Entrevista a Raül Refree"Nos empujan al individualismo cuando nuestra fortaleza es la comunidad"
El músico y productor de artistas como Rosalía, Rodrigo Cuevas o Sílvia Pérez Cruz publica un ensayo sobre la creatividad.

Madrid-
Raül Refree (Barcelona, 1976) es uno de los músicos y productores más interesantes de este país. Ha publicado siete álbumes en solitario y trabajado con Sílvia Pérez Cruz, Rodrigo Cuevas, Kiko Veneno o Rosalía. Cansado de producir discos ajenos, prepara nuevos proyectos, en octubre lanza Cru+es junto a Niño de Elche y acaba de publicar el ensayo Cuando todo encaja. Apuntes sobre creatividad (Debate).
Durante una residencia con artistas en un monasterio de la Provenza, le pidieron una carta de presentación, cuya redacción se le hizo bola. ¿Quién es Refree?
Cada día podría contestar a esa pregunta de forma distinta. Soy una persona en constante evolución que aún no ha encontrado... Bueno, tampoco sé si lo encontraré... De hecho, el libro al principio se iba a titular Nunca se llega.
Porque importa más la búsqueda y la experiencia antes que la meta o el fin. Como decía Federico García Lorca, "no vamos a llegar, pero vamos a ir".
Claro, porque la creación y la vida están en el trayecto. Llegar es un poco triste. ¿Llegar a dónde? Lo bonito es el viaje.
Entiende la música como un arte abstracto que apela a las emociones, pero difícil de describir con palabras, aunque el editor le encargó un libro donde teorizase sobre la creación.
Frank Zappa dijo que "escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura". No me convence, porque creo que se puede hablar sobre música y sobre sensaciones, lo cual no significa que mis pensamientos sean los mismos hoy que dentro de una semana. Yo afronto cada proyecto como un folio en blanco, lo que dificulta el hecho de teorizar sobre algo que no sé explicar, porque cada vez es distinto. Por eso he recurrido a mis experiencias para reflejar cómo se ha forjado mi manera de entender la música. No sé si dentro de diez años me sentiré identificado con lo que he escrito, pero ahora mismo creo que estoy de acuerdo conmigo [risas].
Cuando se siente inseguro, prefiere la opinión de un diletante que de un entendido.
Cierto. Eso es algo que podría haber dicho en un momento que lo sintiera de esa forma, aunque ahora te dijera que no es exactamente así.
¿Tan rápido han envejecido las reflexiones que ha volcado en un libro recién publicado?
No, no, no [risas].
¿Es usted muy cambiante?
Soy muy cambiante, sí. Me pongo en duda a mí mismo constantemente. Ni resulta agradable ni estoy orgulloso, pero es lo que es, aunque viviría más tranquilo de otra manera. Cuando mi hijo era pequeño y escuchaba mis composiciones, tenía muy en cuenta lo que me decía. Esa primera recepción del arte, de una manera limpia y sin teorizar, me parece muy útil de cara a entender lo que estoy haciendo.
A veces le pregunto a alguien si le gusta un disco, propio o ajeno, y me responde: "No entiendo de música." Y yo le replico: "No hace falta entender nada, es como comer: ¿te gusta o no?". Si no aprecias un plato, no significa que sepas menos de comida, simplemente no te gusta.
Antes aludió al folio en blanco, un vacío que experimentó cuando intentaba escribir las primeras líneas de Cuando todo encaja. De hecho, empezó a teclear el ensayo cuando recordó a su abuela tocando el piano, una "emoción primaria" que le transporta a la infancia, cuando los niños se sueltan ante una batería o un teclado porque carecen de prejuicios. ¿Añora de alguna manera ese estado o fase inicial de la creación "visceral y sincera"?
Yo añoro esa actitud en la sociedad, porque a medida que nos hacemos mayores se nos encorseta en esa idea tan rígida de que "no puedes hacer algo si no sabes hacerlo". Estoy a favor del aprendizaje y del enriquecimiento cultural y espiritual, pero en el momento de enfrentarnos a la creación tenemos que olvidarnos de todo, porque no puede estar sujeta a lo que sabemos, aunque todo eso siga ahí, porque es un sustrato.
¿Y el oyente debería despojarse del cinismo —producto a veces del esnobismo, del postureo, del elitismo, etcétera— y no perder o recuperar la capacidad sorpresa?
Sin duda, aunque es muy difícil despojarse de todo. A lo largo de mi vida he trabajado para ser capaz de enfrentarme a la música como un niño. En realidad, he intentado desaprender más que aprender, así como entrar en el terreno de la inocencia y la diversión, porque para mí hacer música es un acto lúdico. El día que no me divierta quizás lo deje.
Si no fuera tan testarudo, su impulso creativo "habría quedado sepultado [de crío] bajo las broncas y los golpes en la mano de mi profesora de piano", quien no comprendía el instrumento como algo divertido. Hay personas que, tras pasar por el conservatorio a una edad temprana, no han vuelto a acercarse a un piano, incluso teniendo uno en su casa.
