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Roger Stone: el excéntrico 'fontanero' al servicio de Trump

En el primer aniversario de su victoria en las elecciones presidenciales en EEUU, medios de comunicación de todo el mundo vuelven a analizar las causas que llevaron a Donald Trump a la Casa Blanca. Un reciente documental arroja luz sobre uno de los personajes que contribuyó, entre bastidores, a ese resultado, inesperado para muchos

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'Get me Roger Stone', documental de Netflix sobre el ayudante de los presidentes Nixon, Reagan, Bush y Trump.

barcelona,

Get me Roger Stone (Dylan Bank, Daniel Di Mauro, Morgan Pehme, 2017) arranca con el protagonista viendo, desde las sombras, el discurso del entonces candidato Donald Trump en la Convención Nacional Republicana. No es una elección casual de los directores. Relativamente desconocido para el público fuera de EEUU, Roger Stone ha estado moviéndose entre bastidores en las presidencias de Richard Nixon, Ronald Reagan y George W. Bush en algunos de sus momentos clave, y, al mismo tiempo, más cuestionables. Nadie lo diría por su aspecto: con sus implantes capilares cuidadosamente peinados y teñidos, sus gafas redondas y vestidos de corte clásico y amplias solapas, Roger Stone se presenta, Dry Martini en mano, como una mezcla de Tom Wolfe y Doctor Mabuse. Él mismo se define –sin rastro de ironía y con cierta delectación– como un “agent provocateur”, otros lo han descrito como un “dirty trickster”, “sicario del Partido Republicano” o “príncipe de las tinieblas”. Calificativos que no sólo nunca ha rechazado, sino que más bien parecen complacerle.

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Este documental de Netflix contribuye tanto a diseccionar la victoria aparentemente a contracorriente de Trump en las elecciones de Estados Unidos como a revelar la importancia de los consultores en la política moderna. Conocidos en EEUU como spin doctors y en Rusia como “tecnólogos políticos”, lejos de ser una novedad –de consejeros áulicos y eminencias grises la historia va llena–, su importancia aumentó con la irrupción de las masas en los procesos de participación política en el siglo XX. Roger Stone es, en más de un sentido, el creador de Donald Trump como figura política.

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'Tricky Dick' y 'Ronnie' Reagan

“El tatuaje de Nixon es todo lo que tienes que saber de Roger Stone”, afirma un testimonio en el documental. ¿Quién querría ser asociado con uno de los presidentes de los que peor recuerdo guardan los estadounidenses y, aún más, tatuarse su retrato en la espalda? La primera campaña política de Stone fue para la reelección de Nixon, donde intentó desacreditar a su rival en las primarias, Paul McCloskey –un republicano moderado de California–, inventando falsos vínculos con las juventudes socialistas. Aunque Stone se vio después salpicado por el escándalo Watergate, no disminuyó su admiración por Nixon, quien, junto con Ronald Reagan y su perfil populista y mediático, es el presidente con el que más ha sido comparado Trump. 

A los 25 años Stone fue elegido presidente de los Jóvenes Republicanos –la organización juvenil del partido–, desde la que contribuyó a llevar al Partido Republicano hacia la derecha y coincidió con Paul Manafort, posteriormente asesor de campaña de Trump. Más tarde trabajó en el Comité de Acción Política Conservador Nacional (NCPAC), que facilitó la victoria de Reagan en las elecciones de 1981. Ya instalado Reagan en la Casa Blanca, Stone fundó con Manafort una consultoría en Washington D.C. que, en la práctica, funcionaba como un 'lobby' que abría las puertas de la administración estadounidense a sus clientes a cambio de importantes sumas de dinero. Entre sus clientes figuraban el dictador congoleño Mobutu Sese Seko, el presidente filipino Ferdinand Marcos o Jonas Savimbi, el comandante de la guerrilla anticomunista angoleña UNITA, los tres aliados de EEUU. 

