Buenas Noches Rose, el grupo de rock llamado a triunfar hasta que su cantante desapareció
La banda del Seattle madrileño, donde militó Rubén Pozo de Pereza, se convirtió en una leyenda tras la deserción de Jordi Piñol 'Skywalker'.

Madrid--Actualizado a
Cinco colegas del instituto montan una banda y se creen los mejores del mundo. "Y posiblemente lo fuéramos", recuerda Rubén Pozo, miembro de aquel grupo legendario y luego fundador de Pereza junto a Leiva.
Pero ¿Quién cojones son Buenas Noches Rose?, como se pregunta el director Paco Gené Cort en el título del documental que los ha rescatado.
Principios de los años noventa. Alameda de Osuna, un barrio aislado y cercano al aeropuerto de Barajas donde proliferan las bandas, hasta el punto de que fue rebautizado como el Seattle madrileño. De allí saldrían, entre otras, Yoghourt Daze, Alamedadosoulna, Le Punk, Pereza y Sidecars, liderada por Juancho, el hermano de Leiva, aunque entonces llegó a haber una treintena. La relación entre los músicos es promiscua y muchos integrarán diversos combos, que se intercambiarán a los miembros.
En aquel momento, sobresale Buenas Noches Rose, formada por Alfredo Fernández Alfa (guitarra), Juampa Otero (bajo), Rubén Pozo (guitarra), Roberto Aracil (batería) y Jordi Piñol Skywalker (voz), un tipo de pelo largo que se contorsiona sobre el escenario y se arrastra sobre el suelo, desnudo de cintura para arriba y bañado en cerveza, con una actitud desbordante, víctima de aparentes espasmos epilépticos… Una noche se cayó en plena actuación y, en vez de levantarse, se puso a "follar el suelo", una práctica marca de la casa a partir de entonces. Todo un animal escénico.
"Era una banda muy original con un cantante que tenía un estilo muy extraño, pero muy atractivo, de moverse en escena. Recordaba a Jim Morrison en algunas cosas y a Iggy Pop en otras", explica en el documental el periodista musical Mariano Muniesa, quien en 1994 se topó con ellos durante un concierto de M-Clan en Siroco donde iba a tocar Manos sucias, que se cayó a última hora.
Cuando los escuchó, se llevó una sorpresa. "Están muy bien [...]. Hacen un tipo de hard rock muy bluesero, muy sixties por un lado y muy setentero por otro". La banda, según él, "era muy sólida a nivel musical y tenía dos guitarristas fantásticos". Le gustó lo que escuchaba y su puesta en escena, pese a que no le convencía el nombre, quizás un guiño a la serie Las chicas de oro.
El despegue de Buenas Noches Rose
La discográfica Madison apuesta por ellos, aunque les exige que prescindan de su batería original, Sergio Martijala. Ya con Roberto Aracil como sustituto, en 1995 graban en Italia un álbum homónimo: rock visceral, rabioso y desmadrado, un compendio de sexo, drogas y desengaño adolescente.
Están llamados a ser la nueva gran banda de rock and roll y, para anunciarlo, se suben a la parte trasera de un camión para tocar por las calles de ciudades como Madrid o Barcelona, emulando a The Rolling Stones cuando hicieron lo propio en la Quinta Avenida de Nueva York intepretando Brown Sugar para presentar su Tour of the Americas '75. Algo ilegal, pero pidieron un permiso de rodaje y lograron burlar la normativa.
La multinacional BMG / Ariola no tarda en ficharlos. La banda de la Alameda de Osuna toca en el Festimad, telonea a Deep Purple y Bryan Adams y, tras un concierto en Buenos Aires, Marilyn Manson pide ver al cantante y, estrechándole la mano, le espeta: "Good job".
"Para mí, Buenas Noches Rose significa como una ilusión y como un halo de magia. Estos tíos estaban haciendo algo que los demás queríamos hacer, siendo muy jóvenes, y eso me encanta", afirma Leiva en el documental. "Si quizá ellos no hubieran estado en el barrio, no hubiéramos tenido ese lugar donde mirar".
El bus de Buenas Noches Rose
Tras grabar en 1997 La danza de araña con Mike Tacci, quien había trabajado con Metallica y Bruce Springsteen, se suben a un autobús de dos pisos que los lleva durante cuarenta días de gira por toda España, con jornadas extenuantes en las que llegan a tocar tres veces las canciones de un disco donde las letras se afilan y el rock abraza el blues y la psicodelia.
"De vez en cuando pillábamos una habitación de hotel para ducharnos", recuerda Alfa en la cinta dirigida por Paco Gené Cort. "Palmábamos en casi todos los sitios, donde a lo mejor había cincuenta personas", añade el guitarrista, aunque Rubén Pozo matiza la cifra en una entrevista que pueden leer al final del artículo.
Todo pasaba muy rápido y se iban quemando. "Aquella experiencia dinamitó la convivencia y le dio la puntilla a Jordi", comenta Alfa. "En cada concierto me dejaba la piel y daba la vida porque era mi filosofía de frontman, si no no hubiéramos sido tan cojonudos", explica el cantante: "Daba tanto" que "eso me agotó".
