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"Mi matrimonio con la poesía fue breve y nocturno"

Aramburu recupera en una antología la cara menos conocida de su creación

PEIO H. RIAÑO

Empezó a escribir poesía a los 18 años y dejó de hacerlo ocho años más tarde. Desde entonces pocos poemas ha necesitado, los justos y necesarios. De hecho, el último poema de la antología Yo quisiera llover (Demipage) data de 2005. De aquellos años, de aquellos versos, nació el escritor que es hoy Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959). El narrador salió escaldado del "reto técnico" que le suponía la poesía, se despoetizó, para siempre lejos del oficio de agradar. Tampoco quería saber nada de aspirar a hacerlos con la facilidad de "quien rellena crucigramas", como recuerda en el prólogo Juan Manuel Díaz de Guereñu que dijo el autor por entonces.

Así que estos años entregado al verso, con escasa difusión, y resumidos en estas páginas, justifican la selección de los 74 poemas que de la obra de uno de los grandes escritores en castellano contemporáneos ha hecho Díaz de Guereñu. "He alimentado durante años la convicción de haber abandonado la poesía. Ahora me doy cuenta de que fue ella la que me abandonó a mí. Lo nuestro fue un matrimonio breve y nocturno, aunque no exento de agradables intensidades", reconoce el autor a este periódico con su habitual sentido del humor.

El narrador salió escaldado del "reto técnico" que le suponía la poesía

En justo desengaño con la sociedad de entonces, incluidos sus escritores y poetas, monta el Grupo CLOC de Arte y Desarte, una broma dadaísta, en pie para pitorrearse de las maneras de la cultura. De aquella etapa recuerda que practicó con "desenfreno el feísmo poético, la gamberrada lírica, el cachondeo rítmico". Y lo que obtuvo no fue más que una ristra de anécdotas poéticas, que "todavía hoy me hacen reír".

Aún se irrita con el hábito de reducir la poesía que tienen algunos al hermoso decir y asegura que su evolución hacia la prosa tiene que ver "con la disciplina y el propósito de autenticidad (llaneza, sinceridad, naturalidad, etc)" que aplica al acto creativo. De la poesía por convención vacía pasó al texto "redactado con buen gusto y con densidad de pensamiento", buscando la belleza y la sabiduría.

"El primer Aramburu escribía como quien revienta cohetes"

"Me molestan las actitudes y los artificios que hacen de ella una actividad convencional, propia de especialistas de la métrica, de habilidosos metaforistas, de productores de tiras de versos. Lo que no me molesta es la propia poesía. Antes al contrario, la sigo buscando con sosegada y sostenida nostalgia", dice para aclarar con qué aspecto de la poesía tiene menos indulgencia.

Aramburu siempre lejos del recetario corporativo, incluso cuando se acerca a temas tan masticados como este: "Si el amor es dominio, domíname / entre tus brazos, haz que sea una hoja / en ellos, un remoto pedazo / de primavera, sombra liviana. / Si el amor es muerte, mátame. / Fuera de tu vivir no hay vida", en El tiempo en su arcángel, escrito entre 1984 y 1986. Como le dijo en su día a Díaz de Guereñu: "Sospecho que en un poema que se entiende a la primera cabe poca poesía".

Ahora que se ha visto obligado a revisarse por dentro para sangrar esta antología, entre el Aramburu de Ave sombra (1977) y el de poemas como Tío vivo (1993), observa claras diferencias. "El primer Aramburu era un chaval apasionado, ingenuo y coronado de rizos, que además gozaba de buena salud y escribía como quien revienta cohetes. El de los últimos poemas es un señor razonable, ingenuo pero sin rizos, que arrastra los achaques propios de la edad y escribe con calma y cincel", reconoce sin alejarse del humor, de nuevo.

Y zanja con una reflexión sobre sus aspiraciones literarias: "El perfeccionismo de la palabra es una falacia, aunque aspirar a él quizá sea más útil que acomodarse en la imperfección y la chapuza". Buena lectura.