Bajo cuerdaRufus T. Firefly: "Los festivales nos usaron como reclamo y luego nos hicieron sentir como una mercancía"
Víctor Cabezuelo, líder de la banda madrileña, reivindica la experimentación musical y el arte libre y puro tras los originales conciertos de presentación de Todas las cosas buenas.

Artista inquieto y urdidor incansable, Víctor Cabezuelo (Madrid, 1983) presentó en directo su último disco, Todas las cosas buenas (Lago Naranja Records), en un jardín de cactus o en una antigua fábrica de zumos de Aranjuez, donde en 2006 fundó, con sus cinco amigos de toda la vida, la banda Rufus T. Firefly.
Sin embargo, no era tanto el dónde sino él cómo: el público oía los conciertos a través de unos auriculares inalámbricos, un método infalible contra los espectadores verborreicos que están por estar —o figurar—, no por escuchar. Ahora le gustaría repetir la experiencia "de noche, en medio de un bosque frondoso, rodeado de personas".
"No sueño con tocar en grandes estadios, sino en sitios que el público recuerde toda su vida. Yo no estoy en la música para satisfacer mis deseos, porque mi labor es intentar acompañar a la gente", explica la voz y guitarra del grupo Rufus T. Firefly, integrado por Julia Martín-Maestro (batería y programaciones), Carlos Campos (guitarra), Juan Feo (percusión), Miguel de Lucas (bajo) y Manola (teclados).
De la psicodelia al rock, la banda de Aranjuez fue finalista del Premio Ruido, concedido por los Periodistas Asociados de Música (PAM), con Magnolia (2017), Loto (2018) y El largo mañana (2021). No ha perdido fuelle con Todas las cosas buenas, su octavo y último disco, donde aguijonea a la industria musical que ha precarizado el sector, sobre todo a los compositores e intérpretes.

Una banda de culto, pero no sectaria, que mete en costura al sistema establecido y pespuntea sus rotos, incluidos los desgarrones de la apisonadora festivalera. "Después de diez años sin tocar en ninguno, cuando publicamos Magnolia todo el mundo empezó a llamarnos. Fuimos muy majos, porque aceptamos cualquier condición, incluso perder dinero, porque nos apetecía muchísimo", recuerda Víctor Cabezuelo.
Los miembros de Rufus T. Firefly pensaban que era un peaje necesario para, en el futuro, subir su caché o actuar en un escenario grande. Sin embargo, un año después de ejercer como "reclamo de los festivales", el móvil dejó de sonar, pese a que ya llenaban las salas. "Nos hicieron sentir como si fuésemos una mercancía", reconoce el músico madrileño, quien deja claro que estos eventos "no son el único camino" para hacerse un hueco en la música.
En la entrevista para el programa Bajo cuerda, Víctor Cabezuelo también habla del romanticismo artístico —ya marchito—, de la filosofía comunera, de la apropiación del término indie, de hacer el amor —y no la ira—, del arte libre y puro, del God Only Knows de Brian Wilson —el cerebro de The Beach Boys, recientemente fallecido—, de la experimentación como máxima, de su reverso oculto y, como no podía ser menos, de Groucho Marx.
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