Público
Público

"Preguntar el porqué de la Shoah es obsceno"

Un ciclo presenta por primera vez toda la obra de Lanzmann

GUILLAUME FOURMONT

La última ejecución pública por guillotina en Francia se cortaron cabezas hasta 1981, pero en los sótanos y los patios de las cárceles fue en 1938. La víctima se llamaba Eugen Weidmann y era un asesino en serie. Un nombre y una condena que jamás olvidará Claude Lanzmann (Bois-Colombes, 27 de noviembre de 1925). Anda desde entonces escondiendo el cuello entre los hombros, como si temiera a la muerte en cualquier momento. Lo explica el propio cineasta en Le lièvre de Patagonie (La liebre de Patagonia, de próxima publicación en España en la editorial Seix Barral), un libro de memorias de un hombre que toda su vida luchó "para no apartar la mirada".

Lanzmann es el director de Shoah, una película "sobre la muerte". El filme documental dura más de nueve horas, necesitó 11 años de trabajo y desde su estreno en 1985 osa dar un nombre a lo indecible, a lo incomprensible: el horror nazi, la solución final, la muerte de seis millones de personas, en su inmensa mayoría judías. En Shoah Lanzmann la presentó ayer en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, que dedica un ciclo a toda su obra, el director no retrata a los supervivientes sino a los "resucitados, a esa gente que debía haber muerto", a aquellos hombres que salieron con vida de los campos de exterminio nazis en Polonia. No olvida ni a los "asesinos" ni a los "testigos".

"No quería que nadie entendiese eso. Es un crimen de la Humanidad"

"Esta película es una investigación policíaca, un western, un filme épico. Hace trabajar lo imaginario", explica Lanzmann. "Es una película sobre la muerte en los campos de exterminio y en las cámaras de gas", insiste. Por eso no hay ni una sola imagen de cadáveres, porque "en esos campos no había ninguno. La gente era asesinada dos o tres horas después de llegar; primero tiraban los cuerpos en fosas comunes, pero luego los calcinaban. Llenaban bolsas con las cenizas y las tiraban a los lagos. Era el crimen perfecto, ni una huella. Era la destrucción del ser humano y la destrucción de la destrucción", explica Lanzmann.

Había que hacer una película contra y frente al silencio, a la ausencia. Lanzmann no quiso buscar ni dar respuestas a la eterna pregunta: ¿Por qué?. "Esta pregunta es obscena. El proyecto de entender eso es obsceno. Hay razones y explicaciones que dan los historiadores. Pero es imposible entender por qué asesinaron a 1,5 millón de niños. ¡Imposible!", insiste.

"Mi trabajo es un himno a la vida. Nunca me haré a la idea de morir"

Durante todos esos años de trabajo, Lanzmann llamaba a su película "la cosa"; era incapaz de darle un nombre. "Tras la guerra, unos rabinos encontraron en la Biblia la palabra shoah, que significa destrucción, catástrofe, pero su uso actual no es correcto, porque puede ser cualquier otra cosa. Pero me pedían un nombre para el filme y en 1985 nadie usaba la palabra shoah para hablar de la solución final. La elegí porque no entiendo ni hablo el hebreo; era una palabra opaca, una manera de no nombrar aquello. ¡No quería que nadie entendiese! ", recuerda. "No era un crimen contra la Humanidad, sino de la Humanidad", afirma el cineasta.

Lanzmann siempre piensa en las liebres de Birkenau, las únicas que podían escapar del campo de exterminio. Porque su reflexión sobre la muerte es "un himno a la vida". Concluye: "Nunca me haré a la idea de morir".