Después de un concierto en Siroco en junio de 1998, al día siguiente tocan en Santa Cruz de Tenerife junto a Prodigy. Sin embargo, Jordi ha decidido tirar la toalla. Txisco, su road manager, advierte a los miembros del grupo de que tienen que madrugar, pero el cantante no aparece. Cuando da con él en la casa de un amigo, le deja claro por teléfono que no va a ir a Canarias porque lo deja.
"Sabía que me tenía que comer el marrón de quedar como un puto cabronazo para marcharme", se justifica. ¿Pero dónde se ha metido Jordi?
El "trágico final" de Buenas Noches Rose
Jordi se ha ido "a buscar a Dios a las montañas" de las Alpujarras. Luego se instala en Francia, regresa en carro a la sierra del Moncayo, graba el disco Corazón de padre atómico, producido por Rubén Pozo, y sale de gira en burro por España. Desde hace una década, vive con su mujer y sus tres hijos en un pueblo de Córcega, donde hace tatuajes.
Su marcha "fue un palazo", reconoce Juampa en el documental. En la multinacional han cambiado los directores artísticos, ya no confían en ellos y rescinden el contrato. Sin embargo, la banda decide seguir adelante, Alfa se hace con el micrófono, en 1999 publican el disco La estación seca —en el que colaboran Rosendo, Ariel Rot o Leiva— y tocan en Los conciertos de Radio 3.
Para financiar el álbum, venden 150 ejemplares por anticipado y publican 2.500 copias. Es más maduro, pero no lo mismo. El gran grupo de rock de guitarras, stoniano, cervecero y barrial se ha quedado en un proyecto utópico. "Sin Jordi, Buenas Noches Rose eran otra cosa. Generaba espectáculo y tenía una voz con mucha personalidad", comenta Leiva.
"El final fue trágico y nos ha dejado tocados a todos. A día de hoy todavía nos escuece alguna cosa", comenta Alfa, quien apela a la leyenda: "La gente que lo recuerda lo guarda como algo realmente impactante". Jordi cree que el aura romántica del grupo también se debe a su condición efímera. "Hoy es una banda mucho más popular que cuando estaba en activo", llega a asegurar Mariano Muniesa, director del programa radiofónico Rock Star. El efecto de la nostalgia.
Rubén Pozo: "Estoy agradecido a los dioses"
Tras la disolución del grupo, Alfa lideró Le Punk y Rubén Pozo fundó Pereza, hasta que aparcó la banda que compartía con Leiva y emprendió su carrera en solitario. El autor de 50town recuerda sus años como guitarrista de Buenas Noches Rose.
¿Qué le faltó a BNR para triunfar?
No tengo ni idea, tío, no lo sé. Solo sé que lo dimos todo y lo pasamos muy bien. Fuimos afortunados de que a unos compañeros de instituto nos fichara un sello a los diecinueve años, porque en aquella época grabar un disco era muy caro. Tuvimos la suerte de meternos en una furgoneta y tocar mogollón todos los fines de semana, partiéndonos el culo y pasándolo guay. No te hablo de sexo ni de drogas, porque éramos muy pequeños e inocentes. El grupo no explotó, pero hicimos tres discos de la hostia, muy majos, y pudimos vivir eso cuando nuestros colegas curraban o iban a la universidad. Joder, tuvimos un extended play de la adolescencia muy guapo. Estoy agradecido a los dioses de haber vivido eso.
Si Buenas Noches Rose hubiesen triunfado, ¿no te habría importado no haberlo hecho después con Pereza?
Hombre, claro. A mí se me quedó la espinita de no haberlo petado. Cuando se acababa Buenas Noches Rose, un día me llaman Tuli y Leiva, que eran dos chavalotes del barrio, para participar en un homenaje a Leño en Siroco. Montamos unas canciones del grupo de Rosendo y, cuando ya no nos quedaban más, les enseñé una que había compuesto yo: se titulaba Pereza y les moló. Y así empezó Pereza. Me alegro de que en este caso funcionara, porque pude vivir de una banda y luego ya empecé mi carrera en solitario.
¿Entendió la deserción de Jordi Piñol?
Lo entiendo perfectamente. El primer disco era cojonudo, aunque más urgente. El segundo, La danza de araña, nos encantaba. Era una evolución clara y más profunda. Nos gastamos el dinero en alquilar un autobús y estuvimos cuarenta días tocando a diario para once o diecisiete personas… Después de eso, estábamos hartos del fracaso. Qué guay, muchas risas, sin embargo necesitábamos dinero para vivir porque sin guita había que buscar un trabajo. Quizás Jordi tenía que haber aguantado un poco más, pero claro que lo entiendo. Todos estábamos quemados y él dijo: "Yo no puedo hacer esto quemado. Salgo al escenario y lo doy todo, aunque no sé si voy a poder seguir haciéndolo". Y dejó la música, hasta que años después compuso unas canciones y le produje un disco en las Alpujarras.
Menudo giro vital…
Sí. Con su disco no pasó nada, pero moló hacerlo y lo pasamos de puta madre. Creo que él lo necesitaba y fue la excusa para volver a juntarnos, ya los dos con hijos. Fue algo muy guay.




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