Yo me he encontrado a gente con el grado superior que odia el piano. Lo atribuyo a que no se entiende el instrumento como algo lúdico, sino como una competición para ser el mejor, un virtuoso que cumple las reglas de la perfección estándar, que no tiene nada que ver con la emoción al final. Entonces, cuando pierdes la emoción y simplemente es una cuestión teórica y técnica, no hay nada. Y la música no es eso.
Todo esto me recuerda a una declaración de Antonio Luque, de Sr. Chinarro: "A los niños se los sigue obligando a tocar la flauta para que le cojan asco a la música".
Hay algo ahí que no funciona, quizás porque falta ese aspecto lúdico. Sin embargo, en otras sociedades la música está integrada de una manera más orgánica en la educación y se vive como una celebración.
Plantea que la creación requiere de ego o que es un acto egoísta.
La creación es un trayecto complejo, donde pisas un suelo muy frágil y te cuestionas constantemente, por lo que sufres muchas crisis. El ego es un flotador al que agarrarse cuando no estás seguro y lo pasas mal. Si no creyera en mí, en muchos momentos de mi carrera y de mi vida hubiera sido incapaz de tirar hacia delante.
¿A qué ha renunciado por el acto de crear y qué le ha reportado?
Es jodido decir esto, pero nada me ha hecho más feliz que crear y tocar, pese a que en ocasiones acabase muy encerrado porque necesitaba tiempo para estar conmigo. La gente está muy acostumbrada a socializar, lo que me parece bien, aunque el acto de creación a veces requiere no verse con nadie. Y hay amistades que no lo entienden.
También considera que el narcisismo y la búsqueda del éxito pueden ser dos lastres, al tiempo que aboga por la comunidad, la tradición y lo local.
Frente a una ciudad europea globalizada, donde todo es igual, hay gente joven que se está fijando en esas señoras de su pueblo que cantan o tocan algo único. O sea, en lo local estamos encontrando una singularidad necesaria en este momento y que va muy ligada a la comunidad, que lastimosamente está desapareciendo porque nos están empujando hacia un individualismo total, cuando lo que tiene poder es formar parte de algo y disolverse en ello para tener una fuerza mayor.
¿Por qué el flamenco?
A mí no me gusta el flamenco, me gustan ciertas cosas y gente concreta. Cuando estrenamos en el Festival de Shanghái el documental Muyeres, sobre el viaje que hice junto a Rodrigo Cuevas para conocer a las señoras que viven en las aldeas asturianas con el objetivo de inspirarnos para el disco Manual de cortejo, espectadores y periodistas chinos se acercaban con los ojos llorosos para decirnos que se habían emocionado porque les habían recordado a sus abuelas y a lo que perdieron [con el progreso]. En la emoción hay algo universal.
Èlena debutó en 2001 con un disco muy interesante, Porelamordedios, pero se disolvió tras su segundo álbum. ¿Qué le hace falta a un grupo para consolidarse?
Los discos emocionantes acaban pasando de algún modo a la historia, aunque sea de forma minoritaria. Mi ambición mayor es que sigan siendo escuchados. De hecho, lo que me ha guiado a lo largo de mi vida es hacer algo que no caduque, o sea, que me sobreviva. Suena pretencioso, pero es fundamental, por eso siempre he querido hacer música que no estuviera ligada a un momento concreto.
Respecto a Èlena, solo el hecho de estar ahora hablando del grupo es importante. A veces me escriben personas diciéndome que algunos de mis discos fueron fundamentales para ellas. Entonces percibes que trabajos iniciáticos como Quitamiedos (2002) o Nones (2003) están vivos, aunque los escuche poca gente. Una vez que los sueltas ya no son tuyos, sino de otros.
¿Le fastidia que funcionasen mejor…? Perdón, el verbo funcionar es odioso.
Efectivamente, porque no todo tiene que funcionar. Parece que estás diciendo una locura, pero es importantísimo.
¿Le fastidia que hayan tenido más éxito los discos que ha hecho junto a otros artistas, en los que ha colaborado o que ha producido que su obra en solitario?
Ni mucho menos, todo lo contrario. De hecho, esta profesión requiere cierta exposición pública que no me gusta. Toco por toda Europa como músico de vanguardia, algo que siempre he deseado. No tengo la ambición de actuar en un estadio o de llenar un WiZink. Sin embargo, parece que ahora solo se persigue el éxito, aunque yo creo que el éxito es otra cosa. Quiero llegar a la mayor gente posible, pero no persigo la fama ni el dinero. Sinceramente, donde soy más feliz es en un teatro, con cientos de personas a las que puedo verles la cara. Vivo bien y soy un afortunado. No tengo otra necesidad.
¿Podría haber producido Motomami?
El disco hubiera sido distinto. Con algunos artistas con los que ya he trabajado no sé si llegaríamos a otro lugar y con otros podríamos encontrar cosas nuevas. Cuando terminamos Los Ángeles y sus conciertos de presentación, teníamos claro que solo haríamos ese disco juntos, lo que ha redundado en una relación muy buena. ¿Me veo trabajando con Rosalía en el futuro? Sin duda, se trata de una artista espectacular que es única tomando decisiones artísticas. Y sí, claro que me vería trabajando de nuevo con ella.