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Un escándalo sexual obligó a Stone a retirarse temporalmente de la primera línea de la política, a la que regresó en el año 2000. En estas elecciones, Stone convenció a Donald Trump para presentarse como candidato del Partido de la Reforma. Fundado por el empresario Ross Perot, este partido, hoy olvidado, fue clave en las elecciones de 1992 y 1996: su ámbito nacional y agenda populista –se oponía al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) y la financiarización de la economía– dividieron el voto republicano y favorecieron al candidato demócrata, Bill Clinton. La táctica de Stone fue presentar a Trump en las primarias del Partido de la Reforma contra el paleoconservador Pat Buchanan para hacer implosionar la formación, objetivo logrado con éxito. Con ese mismo fin se dice que animó al reverendo Al Sharpton a presentarse a las primarias de 2004 del Partido Demócrata para contribuir, así, a la desorganización interna del mismo. 

Stone también fue uno de los organizadores de la revuelta de Brook Brothers (Brook Brothers riot) en Florida durante las elecciones presidenciales del año 2000. Cientos de manifestantes –de los que más tarde se revelaron sus vínculos con el Partido Republicano– se presentaron ante la sede electoral en Miami donde se efectuaba el recuento de votos. El motivo de la protesta era el traslado del recuento a una sala adjunta a la que los medios de comunicación tenían acceso restringido, una medida adoptada por las autoridades del estado con el fin de acelerar el recuento de más de 10.000 votos por orden judicial después de haber registrado tanto problemas en el modelo de papeletas como en el envío de votos por correo. La irrupción de los manifestantes republicanos y el alboroto causado obligaron a las autoridades a paralizar el recuento, permitiendo la victoria de George W. Bush. 

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Creando a Trump

Roger Stone es el autor de dos máximas que, según él, resumen su filosofía: la primera, que “la única cosa peor en política que estar equivocado es ser aburrido”, la segunda, que “la política no es teatro: es performance”. Ambas se ajustan bastante bien a la personalidad de Trump, a quien Stone conoció a través del turbio abogado Ray Cohn, un anticomunista feroz cuyo trabajo llevó al matrimonio Rosenberg –acusado de espiar para la Unión Soviética– a la silla eléctrica en 1953, y que colaboró en la “caza de brujas” con su instigador, John McCarthy. La mafia italiana, los dueños del Studio 54 y Donald Trump figuraban en la cartera de clientes de Cohn, que conoció a Stone durante la campaña de Ronald Reagan a la presidencia. Stone y Trump conectaron rápidamente: ambos compartían, y comparten, la misma actitud cínica, el discurso agresivo y la mentalidad de que hay que ganar a toda costa

Stone representó a Donald Trump cuando éste entró en el negocio de los casinos, y, años después, en 1996, le sugirió entrar en política y presentarse directamente a la presidencia. “Roger vio el valor de la imagen de outsider” de Trump, asegura en el documental Paul Manafort. Con este objetivo logró que el magnate inmobiliario fuese invitado a la Convención Nacional Republicana de aquel año, de la que salió como candidato el poco carismático Bob Dole. “Era como un jockey sin caballo: no puedes ganar la carrera si no tienes un caballo”, diría más tarde. 

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Roger Stone fue el primer asesor de Trump en la campaña de 2016 –un cargo que sin embargo no ocupó oficialmente–, una posición que abandonó por insistencia de Corey Lewandowski, su primer director. Cuando el senador Ted Cruz comenzó a ganar terreno en las primarias, especialmente entre los votantes evangélicos, Trump despidió a Lewandowski –a quien Stone detestaba– y lo sustituyó por Paul Manafort. Cuando en los medios apareció una historia que acusaba a Cruz de haber tenido cinco amantes, afectando negativamente a su popularidad entre los sectores conservadores más religiosos, el senador de Texas acusó a Roger Stone de estar detrás. Finalmente, cuando se revelaron los vínculos de Manafort con políticos ucranianos considerados próximos al Kremlin, el antiguo socio de Stone dimitió. Su sustituto en el último y decisivo tramo de campaña fue un pintoresco personaje muy del gusto de Stone (menos en el vestir): Steve Bannon, el director del medio de cabecera de la derecha radical estadounidense, Breitbart

