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Pesca lisérgica

Se publica por primera vez en España La pesca de la trucha en América, la novela contracultural de Richard Brautigan que vendió cuatro millones de ejemplares en los años sesenta

CARLOS PRIETO

La vida de Richard Brautigan (Tacoma, 1935-San Francisco, 1984) es digna de aparecer en un libro de Charles Dickens, pero también en un capítulo de Los Simpson. Su infancia, por ejemplo, podría pasar por una parodia de la Gran Depresión. Hijo no reconocido por su padre, el pequeño Richard y su madre sufrieron a varios padrastros durante los años cuarenta. Las ayudas públicas les libraron por poco de morirse de hambre, pero no de tener que andar dando tumbos por diversas poblaciones del noroeste del país(Tacoma, Yakima, Great Falls, Salem, etc.).

Nadie hubiera apostado un duro entonces a que este chaval, que publicó su primer poema a los 17 años en el periódico escolar, iba a acabar tomando al asalto las listas de venta con una novela contracultural, La pesca de la trucha en América (1967), que la joven editorial Blackie Books publica ahora por primera vez en España.

Su infancia estuvo marcada por la pobreza y los choques con la ley

La primera parada en el camino hacia el éxito inesperado de Brautigan se llamó San Francisco, donde se instaló en 1954, un año después de graduarse. Por primera vez en su vida había llegado al sitio adecuado en el momento oportuno. En la ciudad californiana ya se estaba gestando uno de los movimientos culturales más explosivos del siglo XX: la contracultura.

Pero Brautigan aún tenía que meterse en unos cuantos líos. El 14 de diciembre de 1955 fue arrestado por apedrear las ventanas de una comisaría. No es que le hubiera dado ya la vena antisistema, es que no se le ocurrió nada mejor para comer caliente que pasar la noche en el calabozo. La jugada le salió fatal. En la víspera de Navidad, las autoridades le internaron en un manicomio (el Oregon State Hospital), acusado de comportamiento errático. Esquizofrenia paranoide y depresión clínica, diagnosticaron los doctores, que procedieron a achicharrar el cerebro del futuro escritor. Brautigan describió la experiencia años más tarde con la facilidad para el detalle poético que le hizo famoso: "Recibí suficientes electroshocks para iluminar un pueblo".

Su obra mezcla la subversión del dadá y la energía de los sesenta

Pero no los suficientes como para impedirle participar en el emergente movimiento contracultural local: formó parte de los Diggers, uno de esos legendarios grupos de activistas de la época que organizaban performances callejeras y repartían comida gratuita.

El poeta Ron Loewinsohnlo conoció entonces: "Era muy extraño, 1,90 de altura, muy rubio, con gafas. Vestía con una cazadora de cuero con la cremallera subida hasta la barbilla. Casi nunca hablaba y caminaba con las manos metidas en los bolsillos. Trabajaba entregando telegramas y vivía en una pensión de mala muerte. Un día se me acercó y me dio un cuadernito. Había un poema escrito con letra de niño, titulado Una corrección, que decía: Los gatos caminan con pasitos de gato y la niebla con pasitos de niebla, Carl. Ese era el poema. Me reí, le devolví el cuaderno y él simplemente se fue".

Brautigan decidió irse de camping en el verano de 1961 a Stanley (Idaho), en plenas Montañas Rocosas, un dato biográfico que suena banal, pero que resultó crucial: allí escribió de golpe dos novelas, A Confederate General From Big Sur y La pesca de la trucha en América. La primera pasó por las librerías con más pena que gloria en 1964. La segunda, con cuatro millones de ejemplares vendidos en el mundo, arrasó en 1967 y convirtió a su autor en una estrella literaria.

El alcohol agudizó sus problemas para lidiar con la realidad

La pesca de la trucha en América es un texto clave para entender los sesenta. Aunque permanecía inédita hasta ahora en España, la obra lleva tiempo haciendo las delicias de nuestros escritores más anglófilos. El novelista argentino Rodrigo Fresán, que describe al escritor estadounidense como "el eslabón perdido entre la marihuana be-bop de la literaturabeatnik y el ácido folk-rockdel Dylan más visionario", dice del best-seller de Brautigan "que poco y nada tiene que ver con la pesca de la trucha en EEUU y sí con casi todo el resto de las cosas de este mundo". Un comentario en la onda de la afortunada descripción hecha por uno de los grandes defensores de Brautigan por estos lares, el escritor Kiko Amat: "Ninguna de sus novelas se parece a nada terrestre", una explicación que se ajusta como un guante a La pesca de la trucha en América.