Por sus manos han pasado canciones y discos de C. Tangana, Christina Rosenvinge, Ricky Martin, Sílvia Pérez Cruz, Rodrigo Cuevas, Lee Ranaldo, Kiko Veneno, Mala Rodríguez o la propia Rosalía. Ahora que aparcará la producción durante un tiempo, ¿con qué artista le habría gustado trabajar?
Uhm... Nombraría a artistas que ya no están.
Y así no queda mal con nadie…
O bien [risas]. Me he tomado un tiempo para mis proyectos y las bandas sonoras, porque acabé extenuado de producir. Sin duda, me encantaría haber trabajado con Enrique Morente.
¿Y a quién le podría sacar algo que no haya hecho antes?
A veces pienso que podría coger a una persona concreta y hacerle un buen disco. Me imagino un trabajo interesante, pero luego no me veo o me siento cansado. Sinceramente, ahora no tengo ganas de producir.
Morente volvió a revolucionar el flamenco con Omega y, años después, Niño de Elche tomó el testigo al unirse a Toundra, fundar Exquirla y publicar Para quienes aún viven. Tras producirle dos discos a Francisco Contreras, han vuelto a trabajar juntos para facturar el disco Cru+es. El Niño es mucho Niño…
Nuestra relación de amistad se forjó hace tiempo y llevamos tocando juntos muchísimos años. Sin tener disco, hemos presentado en Europa el espectáculo Ecstasis, improvisando todo el concierto. Ningún artista me conoce tanto como Paco, ni ninguno a él como yo. O sea, que no le tengo ningún miedo.
¿A Paco o al disco?
A nuestra relación, que como te decía no es nueva, sino forjada tan a fuego lento que resulta muy real. Somos dos perfiles muy libres que a veces se juntan para un proyecto. Bueno, no me refería tanto al miedo a trabajar con Paco como a que no temo lo que venga tras la publicación de Cru+es.
Antonio Luque también comentaba que "el trap es fruto de la falta de formación musical", aunque conviene leer su respuesta completa para no desvirtuar la frase. Usted, que entiende el punk como una "actitud rotunda y salvaje" frente a la creación y a la vida, ¿cree que el trap es el nuevo punk?
El trap es una actitud punk frente a la música, fomentada por unas tecnologías, unas herramientas y unas formas de cantar distintas. Ahí hay una investigación y se están construyendo cosas. Luego, como sucedió con el punk, el sistema absorbe lo rompedor, deja de ser vanguardia y pasa a ser algo mercantilista que forma parte del propio sistema.
El criterio se puede educar pero, cuando se afina ese paladar, ¿qué se pierde en el proceso? ¿Usted es capaz de escuchar una canción sin destripar cada sonido o analizar cada instrumento?
Sí, consigo olvidarme. Yo, antes que músico e instrumentista, soy melómano. Y como más he aprendido es escuchando música. Soy capaz de hacerlo no de una manera reflexiva ni teórica, sino de disfrute. De lo contrario, me perdería lo mejor.
Por una parte, prefiere que le hagan apreciaciones sobre su música desprovistas del filtro intelectual. Por otra, en este libro debía teorizar sobre la creación. Sin embargo, para aprehender y comprender su trabajo entendió que tenía que hacerlo desde la perspectiva de la experiencia propia.
No tenía previsto escribir un libro, sino que fue un encargo del editor. Cuando acepté, carecía de sentido teorizar, porque otros ya lo habían hecho antes y mejor. Entonces, lo que podía aportar es mi forma de entender la música, el arte o el proceso creativo a partir de mis vivencias personales.
En Cuando todo encaja también reflexiona sobre los miedos. ¿Cuándo ha sido para usted productiva la inseguridad y cuándo ha supuesto un bloqueo o una rémora?
La inseguridad, la vergüenza y la timidez no han sido positivas en general. He tenido que luchar conmigo mismo y he sido muy tozudo porque quería dedicarme a la música. Yo tenía pánico escénico, o sea, los días previos a subir a un escenario me ponía enfermo, con fiebre y tal.
¿Cómo lo superó?
Fue conductismo puro. Empecé a hacer giras más largas e internacionales, por lo que después de tocar durante muchos días seguidos lo ves como algo normal. Los conciertos con Josh Rouse y con Sílvia Pérez Cruz, para presentar Granada (2014), me ayudaron a perder el miedo y a coger confianza. Además, nunca he tenido una facilidad para el virtuosismo, aunque ese tampoco era mi camino. Al final, entender lo que puedo hacer y cómo sacar provecho de los otros y de mis limitaciones ha sido positivo.
¿Quizás la inseguridad lo pudo llevar a ser más perfeccionista?
Desde el principio fui consciente de que el movimiento se hace andando. He terminado discos, como Quitamiedos, sin estar convencido del resultado. Sabía que no era lo que yo quería, pero tenía que hacerlo. En el fondo, nada es perfecto.









Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.