Táctica y estrategia

A Roger Stone pertenece con toda seguridad la táctica de posicionar a Trump en los medios de comunicación mediante un goteo constante de declaraciones escandalosas –como la construcción de un muro en la frontera con México o la prohibición de la entrada de musulmanes en el país–, gracias a la cual consiguió no únicamente una extraordinaria exposición mediática, sino que convirtió a los medios en una plataforma de su campaña sin invertir prácticamente en anuncios de televisión. Stone también alimentó la campaña de desprestigio contra Hillary Clinton con la publicación de varios artículos e incluso un libro –que Trump recomendó desde su cuenta de Twitter–, que una red de medios y autores de la nueva derecha estadounidense llevaba animando desde hacía años, la misma red que extendió antes el rumor de que Barack Obama había nacido en Kenia y había su falsificado su certificado de nacimiento (lo que le inhabilitaría para ser elegido a la presidencia), un bulo al que Trump contribuyó más que nadie a dar difusión. 

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La fórmula de la victoria de Trump dista en el fondo de ser nueva. El resentimiento de un sector de la clase obrera estadounidense ya fue utilizado antes tanto por Richard Nixon –en Nueva York unos 200 obreros de la construcción (hard hats) partidarios de Nixon llegaron a agredir físicamente en 1970 a estudiantes que se manifestaban contra la guerra de Vietnam y la invasión de Camboya– como por Ronald Reagan –que movilizó la insatisfacción popular hacia la política económica de Jimmy Carter– para hacer avanzar su agenda plutocrática. La novedad acaso sea introducir esas partículas dispersas –la desconfianza hacia las élites políticas, económicas y académicas, el temor a la inmigración y el descontento de la clase media y la clase trabajadora por el deterioro de las condiciones de vida– e introducirlas en un nuevo ciclotrón construido a base de portales digitales y redes sociales que las acelera, un papel similar al que antes jugaron las estaciones de radio y la televisión locales. No en vano Stone es colaborador regular de InfoWars, el medio de Alex Jones en el que conviven las teorías de la conspiración y el populismo derechista, y en el que ha llegado a ser entrevistado Donald Trump. Stone confiesa en el documental reconocer el potencial de InfoWars para llegar a sectores de la población a los que el establishment del Partido Republicano es incapaz de alcanzar. 

Tras la victoria de Trump, Stone no se retiró a las sombras y sigue siendo un invitado regular en varios programas de debate en radio y televisión, además de dar provocadoras charlas. También se ha visto implicado en el llamado 'Russiagate', acusado de mantener vínculos con Rusia y haber proporcionado a WikiLeaks información comprometedora del Partido Demócrata robada por 'hackers' rusos. A pesar del protagonismo recobrado, como asegura una entrevistada en Get Me Roger Stone, quizá, en el fondo, Roger Stone se sienta dolido por no poder participar, y lucirse, en la administración Trump, a la que tanto ha contribuido a crear en las últimas décadas utilizando su experiencia acumulada como consultor político. 

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En tiempos del NCPAC, Roger Stone trabajó codo con codo con Terry Dolan, uno de los pioneros de la nueva derecha americana. Frente a las cámaras de televisión, Dolan llegó a decir lo siguiente: “Estoy convencido de que con este tipo de programas [en referencia a las estrategias desarrolladas por el NCPAC] podremos elegir a Mickey Mouse como presidente”. En 1980 los estadounidenses escogieron como presidente a un actor de serie B, Ronald Reagan. Y unos 36 años después, en 2016, a un 'meme': Donald J. Trump. Gracias, en parte, a Roger Stone.

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