Lo primero que puede decirse de la novela de Brautigan es que parece un poema en prosa (signifique esto lo que signifique). Y que está repleta de deliciosas estampas campestres de fuerte regusto lisérgico. Y que Brautigan no acaba de explicar en realidad cómo pescar una trucha en América, aunque da absolutamente igual: la pesca aquí funciona a la manera de un macguffin hitchcockiano, un instrumento de distracción que sirve para disparar la trama en mil direcciones y poder disertar sobre lo divino y lo humano.

Nadie se percató de su muerte hasta un mes después de pegarse un tiro

Se dice que La pesca... es uno de los productos más redondos de la ola antiautoritaria de los sesenta, aunque Brautigan no era tanto un izquierdista como un tipo con una imaginación exuberante. El libro recuerda más a la subversión juguetona de los surrealistas y los dadaístas que a la agenda política de otros escritores de la contracultura, con los que, eso sí, compartía la energía rumbosa y cierto sentido del humor marciano (Kurt Vonnegut, de tripi, podría haber escrito perfectamente La pesca...). Casi medio siglo después de su publicación, La pesca de la trucha en América sigue manteniendo esa peculiar característica de los libros buenos de los años sesenta: su lectura parece liberar cantidades industriales de endorfinas.

Y hasta aquí el buen rollo. Brautigan no acabó de digerir bien su éxito y protagonizó unos de esos casos clásicos de ascenso y caída meteórico. Aunque no faltan precisamente defensores de sus novelas posteriores a La pesca, la intelligentsia cultural y los lectores estadounidenses le dieron pronto la espalda (aunque siguiera cotizando al alza en Francia y Japón), quizás porqueRichard Nixon había decretado la muerte del hippismo y tocaba madurar, dejarse de escribir relatos delirantes y buscarse un trabajo serio.

Más allá de la polémica sobre la valoración literaria de sus últimas obras (novelas como Richard y sus trofeos de bolos, El monstruo de Hawline y Un detective en Babilonia, editadas por Anagrama), lo que sí está claro es que la popularidad le provocó una sed espantosa. Brautigan se bebió hasta el agua de los floreros en los años setenta. Aunque puede que no le hiciera ninguna falta. "Tenía ese tipo de mente bueno, es difícil explicarlo si nunca estuviste allí, pero si alguna vez tomaras cocaína durante cuatro o cinco días, sin comer o dormir nada, te pondrías en el estado que era normal para Richard a todas horas", contó el escritor DonCarpenter en un artículo ochentero del Vanity Fair.

La adicción al alcohol agrió su carácter y agudizó sus problemas para lidiar con las pequeñas gestiones cotidianas. El novelista confesó entonces sus dificultades para gestionar el dinero: "Tengo más del que puedo gastar. Siempre he querido una gran cama de hierro forjado, así que ahora ya tengo una. Y un amigo mío quería un abrigo así que le he comprado uno. Una amiga necesitaba un gallinero así que le he comprado uno. Pero nos sé qué hacer con el resto". Se lo acabó gastando todo, aunque no se sabe en qué.

Su primera mujer, Virginia Aste, explicó recientemente que "el alcohol acabó con su espontaneidad y exacerbó su lado más pesimista". El escritor Tom McGuane, vecino del escritor en los setenta, ahonda en su estado alterado: "No sé cuándo se convirtió en lo que la gente llama un paranoico. Tampoco puedo conectar totalmente su estado mental con la bebida. La primera vez que llamó a mi puerta parecía tan colocado que siempre lo vi como si tuviera la cabeza a 3.000 metros de altura. Siempre fue un quisquilloso de mirada oscura, desconfiado, individualista y susceptible".

Brautigan se pegó un tiro con una Magnum 44 en su casa de Bolinas (California) en septiembre de 1984. Tenía 49 años. Nadie reparó en su ausencia hasta un mes después, cuando un conocido se encontró su cadáver comido por los gusanos... Lo bueno es que siempre nos quedarán sus truchas. "Me parece que era esencialmente ingenuo, naif, y no creo que cultivara ese infantilismo, creo que era natural en él. Creo que estaba más en sintonía con las truchas de América que con las personas", dijo una vez el poeta LawrenceFerlinguetti. Amén.