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El rey del tinglado

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Como Rimbaud, como Rulfo, como Kavafis, su obra, la del gran silencioso del siglo XX, cabe apenas en un abrazo. La eternidad está hecha de pocas palabras. Él la conquistó con una novela y 13 relatos. No necesitó de más ruido aunque se reservó el privilegio de la furia contra los mercaderes del templo y los estúpidos del ágora. Su ira en las fotografías en las de quien sólo transige con su inteligencia. Mal negocio para lerdos e incautos; bonito reclamo para degustadores de estampas. Así que donde los demás derrochamos, Salinger se bebió la vida, la metabolizó y redactó un puñado de páginas que son ya emblema de lo indeleble. Porque nadie regresa de sus libros indemne. Si se es sólo lector, el peaje a pagar es la pérdida de cierta inocencia; si además se escribe, la tarifa es doble: uno experimenta el deslumbramiento ante el genio que nunca poseerá.

Leídos en apnea, implacables por lo que enuncian y asombrosos por lo que callan, sus textos constituyen un punto de no retorno. Transcurren las generaciones, a la búsqueda de la Gran Novela Americana, empeñados sus miembros en los debates nominalistas y los marbetes editoriales, y el olvido se los traga a casi todos. Pasan las modas, con escuadrones de realistas sucios, jóvenes caníbales,mutantes, postapocalípticos, tardomodernos o nostálgicos del agitprop, y el dedo del tiempo los aparta como quien espanta moscas. Pero Salinger permanece: la estatura de su prosa, su infernal madurez, esa insultante arrogancia de quien vino para quedarse y luego decidió callar.

Quizá la clave radique en que no se puede leer a Holden Caulfield en vano. Después de aquella frase inicial suya, esa confesión de muchacho del que no se puede esperar 'all that David Copperfield kind of crap', nada puede ser ya igual. Escrita en 1951, casi 60 años más tarde, la declaración del más irreverente de los adolescentes que un día soñamos ser, nos mantiene, a este lado del discurso, con los ojos muy abiertos, las orejas dispuestas para el sarcasmo y los labios apretados en torno a la risa.

Lo supimos cuando leímos El hombre que ríe y El periodo azul de Daumier-Smith pellizcándonos los brazos, pero desde hoy es pasto de hemerotecas. El rey del tinglado es ya inmortal.