupuesto de 200.000 euros, que la llevaron al Festival de Berlín, o Extraterrestre, de Nacho Vigalondo, donde con unos cuantos miles de euros creó la sensación de una invasión extraterrestre en toda regla que quisieron ver en Toronto, San Sebastián, Sitges y Texas.

Esos recursos limitados son también moneda común entre las óperas primas del cine. Kevin Smith dio el pelotazo con Clerks, la ingeniosa comedia con la que debutó, un experimento en blanco y negro en dos o tres localizaciones que costó unos 27.500 dólares y que le abrió de par en par las puertas del cine.

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Tuvieron también mucho eco los estrenos de El proyecto de la bruja de Blair, una película de terror con tres protagonistas que Daniel Myrick y Eduardo Sánchez hicieron con un presupuesto ridículo (poco más de 30.000 dólares); Paranormal Activity, de Oren Peli, que hizo la película (una pareja en una casa) con 15.000 dólares y recaudó más de 193 millones; Cube, filme de terror (365.000 dólares) con el que el americano Vincenzo Natali ganó en Sitges en 1998... Incluso uno de los grandes, Sidney Lumet, debutó con una adaptación teatral en la que 12 actores estaban encerrados en una sala. Doce hombres sin piedad, una producción de unos 350.000 dólares, es uno de los mejores ejemplos para ilustrar el verdadero valor de un buen guion y un buen director en el cine. John Carpenter encerró a sus personajes en una comisaría en Asalto a la comisaría del distrito 13, una producción de unos 150.000 dólares que le dio a conocer, y el mítico George A. Romero invirtió unos 114.000 dólares en rodar la legendaria La noche de los muertos vivientes, historia de terror que se desarrollaba en su mayor parte en una casa...

Muchos más han seguido sus pasos y con pocos recursos, con un puñado pequeño de actores y en un par de localizaciones han demostrado dónde está el auténtico valor del cine.

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