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La moda de los clubes de lectura, aldeas galas de la literatura

Proliferan los grupos aficionados que acuerdan la lectura de un mismo libro y después comparten su visión de la obra. Llenan el vacío que implica toda experiencia lectora y participan así en diferentes realidades literarias y personales.

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Un joven lector sostiene El Quijote.- EFE

La tipología es diversa, también el aforo. Los hay en centros culturales, librerías, asociaciones vecinales, bibliotecas públicas, prisiones y hasta en equipos de fútbol. Las normas, si es que las hay, giran en torno a un libro y el propósito es muy sencillo: comentarlo, convertir la lectura en una experiencia colectiva.

Hablamos de los clubes de lectura y de su proliferación como freno a esa velocidad que impone lo cotidiano. Hablamos, también, de nuestra creciente incapacidad para detener el tiempo y perdernos por ese camino hecho de palabras y espacios, una incapacidad que explica en parte un fenómeno que no es nuevo y que, como casi todo, responde a esa mirada entre melancólica e inquieta que idealiza tiempos pasados.

“Lo que se busca sobre todo es compartir un rato una lectura, pero también unas experiencias determinadas, porque siempre hay un ratito después de hablar del libro en el que cada una de los integrantes habla de sus experiencias personales, es inevitable llevar las lecturas a lo personal”, explica Susana Miranda, responsable del club de lectura que organiza La Casa Encendida. Un club integrado casi en su mayoría por mujeres mayores de 65 años.

Susana Miranda: "Es inevitable llevar las lecturas a lo personal"

“Te das cuenta de que hay vidas muy interesantes, por ejemplo, hace poco leímos uno libro que acontecía en Vietnam y una señora había estado allí. Creo que lo más enriquecedor para todos es que compartimos vivencias con gente que tiene otra visión de las cosas, otro nivel cultural también, y eso siempre nutre porque además lo haces con gente que comparte contigo una misma afición; la lectura”.

Así es. Heterogeneidad ante todo. Muchos de estos clubes reivindican la posibilidad de conocer otros mundos –no sólo literarios– que permiten a sus participantes empatizar con realidades que les son ajenas. María Porcel, periodista y miembro de un club de lectura doméstico, subraya ese potencial descubridor del que hablamos: “El club me aporta variedad, leo cosas que de normal no leería, somos por lo general un grupo de personas que no somos amigas y no tenemos los mismos intereses, procedemos de ámbitos diversos, también de ciudades y trabajos distintos… Como cada vez la elección del libro corre a cargo de un miembro diferente, esto hace que salgamos de nuestra zona de confort y probemos con otras cosas”.

Y del descubrimiento al comentario. Un comentario que, en muchos casos, ofrece visiones sorprendentes de un mismo texto. Ahí radica la clave para muchos de estos lectores, en la posibilidad de leer con otros ojos, de poner en común detalles que una digestión solitaria de la novela no habría encontrado. “Hay gente que se fija en la estructura del libro, otras en el estilo… Las perspectivas son muy distintas, es verdad que nosotras somos todas mujeres, y esto hace que nos fijemos en el papel de las mujeres, pero aun así hemos sacado conclusiones diferentes”, apunta esta joven periodista.

La importancia de los plazos

Trabajar bajo presión es, para muchos, el único modo de avanzar en lo que de otro modo caería probablemente en el olvido. La fecha tope es, en ese sentido, otra de esas reglas no escritas de estas reuniones. La heterogeneidad del grupo hace que la frecuencia y fecha de las quedadas esté en continua disputa. Los whatsapp se suceden y, finalmente, se logra cerrar una cita. Si algo caracteriza a estos encuentros es la laxitud de sus normas. No se trata aquí de pasar revista, como tampoco de caer en erudiciones y academicismos. Se trata, por encima de todo, de poner en común una determinada lectura.

Miguel Ángel Romero: "No es un ámbito para la erudición, sino para compartir lo que te hizo sentir esa lectura"

En cualquier caso, no podemos obviar que estamos ante un ámbito, el de la literatura, que inevitablemente produce cierto vértigo. Miguel Ángel Romero, jubilado madrileño asiduo a un grupo de lectura mensual desde hace tres años, nos explica cómo –en un principio– se acercó con cierto respeto a estos encuentros: “Me di cuenta de que el nivel era alto, había psiquíatras y psicoanalistas entre los participantes, de modo que acudí un poco acomplejado, pero fue fácil encajar porque no es un ámbito para la erudición, sino para compartir lo que te ha hecho sentir esa lectura”.

En efecto, lo que cuenta aquí no es la finura del análisis, se trata de aprender y compartir sin una figura de autoridad. Todas las voces son escuchadas y todas se complementan en cierta forma. No hay lugar para los alardes academicistas ni para los soliloquios engolados. Nadie queda por encima, ni siquiera los propios escritores cuando son invitados, convertidos en testigos de excepción de su propia obra. Tal y como explica Miranda, “los autores son muy favorables a este tipo de encuentros, normalmente van a presentaciones de libros en las que su público por lo general no ha leído sus libros, aquí en cambio el libro ya ha sido leído y debatido, de modo que para ellos es muy enriquecedor porque ven las visiones de los lectores y esto les interesa”.